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'Lo niego todo', de Joaquín Sabina: autopsia de un macarra desertor

Su último disco es una proclama al no fue para tanto, un escaparate roto y una deslegitimación parcial del mito. Es el mejor Sabina en 17 años.

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Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) es un prestidigitador del estribillo mediático. Maneja cuatro o cinco muletillas recurrentes, socarronas y, a veces, solemnes, que siempre –repito: siempre– cuela en sus entrevistas. La cosa cansa un pelín –aunque, todo hay que decirlo, uno no sabe si esto es demérito del entrevistado o del entrevistador–. Así, por ejemplo, rara es la interviú, rueda de prensa o derivado en que no se define como "cantautor próstata". Su último álbum está cantado asumiendo, con plenitud, este rol. Lo niego todo es una proclama, desde el presente de indicativo, al no fue para tanto; un certificado oficial de deserción –si es que eso existe- del canallismo; un escaparate roto, y una deslegitimación parcial del mito: "Ni soy un libro abierto / ni quien tú te imaginas. / Lloro con las más cursis / películas de amor".

Lo nuevo del artista ubetense es un producto policéfalo donde sobresalen Leiva –productor y compositor de la mayor parte de las melodías– y Benjamín Prado –coletrista–. El primero aporta un bótox sonoro, una savia y un nervio que urgían al jienense; el segundo, una pluma que complementa, que compacta, que redondea. También componen Pablo Milanés y Rubén Pozo. Y participa un ejército de músicos de rock, de primeros espadas, que contribuyen a que Lo niego todo sea, con diferencia, el disco de Sabina que menos suena a Víctor Manuel y más a Bob Dylan –el símil no es mío–: ahí están el bajo de Candy Caramelo, la batería de Niño Bruno, los teclados de César Pop y Joserra Senperena, las guitarras de Ariel Rot y, sobre todo, el magnífico Carlos Raya. Por su parte, la (re)incorporación de Olga Román nos recuerda su labor de prima donna, de jarabe dulce contra la faringitis, de barniz perfecto y femenino. Además, de la banda permanente del Flaco participan Jaime Asúa, Antonio García de Diego y Mara Barros. Pancho Varona, escudero constante, corredor de fondo, sólo sale en un videoclip.

Lo niego todo es un disco de autor, cosa que se agradece en un Sabina que tiene por costumbre recurrir a –maravillosas– cajas de sastre. La vejez, el anteayer, el lo que hoy ya no es vertebra un disco compactísimo de folk-rock que sólo se va por peteneras cuando el final asoma: con el reggae "¿Qué estoy haciendo aquí?" –que incluye un tercio durísimo sobre una mujer maltratada: "Al alba, Encarna llora en la comisaría. / Su ojo derecho es una mancha de sandía"– y la rumbita "Churumbelas" –por primera vez, en tres discos en solitario, Sabina firma la letra y la música de una canción–, muy digna del Candela de Lavapiés.

Hablaba al principio de una deslegitimación parcial –y, por tanto, no completa– del mito porque, cuando echa la vista atrás, Sabina no reniega del personaje. Simplemente, lo ubica en el pasado –"El tren de ayer se aleja, / el tiempo pasa"–, asume su bagaje –"Quien más, quien menos / pagó caras 500 noches baratas"–, mira con perspectiva. Es un "cantautor próstata" que se reencuentra con examantes de hace la pila ("Leningrado") con las que ya no hay nada que hacer, que escribe pos(t)datas a reinas que buscaban marido mientras él encontraba un escondite. A los 68, perseguir mujeres fatales no es creíble. Envejecer con dignidad es una blasfemia. ¿Y qué? El artista –insisto: con Leiva y con Prado– la exhibe con verosimilitud; lo contrario conllevaría un resoplido. O un bostezo.

En Lo niego todo, sobresalen "Quién más, quién menos", emocionante, melancólica, aupada por Olga Román; "No tan deprisa", un homenaje a J. J. Cale que bien podría no pasar por ello, o "Postdata", envuelta en una hermosa melodía de Ariel Rot, tiene una estructura parecida a la de "El rocanrol de los idiotas" –"Yo… / Tú…"- y deja uno de los estribillos más redondos del álbum: "Cuando me abandonaste / bordé un puente de plata. / Ni tú eras para tanto / ni yo soy para ti"–. "Leningrado" es un poema maravilloso que pierde como canción, cosa que no quiere decir que esta sea mala. Ocurre lo mismo que con "Agua pasada", de Vinagre y rosas (2009): que cumple, pero no pone el vello de punta como el soneto "Puntos suspensivos". "No era fácil en la Unión Soviética / ir por condones a recepción", canta. "Las noches de domingo acaban mal" recuerda, musicalmente, al "Viene y va" de Fito y Fitipaldis. Y "Por delicadeza" es una pieza sobresaliente, pero cuando se produce el traspaso de voces entre Sabina y Leiva, la escucha tropieza. Quizá falte un himno en mayúsculas –el tema que da nombre al disco es muy bueno, pero queda lejos de un "Y sin embargo" o "Contigo"–.

En definitiva, Lo niego todo muestra al mejor Sabina de los últimos diecisiete años –no es poco–. Leiva y Prado han rescatado al cantautor del tedio de escribir canciones como crucigramas y, caray, qué maravilla, éste se exhibe pletórico con el resultado, presume de novia joven, habla de repetir en un futuro. Que se recupere pronto de la operación de hernia, que hay ganas del directo –aunque el sonido, es evidente, será muy diferente al del álbum: el jienense recurre a su banda habitual–. En el tintero se quedó un brindis, con un rifle en un paragüero, a Leonard Cohen. Lo contó Benjamín Prado en un homenaje cenizo y macho al bardo canadiense.

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