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Pensamiento, acción y amistad en Saint-Exupéry

Su vida esta recorrida de un desencanto a otro y su personalísima ética fue forjada afrontando las pruebas más feroces del destino.

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Saint-Exupéry, piloto y escritor | Cordon Press

La vida y obra de Antoine de Saint-Exupéry son una amalgama indisoluble de cuerpo y alma, instrumentos de navegación y poesía, de acción y pensamiento... En Ciudadela, su obra póstuma e inacabada, escribió: "¿qué es una piedad que no toma en sus brazos para mecer? (...) ¿qué es una cólera que no puede golpear y no hace más que arrojar palabras vacías en el viento que las lleva?". Su vida está recorrida de un desencanto a otro y su personalísima ética fue forjada afrontando las pruebas más feroces del destino sin perder su fe en el hombre, como nos recuerda en el capítulo V de Carta a un rehén: "¡Respeto por el hombre! ¡Respeto por el hombre!… ¡He allí la piedra de toque!"

En 1926 se inicia en la aviación. Conoce a los pioneros: Guillaumet, Vacher, Mermoz... 1927 ya es jefe de base aérea en Marruecos español y poco después reside en Buenos Aires. Sin embargo ningún sitio debajo del aire es bueno para él: "con el avión hemos aprendido la línea recta". En 1939 confiesa a un amigo que para el "volar y escribir son la misma cosa".

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Saint-Exupéry fue un soldado y un poeta. Fue un místico que no quiso recluirse en su cenobio y optó por participar activamente de la vida para cambiarla. Recuerda mucho al poeta-soldado Garcilaso de la Vega - muerto como él en combate- y al miles Christi San Ignacio de Loyola. Ciudadela - la culminación de su recorrido vital místico- es una especie de Ejercicios Espirituales, una guía para la acción reflexiva, para la actividad prudente. "El hombre es antes que nada el que crea", escribe en Ciudadela. Pero no se trata de un "hacer por hacer", sino de un hacer prudente, reflexivo, maduro y amoroso "pues he visto extraviarse la piedad demasiadas veces...", como nos recuerda en la primera frase de Ciudadela. Y prosigue en su hermoso testamento:

Y descubrimos que la vida no tenía sentido más que si se la cambia poco a poco (...) Nada se espera del hombre que trabaja para su propia vida y no para la eternidad (...) Cuando se van, nada de ellos queda (...) No amo a los sedentarios del corazón. Los que nada cambian y nada llegan a ser (...) Y el tiempo se desliza para ellos como el puñado de arena y los pierde. ¿Y qué devolveré a Dios en su nombre?

Hay mucho de renacentista en Saint-Exupéry y toda su vida (y en ella, naturalmente, englobo a su obra) puede ser entendida como un largo y tortuoso camino de perfección. Escribe en Ciudadela: "Los que por haber conquistado se hacen sedentarios están ya muertos". Y continua: "Toda ascensión es dolorosa. Todo cambio es sufrimiento". Saint-Exupéry no buscaba solamente dejar impresas unas palabras resultonas a lo Paulo Coelho (que dios me perdone su intromisión en este escrito), sino cambiar el mundo. Mejorar. Progresar. Luchar cuando había que hacerlo, brindar, amar y escribir cuando dictara un corazón ilusionado. Hay una maravillosa frase en Ciudadela - una de tantas- que sintetiza está pulsión vital y efervescente: "No inventes un imperio donde todo sea perfecto (...) Inventa un imperio donde simplemente todo sea ferviente". Saint-Exupéry ama a sus amigos y ama la humanidad: "Pesa en mi corazón el peso de todos aquellos que no saben encontrar un hombro. Rechazados y separados de los suyos". Su amor tiene mucho del "Amor Mundi" agustiniano que pocos años antes había estudiado la también pensadora y activista Hannah Arendt. Y de este modo se mezclan en su compasión por quienes sufren, los Evangelios, el Talmud y hasta aquellas campanas que, según John Donne, doblaban por nosotros.

¿Qué es la amistad para Saint-Exupéry?

En una época en la que tan fácilmente se emplea y abusa del término "amistad" -y las redes sociales no son ajenas a ello- no viene mal reflexionar un poco sobre ello. Una de las más hermosas obras publicada por Saint-Exupéry es Carta a un rehén, el emotivo ensayo que escribió en 1943 pensando en su viejo amigo León Werth. En aquella época León estaba ocultó de los nazis en la Francia de Vichy, pues era judío y su vida, como la de tantos otros miles, peligraba. Saint-Exupéry vivía exiliado en Nueva York y sentía una enorme impotencia al no poder hacer nada más por su país y sus viejos amigos. Su amigo León Werh es, por cierto, el mismo León a quien Exupéry había dedicado El Principito: "A León, cuando era niño".

En el Capítulo II Saint-Exupéry confiesa claramente las razones de su fe y el sentido que da la amistad "que no tienen fronteras":

(...) Quien esta noche me obsesiona la memoria tiene cincuenta años. Está enfermo. Y es judío. ¿Cómo sobrevivirá al terror alemán? Para imaginarme que todavía respira tengo que creer que, refugiado en secreto por la hermosa muralla de silencio de los campesinos de su aldea, el invasor lo ha ignorado. Solamente entonces creo que todavía vive. Solamente entonces deambular a lo lejos en el imperio de su amistad —que no tiene fronteras— me permite no sentirme emigrante, sino viajero. Pues el desierto no está allí donde uno cree.

En el capítulo VI, casi terminando su breve ensayo, realiza una nueva declaración de motivos e intenciones. Es su filosofía de vida. Pensamiento, sentimiento y acción.

Amigo mío, tengo necesidad de ti como de una cumbre donde se puede respirar. Tengo necesidad de acodarme junto a ti, una vez más a orillas del Saona, sobre la mesa de una pequeña hostería de tablones desunidos, y de invitar allí a dos marineros en cuya compañía brindaremos en la paz de una sonrisa semejante al día. Si todavía combato, combatiré un poco por ti. Tengo necesidad de ti para creer mejor en el advenimiento de esa sonrisa. Tengo necesidad de ayudarte a vivir (...)

En su carta, Saint-Exupéry reflexiona acerca del sentimiento de amistad que el disecciona maravillosamente al describir un tranquilo desayuno con su amigo León, a orillas del Saona... (Capítulo III). No teoriza sobre la amistad; simplemente retrata un instante de gozo y plenitud con su amigo, y lo hace de una manera tan vívida que recuerda a Marcel Proust y su famosa magdalena mojada en té...

Era un día antes de la guerra, a orillas del Saona, cerca de Tournus. Habíamos elegido para almorzar un restaurante cuyo balcón de tablas dominaba el río. Acodados sobre una mesa sencilla, que algunos clientes habían grabado a cuchillo, habíamos pedido dos Pernods. Tu médico te prohibía el alcohol, pero hacías trampa en las grandes ocasiones. Y aquella era una gran ocasión.

No sabíamos por qué, pero así era. Lo que nos alegraba era algo más impalpable que la calidad de la luz. Por eso te habías decidido por el Pernod de las grandes ocasiones (...). El sol era agradable. Su tierna miel bañaba los álamos de la margen opuesta y la llanura casi hasta el horizonte. Estábamos, siempre sin saber por qué, cada vez más contentos. (...) Estábamos completamente en paz, bien afincados, al abrigo del desorden, en una civilización definitiva. Saboreábamos una suerte de estado perfecto en el que, colmados todos los deseos, no teníamos ya nada que contarnos. Nos sentíamos puros, rectos, luminosos e indulgentes. No hubiésemos sabido decir cuál verdad se nos aparecía con tanta evidencia, pero el sentimiento que nos dominaba era, sin duda alguna, el de la certidumbre, el de una certidumbre casi orgullosa

Es imposible no leer este pasaje y no evocar algún momento en nuestras vidas en el que sentimos algo parecido; en que fuimos puros, rectos, luminosos e indulgentes. El mérito de Saint-Exupéry es haber sabido expresar con palabras bellísimas algo tan complejo como la amistad.

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Aunque Carta a un rehén (también conocida como Carta a un amigo) es un hermoso canto a la amistad, rebosante como hemos visto de lirismo y belleza formal es en Ciudadela dónde desarrolla con mayor profundidad su pensamiento vital y su idea de la amistad: "Reconozco la amistad en que no puede ser decepcionada, y reconozco el amor verdadero en que no puede ser lesionado". "La amistad desprecia la aritmética". En el capítulo 58 añade "el amigo es en primer lugar el que no juzga (...) Tu, mi amigo, recibes con amor lo que te doy, como embajador de mi imperio interior. Y lo tratas bien, y lo haces sentar y lo escuchas. Y henos aquí felices". De nuevo la sensación de felicidad asociada al placer de amistad...

Poco tiempo después, Saint-Exupéry -el hombre de acción- lograría su anhelo de coherencia (hacer lo que decía) y a pesar de su edad consiguió autorización del propio "Ike" para luchar contra los nazis. Desapareció en combate en el cielo de Marsella el 31 de julio de 1944. Había despegado de su base en Córcega a las 8:30am. A mediodía el jefe de la escuadrilla informó a sus compañeros: "El comandante De Saint-Exupéry no regresara". Fue el último vuelo del piloto de El Principito. Su cuerpo nunca ha podido ser encontrado, aunque algunos restos de su avión si pudieron ser fortuitamente rescatados hace unos años por un pescador marsellés. Nos dejó un puñado de libros excelsos (especialmente notable es su última e inacabada obra: Ciudadela) y un ejemplo de coherencia ética en una época de terror en la que no era nada sencillo mantenerse fiel a unos principios. Escribe en Ciudadela: "Mis hombres no tenía ya derecho a morir por amor ¿Por qué morirían entonces".

No puede adscribirse a una escuela concreta

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Saint-Exupéry

No puede adscribirse a Saint-Exupéry a una escuela concreta. No es posible enclavarlo en el surrealismo, o en el realismo o futurismo. Bebió libremente de numerosas fuentes bíblicas sapienciales (Salmos, Proverbios, Cantares...), del Zaratustra. Y, sobre todo, vivió y sintió el mundo a flor de piel. Era escritor, sí; pero un escritor que sabía que "las palabras tratan de desposar la naturaleza, de raptarla". Y a pesar de esa suspicacia hacia las palabras que pueden ocultar la Verdad, Horacio Vázquez Rial escribió con toda razón que "su prosa posee cualidades didácticas y poéticas, por eso ha sido tan eficaz para difundir una idea del mundo".

Saint-Exupéry desapareció una mañana de julio de 1944. Nunca fue encontrado su cadáver y su madre creyó durante mucho tiempo que se había retirado del mundo enloquecido en un monasterio en los Alpes. Interrumpió su trabajo, pero nosotros sabemos que al igual que hiciera el maestro de su Ciudadela (capítulo 219) "terminado su trabajo, ha embellecido el alma de su pueblo".

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