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José Bódalo: una biografía en el año de su centenario

Carlos Arévalo ha escrito un libro interesante, ameno, sobre un inmenso actor que pertenece a la mejor historia del teatro español del siglo XX.

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José Bódalo (1916-1985) | TVE

Volvemos a lamentarnos de la escasa bibliografía existente en España sobre nuestros actores. Por eso, la aparición estos días de un volumen sobre la vida de José Bódalo, uno de los grandes del teatro, la pantalla y la televisión, nos merece una glosa. Lo ha publicado CVC Ediciones con el título José Bódalo, maestro de la escena. Su autor es el joven periodista madrileño Carlos Arévalo. Algo más de doscientas páginas en las que se nos cuenta su vida y obra, complementada con un documentado índice de sus estrenos teatrales, sus películas y sus programas dramáticos en la pequeña pantalla.

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En el supuesto de que haya lectores a los que "les suene" el nombre pero no acaben de situarlo entre sus recuerdos, se me ocurre una sola de sus intervenciones cinematográficas que, de por sí, ya merecen considerar a José Bódaloun colosal actor. Cuando en Volver a empezar, la primera película española ganadora de un Óscar, el personaje encarnado por Antonio Ferrandis le dice a su médico amigo la enfermedad incurable que padece y comentan lo que le queda de vida. La reacción de ese doctor que representa José Bódalo, sólo por sus gestos, la comprensiva mirada, la contención ante ese irremediable final aun con los ojos ya acuosos, es un prodigio de interpretación sólo posible en un profesional fuera de serie, virtuoso. Y ese era José Bódalo, al que creemos no se le hizo justicia en vida y ahora, ya tarde, al menos tal libro biográfico llena en lo posible ese vacío, con ocasión además de que este 2016 que se acaba sea el año del centenario de su nacimiento.

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Era hijo de dos actores, menos brillante el padre y una estrella de las variedades, la revista y la zarzuela y también la comedia la madre, Eugenia Zúffoli, dama de gran belleza que ocupó las páginas de las revistas ilustradas de su época. El nacimiento de José Bódalose produjo en Córdoba, Argentina, porque sus progenitores se hallaban de gira en aquel país, donde se radicaron mucho tiempo. Ya en edad universitaria comenzó la carrera de Medicina, que abandonó al tercer año tras intervenir de modo casual en varios programas radiofónicos, para ganarse simplemente un dinero extra, en radionovelas primero y después, ya asentado ante los micrófonos en retransmisiones deportivas. Todo ello sucedía en Caracas, adonde se había establecido de nuevo con sus padres. Aquella actividad la desarrolló alternándola con su pasión futbolística, jugando como defensa en un equipo venezolano de la segunda división. Como veremos más adelante, su afición por el entonces llamado balompié no la abandonaría jamás.

De las emisiones radiofónicas saltó a los escenarios de la capital venezolana, desarrollando por lo corriente papeles de galán. Y es en 1946 cuando se asienta en Madrid aun cuando tenga de vez en cuando que viajar a la América hispana para cumplir determinados contratos. En la temporada siguiente es cuando debuta en el madrileño Teatro Infanta Beatriz con un drama clásico, La enemiga, de Darío Nicodemi, junto a su madre, la mencionada Eugenia Zúffoli, en los personajes de hijo y madre que, a pesar de coincidir con la realidad suponía una carga emocional en el escenario. Y paralelamente se produce su entrada en el cine, en Alhucemas, compartiendo reparto con el protagonista, Julio Peña y los entonces noveles Tony Leblanc, Sara Montiel, Conrado Sanmartín…

No nos vamos a extender en el amplio y denso historial artístico de José Bódalo, pero sí a rememorar algunos títulos, entre los muchos que lo adornan. Ya como primer actor del Teatro Nacional María Guerrero: Los verdes campos del Edén, de Antonio Gala, en 1963; Romance de lobos, de Valle-Inclán, en 1970; El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brech, al año siguiente; Misericordia, de Pérez Galdós, en 1972; Anillos para una dama, también de Gala, en 1973; La velada de Benicarló, de Manuel Azaña, en 1980…

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En televisión, fueron varios centenares los espacios dramáticos en los que intervino, aquellos inolvidables "Estudio 1", donde destacaba por su extraordinaria memoria, capaz de aprenderse en pocas horas, si acaso días, libretos de considerable entidad en todos los sentidos. Y era cuando había que repetir lo menos posible por razones técnicas, de las cintas de grabación que se utilizaban. Únicamente daremos un título que los críticos consideran es la mejor producción realizada nunca en Televisión Española: Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose, emitida el 16 de marzo de 1973 bajo la dirección magistral de Gustavo Pérez Puig. De aquella docena de excelentes actores, han desaparecido once; sólo queda Pedro Osinaga. Y en cuanto a sus apariciones en la gran pantalla, José Bódalo intervino en más de un centenar de títulos pero en papeles no siempre relevantes, muy pocos, casi ninguno de protagonista, aunque por lo general, siempre solía dejar en ellos la impronta de su humanidad. Repitió los personajes de comisario y apoderado taurino; esto último le gustaba mucho al ser los toros, después del fútbol, su espectáculo favorito. Fue en Nuevo en esta plaza, Las cicatrices, Sangre en el ruedo… En cuanto a papeles relacionados con la policía, sobretodo en El crack y El crack II, que los bordó, a las órdenes de Garci, lo mismo que reclamado por éste nuevamente, hizo de productor de cine en Sesión continua, siempre mostrando su habitual bonhomía.

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Y ahora es cuando volvemos a acordarnos de su irrenunciable pasión de "hincha" del Real Madrid. Se decía en los ambientes teatrales que, dada su furibunda afición futbolística, cuando se celebraba un partido importante de su equipo, si coincidía con una de sus representaciones teatrales, salía al escenario con un "pinganillo" sujeto a uno de sus oídos mediante el cual seguía las incidencias del encuentro. Sin olvidarse de su parlamento, claro está. Pero Carlos Arévalo desmiente en su biografía la falsa anécdota, aunque sí reconozca que un minuto antes de salir a escena en esas circunstancias seguía atentamente la retransmisión radiofónica, y en el descanso corría a su camerino a interesarse por la marcha del partido.

Como actor, amén de la virtud de su colosal memoria "de elefante", se refleja su dominio de la perfecta dicción, de su absoluta compenetración con el personaje que interpretaba, lo que le obligaba a leer libros complementarios a la obra. Tenía una vocación irresistible por su trabajo, al punto que una vez se cayó por una escalera del teatro, tuvieron que escayolarlo, y así permaneció varias semanas, sin dejar de actuar. Afortunadamente era un drama de época y aparecía envuelto con amplios sayones. Recuerdo haberlo entrevistado en el teatro María Guerrero, donde prácticamente desarrolló lo más granado de su carrera escénica. Me llevó al centro del escenario y me dijo: "Mira, aquí mismo, hace unos años, a las siete de la tarde, se alzó el telón y tuve que representar una obra. Por la mañana había enterrado a mi padre". Es aquello que se atribuye a los actores de la categoría de José Bódalode que "la función debe continuar".

José Bódalo, maestro de escena es desde luego un sentido homenaje a este actor. No es desde luego una hagiografía, pero a veces el lector piensa que también podría conocerse el lado menos amable o positivo de un personaje, y en la obra que nos ocupa sólo hallamos una leve alusión a ello. Cuando el autor recupera de las memorias de Alfredo Landa, que tanto conoció a Bódalo, el comentario de que éste sólo se entregaba en cuerpo y alma la noche del estreno.

Discreto en su vida privada

La vida particular, íntima de José Bódalono fue apenas aireada por las revistas. Primero porque cuando vino a España no existía esa prensa rosa. Pero en esta biografía se nos cuenta que tuvo amores con la primera actriz Tina Gascó, sevillana que gozó de gran prestigio en tiempos de la postguerra y siguientes, hasta los años 60. Estaba casada con Fernando Granada, galán y empresario. Pero por lo visto el matrimonio se distanció y ella, que no era por cierto muy agraciada, se convirtió en amante de nuestro personaje. Al que ya no se le conocieron públicamente otros amores, y si los tuvo los guardó para sí y nadie los contó. Sería muy feliz con Alicia Fernández, que le dio dos hijas. Procuraba, a pesar de su intenso trabajo, permanecer el mayor tiempo posible con su familia. Acerca de su madre, se nos descubre asimismo en el libro que su relación fue complicada. Ya hacía bastantes años que Eugenia Zúffoli se había separado de su marido. Pero lo que sorprendió a su hijo es que, ya establecida en Madrid, se fuera a vivir con una señora llamada Carmina, con quien compartió una dudosa relación hasta su muerte. Puede imaginarse lo que eso significó siempre para José Bódalo, sin hallar explicación a la conducta de quien lo trajo al mundo.

Carlos Arévalo ha escrito un libro interesante, ameno, sobre un inmenso actor que pertenece a la mejor historia, sobre todo del teatro español de hace medio siglo.

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