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Mateo Morral, el reo asesinado

Francisco Pérez Abellán reconstruye la muerte del terrorista que atentó contra Alfonso XIII el 31 de mayo de 1906.

Francisco Pérez Abellán
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Portada del libro "Morral, el reo asesinado" | Poe Books

¿Por qué los terroristas tienen tanta suerte en España? Porque un intelectualismo bobo los exalta desde su aparición e ignorantes de toda laya los endiosa. El misterio del caso Mateo Morral construido el 31 de mayo de 1906 no solo aclara una época convulsa de la política española, sino que arroja luz sobre el presente. Morral, un asesino a sueldo, es elevado a la categoría de héroe y exaltado por escritores como Ramón María del Valle Inclán y Pío Baroja, que van a verlo muerto a la cripta de la clínica Buen Suceso. Y Ricardo Baroja ("saltatumbas deshuesador" según Gómez de la Serna), que acompaña a Valle, le saca una mascarilla y le hace un aguafuerte como si fuera alguien memorable. Don Pío evoca una parte en sus recuerdos:

El año 1906 fue el atentado de Mateo Morral en la calle Mayor contra los reyes. Este atentado nos produjo una impresión extraordinaria. Creo que también la produjo en Madrid y en España. Todo el mundo se preguntó qué objeto podía tener aquello. Por lo que nos dijeron, Mateo Morral, el autor del atentado, solía ir a la cervecería de la calle de Alcalá donde nos reuníamos por entonces varios escritores. Parece que le acompañaban Francisco Iribarne, un tal Ibarra, ex empleado del tranvía y luego tabernero, y un polaco Dutrem Semovich, viajante o corredor de un producto farmacéutico llamado Lecitina Billón. Ibarra estuvo preso después del crimen. El polaco e Ibarra recuerdo que tuvieron una noche un gran altercado con el pintor Leandro Oroz, que dijo que «los anarquistas dejaban de serlo en cuanto tenían cincos duros en el bolsillo.

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Mientras, se oculta que es un señorito que viste con un toque chic, viaja con una maleta muy cara, donde lleva las piezas de la bomba junto a un neceser en el que guarda las tenacillas para hacerse el bigote. En el momento que arroja la bomba en el interior de un espléndido ramo de flores, rosas pálidas de las que se regalan en las bodas, lleva puesto un suspensorio para combatir la orquitis que padece debida a la blenorragia o purgaciones que hace unos días ha contraído. La historia ha ocultado hasta ahora que el anarquista no era el valiente que cantan los poetas diletantes del anarquismo, sino un asesino de masas que arroja la bomba fallando en su intento, fracasando por pura torpeza, pero a pesar de ello autor del asesinato de 23 personas en el acto y 108 heridos de gravedad, la mayoría niños, mujeres y ancianos. Cifra de víctimas que no aparece en Luces de Bohemia de Valle, ni en la novela La dama errante de don Pío, donde sí se trata con pasmo al traidor Morral, que aprovecha para matar madrileños y visitantes en medio de una gran fiesta provocada por el desfile de las carrozas y los cachorros de las testas coronadas el día del enlace del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg.

Sobre la relación de anarquismo y masonería, Valle Inclán también tiene mucho que decir como escritor y hombre de ideas que interpreta su época: la prensa de entonces habló de Morral como de un místico. Valle, en su novela Baza de espadas, presenta a dos anarquistas míticos: Fermín Salvochea y Bakunin. El ruso precisa en su pensamiento novelado que los masones son «revolucionarios, sacerdotes de un mismo ideal». En Luces de Bohemia, donde aparece un anarquista llamado Mateo que representa un homenaje a los asesinados por "la ley de fugas" se habla de la revolución como una nueva religión.

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En este país de graciosos se ha querido hacer del rey Alfonso XIII un rey gafe, ya saben: esa clase de malange que todo el mundo señala cruzando los dedos, pero resulta que es todo lo contrario. Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena nació el 17 de mayo de 1886 y tuvo la inmensa suerte de ser rey desde el mismo momento de nacer, algo único en el mundo. Salió afortunadamente ileso de seis atentados, dos de ellos con bomba, y el tercero, ocurrido en la Puerta del Sol, que dicen que era contra él, pero que acabó matando a Canalejas, aunque personalmente yo no me lo creo. El cuarto, como todos los graves momentos de su vida, lo enfrentó con suerte y arrojo, echándole encima al pistolero el caballo que montaba; de los otros dos, por suerte, le libró la policía. Todo ello muestra en realidad que era un hombre afortunado.

Desde pequeño gozó de buena salud, fue un gran deportista que reinó casi 39 años y vivió 54, falleciendo de parada cardíaca o muerte dulce. Al final de su reinado su presunto servidor, Romanones, dijo haber soñado en el advenimiento de la república con el fusilamiento del zar y su familia en 1918, cosa que sí es mérito de gafe.

Durante la "dictablanda" de Primo de Rivera, el conde que a edad muy temprana ya era "el millonario tópico de la nación" se vio pringado en la "sanjuanada", un movimiento rebelde superficial que tuvo lugar el día de San Juan, por el que el dictador impuso gruesas multas. A Romanones le castigó con algunos millones. Otro de los intelectuales afectados, don José Sánchez Guerra, optó por desterrarse de forma voluntaria a París y fue despedido con una muestra de ácido humor del aristócrata: «¡Le envidio a usted, Sánchez Guerra, por poder marcharse! ¡Si yo tuviera la independencia económica que usted tiene…!». Para Romanones (al contrario que para todo el mundo) la independencia consistía en no tener dinero.

Volviendo atrás, Romanones primero no fue capaz de impedir el bombazo y luego, despierto de la pesadilla del zar, en la amanecida del 14 de abril, cuando el pueblo que se había acostado monárquico se levantó republicano, no enfrentó con entereza el desastre político que se cernía sobre él. Solo dos de los ministros de Su Majestad, Bugallal y La Cierva, ofrecieron defender el trono aun con la vida, junto con el general Cavalcanti. Pero Romanones pactó con Alcalá Zamora que el rey debía «marcharse de España antes de ponerse el sol». Con el decaído Romanones, el rey firmó el célebre manifiesto en el que dice «no tengo hoy el amor de mi pueblo» y «me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos». Con estas dos actuaciones: boda y despedida del trono, Romanones confirma un merecido título de cenizo. Además de eso, puede certificarse que el conde nunca aprendió nada sobre seguridad o salvaguarda del rey, puesto que siendo inexplicablemente presidente del Gobierno, el 13 de abril de 1913 otro presunto anarquista, Sancho Alegre, casi mata a Alfonso XIII a tiros, junto al palacio de Buenavista, donde habían asesinado de verdad al general Prim 43 años atrás, desprotegido y vulnerable, a plena luz del día, como cuando el bombazo de la calle Mayor. Esta vez Romanones no presentó su dimisión.

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Pero al principio fue tan rimbombante el festorro de la boda del rey que entre los ricos invitados de todo el mundo recaló en Madrid el maharajá de Kapurthala, que como el que no quiere la cosa acabó visitando el Café Concierto Gran Kursal, en la plaza del Carmen, donde actuaba de telonera la bella Anita Delgado, una bailarina de 16 años de la que se enamoró perdidamente. Requirió a la artista de amores pero ella, pudorosa, le rechazó. El maharajá salió a escape tras la bomba de Morral y el lío que se armó y le escribió a la Delgado desde París o Londres. Ella quiso responderle con una carta tan pobre y llena de faltas que luego que cayó en manos del pintor Romero de Torres y de Valle Inclán, este último la redactó de nuevo con tanto encanto y belleza que el maharajá acabó llevándose a Anita para casarse con ella por lo civil y luego confirmar la boda por el rito sij en su reino. Anita Delgado fue, pues, maharaji (gran reina), gracias al humor de Valle y la troupe de bohemios que frecuentaba el Kursal donde la hermosa bailaba cuplés. «La carta de Valle Inclán dio resultado, y un contertulio del café (Levante), Leandro Oroz (el de la pelea con los de Morral), fue a París con la madre y la hija», cuenta Gómez de la Serna en sus Retratos Contemporáneos.

Al margen del maharajá de Kapurthala, reino de la India del Punjabad, ¿por qué tienen suerte los terroristas en España? Porque en cuanto se descuidan, los hacemos héroes. El número de muertos y heridos de la boda se oculta con persistencia, como ya se ha explicado, hasta el punto de que en casi ningún lugar aparece con precisión ni rigor. Luego habría al menos otros dos muertos entre los heridos graves. Al contrario que esta ocultación de la sangrante realidad, la intelectualidad modernista sí precisa el nombre de José Nakens, el cómplice de Morral, que lo oculta la primera noche de su huida, individuo reincidente, puesto que ya había acogido y prestado ayuda a Angiolillo, el asesino de Cánovas. El boberío intelectual se harta de llamarle a Nakens "viejo republicano", con mimo de enfermedad infantil del comunismo, "digno periodista" y "noble anciano". Hasta el ministro de Gobernación, Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, le llama "probo" y recurre al mito de El delincuente honrado, de la lacrimógena obra de Melchor Gaspar de Jovellanos para exculpar o perdonar a Nakens, o las dos cosas. Es muy curioso el trato que le dan escritores anarcoides a según qué ministro tratándolo como intelectual excelso y respetando sus palabras, que aquí se demostrarán falsas, con escandalosas imprecisiones y ocultación en sus memorias, Notas de una vida, que han sorteado la crítica hasta ahora.

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El corifeo de la infamia es por un lado propagador del anarquismo de fábula que ha hecho fortuna allende las fronteras, especialmente en la sin igual Francia, y por otro, difunde respeto por la actitud y actuación del encargado de la protección no solo de los reyes el día de su boda sino de sus ilustres invitados y del pueblo de Madrid, paseado aquellos días por miles de visitantes atraídos por la fiesta, todos víctimas potenciales de su negligencia. En los magnicidios españoles lo proverbial es que el ministro de Gobernación o Interior que ha sido incapaz de impedir el atentado salga reforzado y premiado. Así sucede con Práxedes Mateo Sagasta, del que se cuenta la anécdota del lecho de muerte de Alfonso XII, que le dice a María Cristina de Hasburgo: «Cristinita, ya sabes, guarda el coño y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas…». Sagasta fue el ministro de Gobernación incapaz de proteger a Prim, al que dejó, sin escolta ni vigilancia policial, vulnerable en la calle del Turco, negándose a hablar del asunto nunca más cuando debería haber dado toda clase de explicaciones. Entre otras cosas fue una de las dos últimas personas que le despidió al partir para el último viaje desde la puerta del Congreso.

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En el caso del asesinato de Eduardo Dato, el ministro de Gobernación era Gabino Bugallal Araújo, segundo conde de Bugallal, político de rompe y rasga, partidario de medidas represivas contra la conflictividad social que llegó a tolerar la ley de fugas. Tras el asesinato de Dato en plena Puerta de Alcalá, plaza de la Independencia, como si en Madrid la policía no existiera, el fallido Bugallal, en cumplimiento de la ley del atentado español, fue elevado a la presidencia del Gobierno tras la muerte del presidente víctima de su ineficacia. Con Cánovas, Fernando Cos-Gayón Pons, que solo duró unos meses antes de morir él mismo de muerte natural, después de que le colaran el atentado, acabó escribiendo la necrológica de Cánovas del Castillo, quizá como purgatorio, y debía estar en muy mal estado, puesto que no fue ascendido. Cerrando el círculo con Canalejas, su ministro Antonio Barroso Castillo, que le dejó expuesto en plena Puerta del Sol, fue recompensado con el ministerio de Gracia y Justicia por el conde de Romanones, que causalmente le sucedería en la presidencia del Gobierno, después de haber sido su feroz adversario dentro del propio partido. En tiempos más modernos Carlos Arias Navarro, inútil para impedir el asesinato de Carrero Blanco, fue elevado a presidente en lugar del presidente, cosa que todavía deja al común de los mortales con la boca abierta y es preciso remarcar el caso de Romanones, que con su metedura de pata en lo de Morral se vio proyectado para siempre a la gloria política.

Igual que todos los españoles no son toreros ni cantan flamenco, no todos los anarquistas son románticos, valientes ni abnegados. Ni siquiera anarquistas. Entre ellos se han colado, con la ayuda de los corifeos que denunciamos, aventureros y asesinos sin cuento.

*Este fragmento está extraído del libro de Francisco Pérez Abellán titulado Morral Mateo, el reo asesinado, de la Editorial Poe Books.

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