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25 años sin el 'buen doctor' Isaac Asimov

El 6 de abril de 1992 murió de sida, contagiado en una operación, el escritor de ciencia ficción más famoso de todos los tiempos.

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Isaac Asimov y sus inconfundibles patillas. | Cordon Press

Ser mi ídolo durante mi adolescencia era una profesión de riesgo. Tenía básicamente dos: Freddy Mercury e Isaac Asimov, y los dos murieron con pocos meses de diferencia por el sida, aunque en el caso del escritor no se supiera hasta diez años después. En ese momento estaba en Venecia, en un acogedor hotel con reloj para fichar en recepción donde nos había colocado la agencia que organizó ese año el viaje de fin de curso del instituto. En la RAI hablaban de Asimov, y me extrañó, porque tampoco es que fuese una figura tan popular como para que saliera en la tele porque sí, pero tampoco entendía el italiano como para saber la razón. Hasta que dijeron que era biochimico. Claro.

Había empezado a leer a Asimov no muchos años antes. Le había cogido manía tras leer una de sus novelitas juveniles sobre Lucky Starr, que aborrecí tanto que me costó intentarlo de nuevo. Pero después no pude dejar de leerlo, y lo cierto es que el Buen Doctor –como se le conocía– tenía títulos publicados más que de sobra para tener entretenido a cualquiera durante mucho, mucho tiempo. Entre los escritos por él y las recopilaciones de otros autores que editó su producción alcanzó los 500 libros. Fue uno de los "Tres Grandes" de la ciencia ficción –junto a Robert Heinlein y Arthur C. Clarke­–, pero también un magnífico divulgador científico y escritor de todo tipo de géneros, desde el misterio hasta la historia.

Su estilo en la ficción es muy directo y dialogado. Asimov siempre produjo una prosa transparente, que procuraba desaparecer y no ser un obstáculo ni una distracción entre el lector y lo que quería contarle. Por ello habrá quien piense que no era un gran escritor, pero resulta difícil negarle su condición de gran narrador. Perdía poco tiempo en descripciones y no se preocupaba demasiado en desarrollar ni dar gran profundidad a sus personajes porque, como pasa con mucha frecuencia en el género, necesitaba el espacio para explicar la ciencia, la tecnología y la sociedad del futuro que había inventado.

Fue mejor escribiendo relatos que novelas, y fue con los primeros con los que alcanzó no sólo la fama sino también su legado más conocido: las tres leyes de la robótica y, ya que estamos, el propio nombre de robótica, pese a que creía que ya estaba inventado. Con ellas transformó la manera en que se escribía sobre robots y androides; antes de él eran o amenazas mortales (piensen en el HAL 9000 de 2001) o máquinas adorables (R2D2) frecuentemente maltratadas por los humanos. A partir de Asimov fueron productos de ingeniería (como Robby de Planeta Prohibido) y hasta cuando derivaban en alguna de las categorías anteriores había que explicarlo como un error o como el resultado de la intención de su constructor.

También fueron originalmente relatos las historias que componen la Trilogía de la Fundación, que posiblemente sea lo que el lector primerizo de Asimov deba abordar antes que nada. Pensados como un remake espacial de la decadencia y caída del Imperio Romano, nos trajeron su idea de psicohistoria, la peligrosa y ­–por qué no decirlo– equivocada idea de que las matemáticas podrán un día predecir el futuro y un ejemplo majestuoso de la capacidad de la ciencia ficción para crear mundos nuevos con sociedades complejas con sus propias tensiones sociopolíticas.

En lo que no tuvo suerte fue en las adaptaciones a la pantalla de sus obras. Pocas y, la verdad, malas. Con decir que El hombre bicentenario, con Robin Williams de robot protagonista, es con mucho la mejor, lo hemos dicho todo. Viaje alucinante no es una adaptación de una obra suya; lo que hizo Asimov fue novelizar la película. Y si han visto Yo, robot y eso les ha alejado de la lectura de los relatos de robots, por favor, no lo tengan en cuenta: básicamente lo único que cogieron prestado de Asimov fueron las tres leyes y el nombre de algunos personajes. Jonathan Nolan, el hermanísimo del director de El Caballero oscuro y responsable de Person of interest y Westworld, está interesado en hacer una serie para HBO basada en Fundación. Ojalá.

El otro Asimov

Cuando dejaba la ficción es cuando mejor brillaba su claridad expositiva y su sentido del humor. Posiblemente haya sido el único capaz de hacer entender la física cuántica a los que no somos físicos. Lo malo es que leer ahora sus libros de divulgación es peligroso, porque en muchos casos la ciencia que nos cuenta ha quedado obsoleta, y nos podremos creer que sabemos cuando en realidad ya no sabemos. También aprovechó su erudición para escribir como una docena de libros de historia, una guía para leer la Biblia, ediciones comentadas por él de clásicos como El Paraíso Perdido de Milton y hasta recopilaciones de poemas humorísticos.

En cualquier caso, quizá la gema escondida en su obra sean los pequeños textos que escribía intercalados entre los relatos de sus recopilaciones, ya fueran suyos o de otros escritores, como en su magnífica recopilación de los primeros pasos del género en Estados Unidos La edad de oro de la ciencia ficción. En ellos nos contaba su relación con el relato, detalles de cómo le vino la idea, de si se lo rechazaron o no, de dónde lo publicó o, en caso de no ser suyo, las circunstancias en las que lo leyó. Autobiográfico siempre, y casi siempre muy divertido, en ocasiones uno deseaba acabar el relato lo antes posible para ver qué nos contaba el Buen Doctor.

En los últimos tiempos se ha destacado mucho la capacidad de Asimov de predecir correctamente el futuro, por ejemplo con un artículo de 1964 sobre cómo sería 2014, o con un vídeo de 1988 en el que hablaba de las consecuencias de tener a nuestra disposición en el ordenador de casa todo el conocimiento de la humanidad. Pero suele pasar con los autores de ciencia ficción, que escogemos aquello en que acertaron –que bastante mérito tiene– y obviamos sus equivocaciones. Asimov, sin ir más lejos, era un auténtico creyente en las teorías maltusianas de la superpoblación. Y ya me dirán ustedes. Y en sus relatos sobre computadores el protagonista era frecuentemente un ordenador llamado Multivac –cuyo nombre tomé prestado para usarlo como el apodo que tengo en internet desde hace más de veinte años–, que era tan inteligente y complejo que ocupaba kilómetros de extensión...

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Como suele suceder con los escritores prolíficos, se le acusó mucho de tener negros. Pero honestamente creo que escribió todo lo que publicó como suyo. Hay que tener en cuenta que un gran porcentaje de sus libros son recopilaciones de material ya publicado, sea suyo o de otros, en los que escribía tan solo los textos intercalados a los que me refería antes o en ocasiones nada más que un pequeño prólogo. Pero en esos casos, como por ejemplo El libro de los sucesos que tengo ahora sobre mi mesa, lo reconocía abiertamente. Simplemente era un escritor que nos dejó una obra que ya quisieran repartirse entre sí un par de docenas de escritores. Hasta escribió consejos para imitarle, en los que dejaba traslucir su propia rutina.

  • Debe gustarte escribir. No tener un manuscrito terminado, sino el proceso de escribir, de pulsar las teclas, garabatear o lo que quiera que haga entre el folio en blanco y el libro terminado.
  • No debe gustarte nada salvo escribir. Su truco cuando hacía un buen día de los que invitan a salir y dar un paseo era cerrar las persianas e imaginar que fuera había una ventisca.
  • No reescribir. Si eres un escritor razonablemente bueno, tus frases serán razonablemente buenas. Sí, las grandes obras pueden nacer de la reescritura incesante. Pero un escritor prolífico debe desarrollar una aversión patológica al cambio. Asimov escribía de corrido, revisaba el texto una vez y lo mecanografiaba de nuevo con los cambios.
  • No perder el tiempo. Hay quien es capaz de concentrarse y escribir de continuo aunque a su alrededor haya un tornado. Otros se convierten en seres completamente asociales que no responden al teléfono ni al correo. El truco del Buen Doctor consistía en hacerlo todo él mismo: no tenía agentes, ni investigadores, ni secretarias a las que dictar porque pensaba que perdía más tiempo en explicarles lo que quería que en hacerlo él mismo.

Como siempre que recordamos a un escritor, el mejor homenaje que podemos hacer es leerle. Yo me puse a ojear los Cuentos de los Viudos Negros hace unos días y ya me he vuelto a leer los tres primeros recopilatorios. Y creo que hace demasiados años que no releo Fundación. Habrá que ponerle remedio.

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