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Sabina homenajea a Ignacio Echeverría y llora ante sus paisanos

El músico inició su gira española en su ciudad natal, Úbeda.

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Joaquín Sabina, en un concierto en Úbeda. | EFE

Comenzó Joaquín Sabina su actual gira el pasado 14 de mayo, por tierras mexicanas, donde lo adoran casi tanto como a Joan Manuel Serrat. Y ahora ya está sumergido en sus conciertos por España, hasta que llegue diciembre y se embarque para Uruguay y otros países hispanos. El pasado viernes cantó en Úbeda, su ciudad, donde nació en 1949. No se ha prodigado mucho en los últimos tiempos allí, siquiera de visita, desde que un día saliera "de naja" después de poner una bomba de escasa potencia eso sí en una sucursal bancaria granadina. Su padre, que era comisario de policía, estuvo de acuerdo en que pusiera tierra de por medio.

Fue cuando se marchó a Londres, publicó un librito autobiográfico hoy inencontrable, ganándose la vida malamente en tugurios y tabernas, dando la paliza a la clientela con su menguado repertorio de rancheras y boleros, sin tener ni idea de cantar y apenas de rasguear su modesta guitarra. Ya sabrán que un día se acercó a un club más presentable y le interpretó al beatle George Harrison algo parecido a "Cielito lindo". Y este le largó un billete para que lo dejara tranquilo y se fuera a comer un perrito caliente.

Y bien… Este Joaquín Sabina, entronizado ya a la cabecera del pop melódico nacional, millonario y por lo común siempre dando a entender que el dinero no le importa mucho, llegaba a Úbeda a sus sesenta y ocho tacos, tratando de que no lo traicionara la nostalgia, los recuerdos de su vida de niño, mozalbete y joven. Pero lloró, sí, aguantando el tipo, mientras dedicaba uno de sus temas a sus hermanos. Pero también, con un acertado sentido de la oportunidad, fue a cantar "Contigo", extendiendo una nueva dedicatoria al "héroe del monopatín", a ese ejemplo de valentía y solidaridad llamado Ignacio Echeverría. La letra de ese tema, reza así al final:

… y morirme contigo si me matas
y matarme contigo si te mueres.
Porque el amor cuando no muere mata.
Porque amores que matan nunca mueren.

La gira presente de Joaquín Sabina lleva por título "Lo niego todo". Exactamente lo mismo que su más reciente disco, publicado hace unos meses, que hace el número dieciocho de su obra musical. Donde podríamos compararlo un poco, si se nos permite el viejo chiste, con los pepinos. Que, ya saben, repiten… La inspiración no siempre visita a los creadores y éstos, como se ven obligados a cumplir contratos discográficos, no tienen más remedio que recurrir otra vez a lo mismo de otras veces. Como letrista, maestro del soneto y los ripios, por supuesto que no tiene rival alguno entre sus colegas. La música, en cambio, se le resiste. Pero, bueno, Sabina parece ser un consentido, como dicen en su México, lindo y querido. Y llena allí donde va. Si le perdonaron su espantá como hacía Rafael el Gallo, el torero, cuando le pasó lo del miedo escénico en el Palacio de los Deportes de Madrid en diciembre de hace tres años, o algunas cancelaciones como una vez en Gijón porque estuvo la noche anterior en la puerta del hotel Manuel de tertulia hasta el amanecer con unos amigos, ¿por qué en la actualidad le van a criticar que lo nuevo de él sabe a lo mismo, y se le prefiere con "19 días y 500 noches", "Y nos dieron las diez"? En cuanto al título del disco y la gira, "Lo niego todo", viene al parecer de su ironía a la hora de recordar cómo se figura la gente que es. ¿Un golferas, un cínico, uno que levanta demasiado el codo? Nada, todo falso, producto de los periodistas cuando cuentan su pasado.

Pero, presten atención si van por la calle y contemplan el anuncio de su gira. Yo mismo en los periódicos del pasado domingo acerté con una página en la que se anuncia esa gira. Con las localidades agotadas con antelación de sus inmediatas actuaciones en Sevilla, Madrid, Barcelona, Valencia, Murcia, de nuevo Madrid mediado julio, La Coruña… En fin, ya digo, unos compromisos artísticos hasta bien entrado el otoño en España. ¡Ah, lo principal, lo que llamó mi atención! La imagen que acompaña esos datos no es la de un Sabina habitual tocado con sombrero, ¡no, señor! Esta vez aparece sin ese bombín chaplinesco, que nadie usaba ya antes que él, salvo José Luis Coll.. Está fotografiado con el cuerpo entero encorvado sujetando una guitarra entre las piernas. No me fue difícil recordar otra imagen igual, no parecida, copiada la actitud. ¿Elección suya, de su equipo? Lo ignoro. Pero busquen ustedes si quieren en Youtube, en Internet, y presten atención a este nombre: Ian Dury. Lo habrán olvidado muchos, pero es el tipo que en los años 70 seguía la moda de la new wave inglesa y la era de los punkies. Estaba al frente de su banda, Los Blockheads. Y no tenía que fingir apareciendo con su esqueleto encorvado, moviéndose con dificultad. Eran las secuelas de la polio que sufrió en su niñez. Murió a los cincuenta y siete años, en 2000, a causa de un cáncer colorrectal metastásico.

Aquel Ian Dury salía fotografiado a menudo sujetando su guitarra entre las piernas, mirando a su derecha, con el cuerpo, ya decimos, doblado, tal vez por el dolor. Oigan, amigos: igual, igualito que Joaquín Sabina en este casi adelantado verano de 2017. A lo peor es que, sin decirlo, ha decidido hacerle un silencioso homenaje.

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