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Moncho pierde la voz y se retira: adiós al bolero

Se anunciaba como "El gitano del bolero", una rareza entre los calés. Nadie ha cantado el bolero en España en los últimos cuarenta años mejor que él.

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Moncho, cantante de boleros | Cordon Press

Nadie ha cantado el bolero en España en los últimos cuarenta años mejor que él: Moncho. Se anunciaba como "El gitano del bolero". Una rareza entre los calés, que siempre se han significado en el baile y el flamenco. Él mismo me contó que en las fiestas mayores de Barcelona, su ciudad natal, se embelesaba escuchando a Lorenzo González, al que en una sala de fiestas, Rigat vio recoger las bragas de una espectadora desde la primera fila, entusiasmada con su arte. Y poco más o menos se dijo que él también se dedicaría a ese género musical, teniendo como maestro al chileno Lucho Gatica, cuyos discos escuchaba por la radio de aquella España de los años 50.

Ramón Calabuch Batista, nacido en 1940, hijo de un modesto trabajador de la compañía barcelonesa Catalana de Gas, era retocador en el gremio de las artes gráficas. Los fines de semana consiguió ser admitido como vocalista de una de las más conocidas orquestas de aquel tiempo, Ramón Evaristo, quien lo presentaba como "El Ciclón Cubano", aprovechando que la tez del rostro de Moncho era morena. Con los años y ya independizado, tuvo un grupo propio, el Guaguancó Gitano. De grabar un primer disco con rumbas, pudo ya demostrar que lo suyo era el bolero. Interpretado con dulzura, también con pasión, conforme viniera a cuento la historia. Y a partir de 1964 es cuando consigue que su versión de "Llévatela" fuera considerada, al menos, tan aceptable como la original de Armando Manzanero. No citaremos más títulos de los muchos que ha grabado en su larga vida, durante sesenta años, porque sería como repetir aquí, sin espacio posible, punto por punto, la auténtica historia de lo mejor de este género, nacido en Cuba hace ciento y pico años, prestigiado luego en México y más tarde en toda Hispanoamérica por no decir casi el mundo entero. El bolero fue popularizándose en España a partir de los años de la postguerra, ha superado modas de todo tipo y es un clásico por el que no pasa el tiempo. Moncho es la imagen, como decíamos, del mejor bolero de estas pasadas décadas.

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Pero se retira. Forzado por la pérdida de una de sus cuerdas vocales. Tras un concierto en el Palau de Barcelona se sintió indispuesto. Ingresado en una clínica padeció una neumonía, después un molestísimo herpes zóster. Bajo de defensas, le diagnosticaron un nervio atrofiado. Y poco a poco se fue dando cuenta que, como intérprete, ya no era el de siempre. "Podría cantar –asegura-, pero a la tercera melodía se notaría que mi voz dejaba de ser la misma".

Lo que ha hecho Moncho, tan querido y admirado por su público y por sus propios compañeros de profesión, es retirarse dejándonos, como una especie de testamento musical, un disco que venía preparando desde hacía mucho tiempo, antes incluso que le aflorara la enfermedad que padece. Son boleros que grababa según llegaban a Barcelona músicos de paso, cubanos. Con ellos se reunía en una especie de "jam sessions". Y así, poco a poco, fue registrando con un fondo musical maravilloso, títulos como "Llévatela", "Obsesión", la balada "Y cómo es él" a ritmo de bolero, y otros temas hasta completar una grabación de alta calidad.

La vida de Moncho está llena de lances románticos que parecen sacados del mejor de su repertorio. Es un hombre afable, tranquilo, ahora menos coqueto al no tener que actuar en público, que cubre su calva cabeza con una gorra, cuando en años pasados disimulaba su alopecia con una de las pelucas que guardaba en casa y en su camerino. Se casó un ya lejano día con una salmantina llamada Mary. Matrimonio de breve recorrido. No es que quisiera engañarla, pero resulta que a poco de la boda se fijó en otra mujer que iba a escucharlo cantar casi a diario: la madrileña Concepción Fraile. Y Moncho se prendó de ella, lamentó su error al haber elegido como esposa otra, rompió de la noche a la mañana con ésta… y se fue a vivir junto a Conchita, que aportó la hija de una anterior relación. Se casaron en 2005, ya dirimido el anterior enlace en divorcio. Y como no querían estar separados, sobre todo en el verano, cuando las actuaciones musicales son continuadas, ella se convirtió en su representante artístico. En 2011 Moncho recibió un inesperado golpe del destino, al morir la compañera, la mujer que más había querido en esta vida y a la que venía cuidando como podía al estar padeciendo una parálisis progresiva que la tenía ya condenada a vivir en silla de ruedas los últimos tiempos.

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Desde entonces, Moncho ya no es el hombre alegre de siempre, aunque procura guardar para sí el drama que no le ha abandonado. Vive con una nieta de diecinueve años. Va al mercado y cocina él mismo. Tras la sobremesa se acerca a un bar de jubilados y juega su habitual partida de dominó. Vuelve al atardecer a casa. Cena. Sueña con su mujer. Y en la madrugada puede que le vengan a la memoria las notas de algunos de esos cientos de boleros que él interpretó, entre amores y desamores que ya no volverán. Él perdió para siempre al suyo.

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