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"¿No te gusta el fuego, Platero?"

Un fuego ha arrasado la finca donde está enterrado Platero, a los pies de un pino centenario, lugar donde Juan Ramón Jiménez pasó sus años más inspiradores.

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Fuentepiña, casa de verano de Juan Ramón Jiménez | Wikipedia

Era la pregunta que Juan Ramón Jiménez hacía a su amigo pequeño, peludo y suave del que no aclara que es un burro hasta el capítulo III. Platero, al parecer, estaba lejos de la llama de la chimenea y no se arrimaba a la candela.

Acércate más, Platero. Ven... Aquí no hay que guardar etiquetas. El casero se siente feliz a tu lado, porque es de los tuyos. Alí, su perro, ya sabes que te quiere. Y yo ¡no te digo nada, Platero! ... ¡Qué frío hará en el naranjal!.

El frío también quema.

Pero son las llamaradas reales de un incendio, otro más y nuevamente intencionado, las que se han acercado a Platero, a su tumba, situada bajo un pino en un paraje de la finca Fuentepiña de Moguer donde el poeta andaluz pasó algunos años, tal vez los más inspiradores de su contemplación lírica de la realidad.

El fuego comenzó el domingo pasado, 15 de octubre, en una parte de la finca conocida como Nazareth y duró muy poco, apenas unas horas gracias al trabajo de los bomberos y personal cualificado. Sin embargo, sus hogueras tuvieron tiempo de quemar buena parte del terreno. Recogió El País que la lumbre llegó a hasta los pies del pino centenario donde reposan los restos del universal protagonista de Platero y yo.

Fuentepiña está a poca distancia del casco urbano por la carretera de El Algarrobito y el camino de La Dehesa. Así lo explica la Fundación Juan Ramón Jiménez que añade que es parte, junto con Nazareth, de lo que debería ser efectivamente un Bien de Interés Cultural, "por tratarse de un espacio natural connotado literaria y pictóricamente, y en el que confluyen valores de carácter histórico que tienen que ver con la presencia y las vivencias del poeta."

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Aún no lo es inexplicablemente debido a litigios y esperas, bastantes veces frutos perversos de la negligencia de la Junta de Andalucía. El periodista Javier Caraballo habría querido titular Platero y tú, Susana Díaz, su pieza premonitoria y previa a este incendio sobre el abandono insoportable en que está la que fue casa de verano de Juan Ramón Jiménez. Hace trece años que comenzó la cuestión y ahí sigue. Y van y bien vándalos, y ocupas, y desastres.

Un día murió Platero.

Encontré a Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fui a él, lo acaricié hablándole, y quise que se levantara... El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada... No podía...

No, no murió quemado, como habrán muerto estos días algunos otros burros en Portugal y Galicia.

Que un dolor... Que no sé qué raíz mala... La tierra, entre la yerba...

Finalmente, fue enterrado

en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal.

Precisamente, el pino sí está amparado por la consideración de especie singular y, por tanto, protegible.

En el capítulo XL de Platero y yo, Juan Ramón alude a otro pino, el "pino de la Corona":

Cuando le cortaron aquella rama que el huracán le tronchó, me pareció que me habían arrancado un miembro; y, a veces, cuando cualquier dolor me coge de improviso, me parece que le duele al pino de la Corona.

Es más, por un momento parece que es el mismo poeta el que querría ser enterrado a su sombra.

…el pino de la Corona, transfigurado en no sé qué cuadro de eternidad, se me presenta, más rumoroso y más gigante aún, en la duda, llamándome a descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi viaje por la vida.

Años antes, en sus Poemas agrestes, había escrito sus famosos versos de El viaje definitivo:

… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Pero ese pino de la Corona no se salvó y murió hace unos treinta años.

Por esos lugares, Juan Ramón Jiménez paseó y convivió durante ocho años y muchos libros. Según la biografía oficial, que puede encontrarse en la Fundación,

a mediados de 1905, Juan Ramón regresó a su pueblo natal en busca de su restablecimiento… busca consuelo en el campo de Moguer. Días de lectura y de disfrute rural en los que, sin embargo, la enfermedad vuelve a rodear al poeta de temores y presagios angustiosos.

De 1908 a 1913, Juan Ramón dará a la imprenta diez libros de poesía: en 1908, Elegías Puras; en 1909, Las hojas verdes y Elegías Intermedias; en 1910, Baladas de primavera y Elegías lamentables; en 1911, Pastorales, La soledad sonora y Poemas mágicos y dolientes; en 1912, Melancolía, y en 1913, Laberinto. Son los años, también, en que Juan Ramón brinda su amistad a Platero,

un burrillo pequeño y peludo que acaba convirtiéndose medio de transporte y en compañero indispensable para ir de Moguer a Fuentepiña.

A finales de 1914, al año siguiente de dejar definitivamente Moguer, se publicó Platero y yo.

En Platero y yo hay un capítulo dedicado al "Fuego en los montes". Ya barruntaba el poeta que había personas que prendían fuego deliberadamente, entonces con cerillas de Gibraltar

aquel hombre que yo creía en mi niñez que quemaba los montes, una especie de Pepe el Pollo —Oscar Wilde, moguereño—.

Tras el toque de cuatro campanadas de la iglesia,

en el negro horizonte de pinos, la llama distante parece quieta en su recortada limpidez… La noche de agosto es alta y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno...

Aquel todavía joven Juan Ramón Jiménez amaba el fuego, elemento primordial. Es más, lo consideraba la mejor imagen de la naturaleza. En su Platero, CXI,

el fuego es el universo dentro de casa. Colorado e interminable, como la sangre de una herida del cuerpo, nos calienta y nos da hierro, con todas las memorias de la sangre. ¡Platero, qué hermoso es el fuego! Mira cómo Alí, casi quemándose en él, lo contempla con sus vivos ojos abiertos. ¡Qué alegría! Estamos envueltos en danzas de oro y danzas de sombras… ¡Qué locura, qué embriaguez, qué gloria! El mismo amor parece muerte aquí, Platero.

El incendio de este pasado domingo en Moguer fue controlado a escasa distancia de la que fue casa de verano de Juan Ramón, en Fuentepiña. Afortunadamente, el fuego no llegó a la casa ni destruyó el pino donde descansa Platero. Pero la pira inmensa que provoca la mano de algunos, terroristas del bosque, nada tiene que ver con la leña encendida del hogar donde intuía misterio y raíces Juan Ramón Jiménez.

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