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Siete años después parece fuera de época. Lastrado por las dolencias físicas apenas se mueve por las alturas del circuito. Y las aportaciones a su historial llegan con cuentagotas. La última, en Las Vegas, el pasado año. Desde el puesto 38 contempla la estela de Nadal como un reto. Con parte del reflejo que le iluminó entonces. De la movilidad y la determinación de antaño apenas queda el talento. Si quiera el carácter. Aquél que enrabietó a más de un adversario.
Ese entusiasmo asomó en el punto de partida del segundo set. Cuando se lanzó a tumba abierta después de ser sonrojado en el primero por un rival que ambiciona alargar su estancia en la gloria. Nadal se había embolsado seis juegos consecutivos en una demostración de autoridad y de la solvencia que careció en su estreno olímpico, frente Potito Starace. El balear tiró de repertorio. Detrás de cada saque consistente ofreció una respuesta tras otra a las intenciones de Hewitt, que tiró de todos los recursos a su alcance. Aún distantes de la forma adecuada. Subió a la red sin decisión e intentó esconder su revés. En unas ocasiones la derecha y otras el servicio le dieron aire al australiano. Pero sin continuidad. Nadal lo hizo fácil.
La rotura que logró al comienzo de la segunda manga animó al oceánico. Fue una relajación del español, dio la sensación, que encauzó el partido otra vez en cuanto se puso a la altura del tono inicial que mostró. Nadal creció y Hewitt se desmoronó. Quedó a expensas de una salida digna de la pista mientras el balear contempló a su rival de la próxima ocasión.
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