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Cinco años sin Manute Bol, el 'Corazón Gigante'

Su grandeza, 2'31 m, no sólo se medía en centímetros. Manute fue enorme también fuera de la pista. Por eso se le recuerda como 'El Corazón Gigante'

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Manute Bol | EFE

Tal día como hoy, hace justo cinco años, se marchaba Manute Bol. Uno de los jugadores de baloncesto más trascendentes de las últimas décadas. Porque él fue quien rompió la barrera del baloncesto africano en la mejor liga del mundo; porque fue de los primeros en anteponer la defensa al ataque; y sobre todo porque todo lo que le dio la NBA se lo devolvió a su pueblo, buscando su salvación.

No en vano, terminó arruinado por ayudar a Sudán a superar décadas de guerra. Fue el personaje de la independencia, pero también de la reconciliación. Su grandeza, 2'31 metros, no sólo se medía en centímetros. Por eso, se le recuerda como 'El Corazón Gigante de oro'. Manute Bol fue enorme también fuera de la pista.

Un jefe dinka

Manute Bol nacía el 16 de octubre de 1962 en Turalei, en las entrañas de Sudán, un país en permanente conflicto desde hace más de un siglo. Miembro de la tribu de los dinka, recibió el nombre de Manute que, traducido al español, significa bendición.

¿Qué es un dinka? Se trata de una tribu trashumante de Sudan del Sur, existente desde el Siglo X, que se dedica especialmente a la actividad ganadera, agrícola y pesquera. Sus miembros suelen ir desnudos, está permitida la poligamia aunque apenas se practica, y su forma de cortejar es mediante canciones dedicadas a los toros. A los 5 años te quitan cuatro dientes, con lo que dejas de ser un niño; y a los 11 te marcan la cabeza, lo cual significa que ya eres un hombre. No tienen ni agua corriente ni electricidad, y creen en un único Dios, Nhialac, a quien dedican continuos rituales y sacrificios.

Son unos tres millones, y están divididos en 21 grupos. Manute Bol debería haber sido el jefe de uno de ellos, al ser descendiente de la nobleza dinka. Pero un buen día, junto a su primo, conoció el baloncesto. Tenía 13 años. Su vida iba a cambiar para siempre.

Un atleta atípico

Su llegada a Estados Unidos también fue gracias a su primo. Éste se había marchado poco antes a estudiar, y cuando comentó que tenía un familiar que medía 2,31 y jugaba a baloncesto, rápidamente se desplazaron hasta Sudán para verle. Lo normal para un jugador tan alto es que no sea nada coordinado; pero Manute era ágil, corría, saltaba...no tardaron mucho en ofrecerle una plaza.

Precisamente su altura le jugó una mala pasada en su llegada a Norte América. Su pasaporte indicaba que medía 1,58. No querían dejarle entrar, pues aseguraban, con razones obvias, que no era él. Los oficiales sudaneses le habían medido sentado.

Intentaron enrolarlo en la Universidad de Cleveland, pero resultó imposible. Manute Bol era analfabeto. Finalmente termina en una pequeña universidad de categoría inferior, Bridgeport. Y desde el primer momento demuestra lo que será posteriormente: una máquina de taponar.

Pronto llamará la atención de todos. En su primer año promedia 22.5 puntos, 13.5 rebotes y 7.1 tapones por partido. Los aficionados acuden en masa a observar a ese gigante, casi como si de una atracción de circo se tratara. Pero Manute no se conforma. Quiere seguir creciendo. Quiere llegar a la NBA.

Era complicado. Su altura le hacía apetecible para cualquiera, pero el hecho de apenas tener nociones tácticas, y sobre todo su extrema delgadez, su fragilidad, que hacía parecer que en cualquier momento se podría romper, disuadían a la mayoría. Pero él estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta. Washington Bullets se la jugó. Y no le salió mal.

Más tapones que puntos

En uno de sus primeros partidos de la temporada, colocó nada menos que nueve tapones ante los Boston Celtics. La razón, los jugadores habían apostado a ver quién machacaba ante aquel gigante, como relata Gonzalo Vázquez en este magnífico reportaje. Ese iba a ser el distintivo durante toda su carrera: la immensa capacidad para taponar.

Era 1985, la época dorada de la NBA, y Manute estaba dispuesto a ser uno de los protagonistas. Larry Bird, Kareem Abdul-Jabar, Michael Jordan, Karl Malone, Magic Johnson... le daba igual el rival que tuviera enfrente. Le iba a colocar un tapón igual. En un partido, ante Atlanta Hawks, llegó a sumar hasta 15 tapones. Récord inalcanzable hasta la fecha para un rookie.

Aunque quizá para la posteridad quedó la jugada ante Orlando, en la que colocó cuatro tapones de manera consecutiva en diez segundos. Le resultaba tan sencillo, que incluso sus compañeros tuvieron que pedirle que no taponara tanto en los entrenamientos, pues no les dejaba jugar.

De los Bullets pasó a Golden State, donde estuvo dos temporadas, de 1988 a 1990. En los warriors siguió sorprendiendo a todos, al convertirse en un habitual en el lanzamiento de tres puntos. Posteriormente pasaría tres años en los Philadelphia 76ers. Ahí, en 1993, viviría su última gran temporada.

Dos años después, y tras un periplo que le lleva a cuatro equipos diferentes en dos temporadas, se retira, afectado por una fuerte artritis.Tenía 33 años. A sus espaldas, 1599 puntos, 2647 rebotes, y 2086 tapones. El único jugador en la historia de la NBA con más tapones que puntos. Un promedio que sube hasta los 8,6 tapones por periodo de 48 minuts, superando en 2,8 al segundo en esta clasificación, Mark Eaton, con 5,8.

Su otro sueño: Sudán del Sur

Paralelamente al crecimiento de su fama en Estados Unidos, su país, Sudán, se encontraba inmerso en una cruenta guerra. Una guerra que duraba desde 1983, y que había terminado ya con la vida de más de dos millones de personas. Una de las más mortíferas desde la Segunda Guerra Mundial.

La cifra de desplazados gira en torno a los cuatro millones. Cada uno huyó como pudo y hacia donde pudo. Y entre ellos, muchos, demasiados niños. Cerca de 30.000 consiguieron llegar a Etiopía. Cuando Manute Bol se enteró, fue a visitarles. Sólo dos días después de su visita, aparecieron de imprevisto aviones de la ONU, que entregaron alimentos a la zona. Los niños consideran a Manute su salvador.

Desde su retirada, se dedicó por completo a su país. Pero tenía un serio problema: Manute no era una persona inteligente. Él quería ayudar, pero muchos sacaron provecho de ello. Se quedó arruinado, después de entregar toda su fortuna –que no era poca habiendo jugado diez años en la NBA- para ayudar a Sudán a superar décadas de guerra.

Además, sus problemas de salud se agravaron considerablemente tras pasar tres años arrestado. Había sido invitado a unas negociaciones en Jartum, para tratar de aglutinar ambos bandos. Pero le obligaron a convertirse al islam. Al negarse, pasó a vivir bajo arresto domiciliario. A los tres años le soltaron para evitar un conflicto internacional.

Pese a ello, regresa a los focos mediáticos. Intentó diversas actividades, siempre acompañado de sus amigos y la prensa. Todo con un objetivo: seguir ingresando dinero para devolverlo a Sudán. Construir escuelas. "Quiero que todos los niños de mi país vayan a la escuela. Ya sean de Sudán del Sur, de Darfur, de Jartum... independientemente de la religión que sean".

Pero más allá de la importancia de Manute ayudando a los más desfarovecidos, resultó también clave en la reconciliación. Era consciente de que los del norte habían asesinado a muchos de sus familiares. Los del sur sólo sentían odio hacia los del norte. Eran dos mundos separados. Pero no para Manute. Él tenía las cosas claras: todos eran hermanos, y el culpable era el gobierno. Había que detenerlo, y detener la guerra. Sus palabras, sus gestos y sus actos fueron inspiración para ambos bandos, que lo idolatraban por igual.

Una muerte prematura

Pero sus problemas de salud no paraban de crecer. Tampoco ayudó el grave accidente de tráfico que sufrió en 2004, cuando el taxi que le llevaba se salió de la carretera. Le dejó varios días en cama, y diversas fracturas.

A medida que se iba recuperando, en Sudán se firmó un Acuerdo General de Paz. Poco después iba a haber elecciones por primera vez. Manute pensó que debía estar con los suyos en aquel histórico y próspero momento. Así que marchó a Nairobi a continuar con su recuperación.

Pero en casa, los medicamentos no funcionaron. Cada vez se encontraba peor. Poco a poco, se fue apagando. Regresó a Estados Unidos, en un intento desesperado por salvar su vida. Pero fue en vano. Ya era tarde. Y el 19 de junio de 2010 el mundo decía adiós al gigante más trascendental de su historia reciente. Medio año después, el 99% de la población votaba a favor de la independencia de Sudán del Sur. Hoy, es un país libre.

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