FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
El chaparrón de críticas que ha cosechado el
presupuesto presentado por Obama para su aprobación en las cámaras adquiere ya tintes apocalípticos. Muchos empiezan a
bucear en la historia de los imperios para traer al presente los casos de antiguas potencias mundiales, que dejaron de serlo por culpa de la ruina a la que les condujeron sus gobernantes.
El comentarista político
Eric Margolis traía el viernes pasado en su
columna del
Toronto Sun una enseñanza de la Historia, “
más imperios han caído a causa de finanzas imprudentes que de una invasión”. Para, acto seguido, dirigirse al Gobierno y pedirle que, si quiere recuperar la economía, “debería recortar el gasto militar, acabar rápidamente con las
guerras de Irak y Afganistán y terminar con los gigantescos bancos-Frankenstein de Estados Unidos”.
Lo que Margolis recuerda a sus lectores -el
fin de la hegemonía americana por culpa del déficit estatal- empieza a ser un tema recurrente en la prensa norteamericana. El semanario
Newsweek llevaba hace dos meses
un trabajo de
Niall Ferguson en el que este historiador llamaba la atención al Gobierno estadounidense por su excesivo gasto comparándolo con los
reyes españoles de la casa de Austria, la Francia de Luis XV o el Imperio Otomano.
Es el déficit y no las invasiones
En todos los casos, tanto el
español, como el
francés y el
turco, lo que acabó con el imperio no fue una
invasión exterior. España, por ejemplo, no sería invadida hasta 1808, y porque Carlos IV dejó entrar a los invasores. Francia no fue totalmente invadida hasta la segunda guerra mundial y el solar del Imperio Otomano, la península de Anatolia,
jamás ha sido invadido desde que los turcos se la arrebataron a los bizantinos en la Edad Media.
Del
Imperio británico podría decirse algo parecido. Gran Bretaña no conoce una invasión desde la de los normandos en el
siglo XI, sin embargo su
imperio se vino abajo en apenas 30 años. La razón, según Ferguson, hay que buscarla en las
deudas que el Estado contrajo durante la primera guerra mundial, cuyos
intereses envenenaron el periodo de entreguerras e imposibilitaron que los ingleses igualasen la carrera armamentística de los nazis.
La
lección, pues, que los norteamericanos deben
extraer de pasados imperios ya periclitados es que la
decadencia no suele ser militar, tal y como suele creerse, sino económica. Los costes de mantener las posesiones y la influencia ascienden hasta un punto en que es imposible para el hegemón mantenerlos. Es entonces cuando se endeuda, y ése es el principio del fin.
Le pasó a Roma, a los Otomanos, a España, a Francia, a Inglaterra. Y hasta a la
Unión Soviética, que colapsó, entre otras razones, porque no podía
competir en gasto con su antagonista. Como la historia suele repetirse muy a menudo ahora sólo cabe preguntarse si será
Estados Unidos el próximo Imperio en caer víctima de sus imprudencias financieras, que, a estas alturas, ya son muchas.