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'Los Simpson' están muertos, larga vida a 'Los Simpson'

La familia amarilla cumple 30 años en el Día Internacional de Los Simpson. Y hacemos un repaso sentimental a la serie más importante de la Historia.

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Los Simpson, frente a sí mismos | Fox

Escribir un texto sobre Los Simpson es un marrón de los difíciles. ¿Qué contar mínimamente nuevo de una serie que todos conocemos de infinitas reposiciones? Las anécdotas y datos curiosos están en Wikipedia, infinidad de recopilaciones de infinidad de portales de internet recogen los infinitos gags del sofá. Los Simpson han estado ahí tanto tiempo que les ha dado tiempo a completar todos los ciclos varias veces: ser la novedad, ser lo más, estar de capa caída y después volver a estar de moda. A los hipsters de las portadas en blanco y negro les ha dado tiempo a –en su línea– reivindicar la serie como fenómeno pop creyendo que nos descubren algo, luego darle la espalda y después volverla a alabar para olvidarla de nuevo (todo esto está en el capítulo, perfecto, de Homer artista conceptual: Mamá y el arte de papá).

Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a ellos, y la culpa no es solo de Antena 3, que ha emitido la serie ininterrumpidamente desde su adquisición en 1994; un filón antes de los one-liners de Matías Prats que sin duda han rentabilizado pese al desgaste. La abrasión a la que la privada ha sometido a Los Simpson es un tópico en sí mismo, aunque éste sea más autóctono que el de la decreciente calidad del show desde hace ya más de una década. Que va más o menos en consonancia con la mejoría en su animación y factura técnica, ya saben... Todo es un cliché cuando hablamos de Los Simpson, aunque esto lo tendría que hablar con Fox, que sigue encargando nuevas temporadas aún consciente de un evidente cansancio creativo que ha llevado a la familia amarilla a transformarse en otra serie radicalmente distinta.

Ok, tal vez la única solución sea ignorar este tema, que no obviarlo. O como dirían allí, no fijarse en el elefante en la habitación y contar, sin más, cómo nos sentimos algunos a estas alturas, en el 30 aniversario de su primera emisión en EEUU (en forma de corto dentro del show de Tracey Ullman, ahí los tienen en la foto de arriba) en el declarado Día Mundial de Los Simpson, con la legendaria serie de animación satírica que descubrió al planeta Tierra que los dibujos animados no tienen por qué ser para niños. Así es, al menos, como nos lo vendió TVE a principios de los noventa, cuando comenzó a emitir la serie en horario nocturno (si recuerdo bien, las 23:00 horas) formando dupla con, creo recordar también, la serie de Richard Mulligan Nido vacío. Como seguramente habrán adivinado, muchos tuvimos que vender la moto a nuestros padres para asistir a los primeros episodios (para más inri, la serie venía de Canal +, ese festín de porno codificado) y, como a estas alturas habrán deducido también, la serie, con su inaudita mezcla de realidad y locura, se convirtió en objeto de culto inmediato. Sí, por aquel entonces, y para un infante de diez años, aquello tenía algo de prohibido.

En todo caso ahí estaba yo, empezando EGB y ya obsesivamente atraído por un producto de ficción y su particular paleta de colores. Estamos, para que lo sepan, en el ya lejano y brumoso año 1989 (para algunos, el año de Batman, de la súbita vuelta de Regreso al Futuro, de 3º de EGB en un pueblo muy, muy lejos de casa) y todo aquel asunto ofrecía posibilidades inmersivas interesantes. Quién me iba a decir a mí que un cuarto de siglo después Los Simpson no solo seguirían vivos (aunque el precio a pagar haya sido alto, entre ellos, algo quizá inevitable: convertirse en aquello que ellos mismos comentaban) sino que estaría escribiendo sobre ellos. Ya entonces Los Simpson nos reeducaron en el valor del humor a la hora de reflejar nuestra vida cotidiana, mucho más parecida a la del otro lado del charco de lo que nos pensábamos. Pero, además de ciertos valores narrativos, a algunos –quizá es la cosa generacional– Los Simpson nos sacaron de cierto gueto cultural, nos confirmaron que los problemas de allí eran los nuestros, que España era más parecida a EEUU de lo que nos vendían otros. Bueno, malo o regular, eso júzguenlo ustedes. En todo caso nos anunciaron la sociedad que no estaba por venir, sino que ya estaba allí, y nos demostraron, también, que cualquier persona medianamente inteligente podía reconocerse en un cartoon de color amarillo.

Yo lo hice y comencé a dibujar mis propios cómics mucho antes de que Bongo publicase los suyos. Y es que, como ven, este cronista ha elegido hablar de memoria, con la esperanza de apelar a sensaciones y evitar la catarata de datos servidos por Wikipedia, sin duda mucho menos personal y contenida en sí misma que la famosa Guía para la vida de Bart Simpson o la Guía Completa de Ray Richmond, que muchos (yo) guardamos todavía en un lugar fácilmente accesible (¿se acuerdan, por cierto, de cuando el merchandising todavía tenía verdadero valor?). A propósito de esto, Los Simpson fueron metaficción desde el minuto uno, al incorporar la sátira al product-placement en el infinito chorreo de objetos absurdos patrocinados por Krusty, desde muñecos a pruebas de embarazo. Mis favoritos, al menos en nuestro mundo "real": el arcaico Bart vs Space Mutants, un imposible videojuego de ocho bits que supuso nuestra puerta de entrada (virtual) a Springfield y que devoramos –pero nunca acabamos– con frustración y alegría; y el inalcanzable The Simpsons Sing the Blues, versión casette (¿cuántas veces hicimos el Bartman a ritmo de Michael Jackson con el single del disco? A Nancy Cartwright hay que hacerle la ola por su interpretación. El vídeo, por cierto, es una obra maestra dirigida por Brad Bird).

Bart Simpson - Do The Bartman (Official Video HQ) from Wolfgang Dey on Vimeo.

Parpadeamos y hacemos flashforward hasta 2017, cuando hablar de Los Simpson crea una falsa sensación de seguridad. A muchos les aburre, otros siguen atascados en el menosprecio a su condición de dibujo animado. En todo caso, todos parece que hemos olvidado su carácter de reflejo sociológico, porque como decíamos arriba, a todo se acostumbra el ser humano. Pero no me malinterpreten porque esto no es, tampoco, el texto de un fan, aunque a la vez sí que lo sea: a muchos nos decepciona la evolución de Los Simpson, aunque a estas alturas y como las anteriores, lo aceptamos para seguir conectados a ellos.

Pero no por fanatismo, sino por honestidad. Porque, venga: ¿cuántos chistes suyos recitamos de memoria? "Seguro dental. Lisa necesita un aparato"; "Voy a matar a Moe, wiii"; el capítulo de Tenacitas o el de la muerte de Maude Flanders. No vamos a convertir esto en un resumen nostálgico, que sería eterno, en virtud de esos (magistrales) primeros diez o doce años de la serie. Más de una década donde Los Simpson nos dispararon con arquetipos, personajes y golpes de guión magistrales a razón de veinte por semana. Tampoco de la década y media de después, que no convendría menospreciar en su apología del absurdo cartoon donde la serie se ha acomodado, y que de cuando en cuando todavía se reserva momentos y capítulos brillantes (sólo de cuando en cuando). Me interesa mucho más ser honesto que sentimental en este punto: lo hacemos no solo con amigos sino porque sus frases resuenan igualmente en nuestro cerebro, en la situación más trágica y la más peregrina. Porque algunos hemos visto la vida pasar a través de ellos, porque están ahí agarrados y no se van a ir nunca.

Quizá es una cuestión generacional, repito, y Los Simpson llegaron en el momento adecuado, aunque sospecho que aquí tiene que haber algo más. Pero si quieren chapa nostálgica, también tenemos de eso. Al fin y al cabo, muchos vimos el show antes del advenimiento de las privadas que después lo explotaría hasta la muerte: yo no los conocí en Canal Plus pero sí en su estreno en TVE, en horario nocturno y en ese prime time que entonces dominaban Arús y Lobatón. Después Los Simpson se mudaron a TVE 2 (que no La 2), donde se emitieron las tres primeras temporadas a razón de un capítulo semanal los miércoles a las 23:00, y ahí se quedaron algún tiempo. Su ubicación estrella no sería esa sino en el mediodía de Antena 3, la que conocemos todos hasta el hartazgo. En sus mejores momentos, la cadena ubicó los capítulos de estreno por la tarde y los repetidos a la hora de comer. A mí me daba igual y me lo sigue dando: sospechando que quizá era el punto de fuga de muchas, muchas cosas, ya desde entonces los seguí y perseguí en todas sus franjas horarias. Todavía se emiten en Neox todas las noches, y todavía me conecto a ellos cuando aparecen.

A lo largo de 28 temporadas y más de 600 episodios, al universo paralelo creado por Matt Groening le ha dado tiempo a parodiar o certificar todo tipo de modas, sensaciones y eventos. Springfield, ese lugar que podría ser cualquier otro, es un universo extrañamente similar al nuestro y que ha sido minuciosamente engarzado y completado durante décadas, convirtiéndose en un escenario narrativo completo que ríanse ustedes de la labor de Marvel Studios. Como dice Flanders sobre La Biblia, la hemos hecho caso incluso en las partes en que se contradice a sí misma. Porque muchos hemos vivido nuestra vida a través de lo que ocurría en Springfield, o como mínimo, con esa familia disfuncional en la que –entonces ya lo sabíamos, aunque fuera en nuestro rocoso inconsciente– todos íbamos de cabeza a convertirnos. Su contenido extrañamente familiar ayudaba a cuajar esa sensación de realidad, y al final Los Simpson acabaron convirtiéndose en nuestra rutina diaria, en esa parada necesaria que articulaba nuestras tardes de estudio-merienda. Como parte de nuestras vidas, también vivimos sus avatares con amargura o alegría, con la muerte del inigualable Carlos Revilla y la llegada del nunca bien ponderado Carlos Ysbert como voz y alma de Homer Simpson como un mazazo perturbadoramente cercano.

Ya lo ven, al menos esta chapa no ha sido el enésimo recuento de gags de Los Simpson ¿no les parece? Ni siquiera hemos mencionado el nombre de Matt Groening hasta ahora (nota mental: lo hemos hecho). Aunque hay algunos tópicos que me es obligatorio mencionar. Como ese que dice que si algo o alguien no está en Los Simpson, es que no existe. Yo lo colocaría en un lugar incluso superior: los mejores capítulos de Los Simpson son absolutamente atemporales, habitan en un lugar diferente que nada tiene que ver con la risa o la nostalgia. Los Simpson, en su evolución como show, no han sido perfectos, pero su embrujo está más allá de la perfección. Los instantes en los que la han rozado son más importantes que todo lo demás: Homer mirando el cielo sobre el capó del coche después de la huida de su madre; como el "hazlo por ella" de un padre a un bebé; la inexorable espera ante la muerte tras engullir un pez fugu o la ambigua relación de Milhouse con su entorno ("Bart, provoca mi furia/Hoy me he sentido atraído por Milhouse"). Los Simpson respiran tristeza, verdad y humor. Podemos darles la espalda, pero tanto ellos como nosotros lo sabemos: a estas alturas del cuento lo trascienden todo.

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