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Se cumple el centenario de Ataúlfo Argenta

Tenía sólo 45 años cuando murió asfixiado en su coche. Contaron que le acompañaba una joven alumna.

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Cien años se cumplen el 19 de noviembre, del nacimiento del más célebre director español de orquesta de su tiempo: Ataúlfo Argenta. Alguien equiparable a las mejores batutas de la historia: Herbert von Karajan, Leonard Bernstein, Claudio Abbado, Daniel Barenboim… Lo que es una notable excepción teniendo en cuenta que en España no han sido muchos los que han sobresalido en ese terreno. La comparación no es nuestra, sino del prestigioso crítico Jesús Ruiz Mantilla, comisario de la exposición en homenaje al músico cántabro, que se clausurará el próximo domingo en el Auditorio Nacional de Música, en Madrid.

Nació Ataúlfo Exuperio Martín de Argenta Maza el 19 de noviembre de 1913 en la localidad santanderina de Castro Urdiales, donde su padre ejercía de jefe de estación. Cursó estudios en la capital de España. Siendo cantor y jefe de cuerda a los quince años conocería al gran amor de su vida, compañera de estudios, Juana Pallarés Guisasola, con quien contrajo matrimonio en Segovia durante la guerra civil. En el transcurso de la contienda, se libró por puro milagro de ser fusilado. Tuvieron cinco hijos: Ana María, Angelines, Fernando, Cristina… y quien murió a poco de nacer. Estaba Ataúlfo dirigiendo un concierto en Oviedo cuando, en el descanso, fue informado de la trágica noticia. Sin poder contener las lágrimas –como refiere Ruiz Mantilla- le dedicó al bebé muerto una pieza de Schumann: 'Escenas infantiles'.

Espigado, de agradable presencia, tez morena, profunda mirada, sencillo en el trato, nada divo, llegó a dirigir cuarenta orquestas fuera de España. Fue el único en su tiempo, batuta en mano, con auténtica proyección internacional. Quien, en aquellos difíciles años de la postguerra mantuvo vivo el espíritu de la música clásica. Amaba a los compositores románticos alemanes pero su preferido era Manuel de Falla. Existen magníficas grabaciones dirigiendo a la Orquesta Nacional de España, de la que fue titular a partir de 1947 hasta su trágico fallecimiento, en 'El sombrero de tres picos' y 'El amor brujo'.

Hemos de rememorar cómo fueron sus últimas horas. El 20 de enero de aquel infausto 1958, Ataúlfo Argenta llevó en su automóvil a su esposa y a su primogénita al aeropuerto madrileño de Barajas. A Juanita iban a intervenirla de una hernia discal en una clínica suiza. Había dirigido el día anterior el que, desgraciadamente, sería para la historia su último concierto: 'El Mesías', de Haendel, en el Monumental Cinema madrileño. Y debía dirigir los ensayos en el Teatro Real de sus próximos conciertos esa misma semana. Atardecía ese lunes invernal cuando tomó su vehículo para dirigirse a su chalé de la sierra, en el pueblo de Los Molinos. Ese desplazamiento se debía al haber olvidado unas partituras de Schumann, que le eran precisas para dirigir el viernes siguiente a la Orquesta Nacional de España. Sus compañeros ya no lo verían vivo. En la mañana del día siguiente, martes 21 de enero de 1958, un obrero que trabajaba en unas obras en el chalé del músico descubrió el cadáver de Ataúlfo Argenta dentro de su coche, en el garaje. La autopsia determinó que había muerto por inhalación de monóxido de carbono.

La hipótesis más razonable es que encendió el motor, la calefacción, e inmediatamente se produjo una emanación de gas metano, por deficiencias muy probablemente de una mala combustión. Se descartó que hubiera sido un suicidio. Su esposa e hija regresaron inmediatamente a Madrid, cuando el cadáver de Argenta ya se había instalado en el domicilio familiar de la calle de Alfonso XII. Dos días después era enterrado en el cementerio de la Almudena. Los periódicos de entonces, con una censura que, cual espada de Damocles pendía sobre la cabeza de todos los directores, informaron escuetamente del óbito. Y nadie pudo contar otros flecos del suceso. Ataúlfo Argenta mantenía otras relaciones… extramatrimoniales. Y en la tarde del fatídico 20 de enero alguien supo que lo acompañaba una joven alumna. Camino del mencionado chalé de Los Molinos, claro. ¿Era sólo intención del gran director dar alguna clase especial de solfeo a aquella muchacha? ¿Existían entre ellos lazos de íntima amistad? Nunca se reveló la identidad de aquella mujer. Todo hizo suponer que no llegó a desvanecerse en el coche y salvó la vida. Lo que siguió después jamás se desveló. Si quien descubrió a Ataúlfo Argenta fue un obrero al día siguiente, es de suponer que la alumna huyó del lugar. Todo un misterio alrededor de la muerte de un director de orquesta genial, expresivo con su batuta mágica cuando movía las manos de manera electrizante. Contaba 45 años y un futuro glorioso. Estaba en vísperas de marcharse a los Estados Unidos con un brillante porvenir: el de convertirse en el joven director de orquesta mejor pagado.

Su único hijo varón, Fernando Argenta, no pudo culminar sus estudios musicales. En su casa, tras la pérdida paterna, tuvieron que ajustar su presupuesto familiar. Él hizo frente a sus gastos gracias a lo que ganaba con el conjunto de Micky y los Tonys, uno de los pioneros del pop español. Más tarde se enroló en Radio Nacional de España donde logró una gran audiencia con su programa Clásicos populares, del que luego derivó otro destinado a la grey infantil en Televisión Española. Tenía sólo doce años cuando su padre se fue de este mundo. "Su prematura muerte fue para mí tan difícil de aceptar que cambió mi vida", declaró Fernando Argenta.

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