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Al límite: Mel Gibson mata a (casi) todos

La hija del detective Thomas Craven es asesinada ante sus ojos. Éste se embarcará en una cruzada para destapar a los culpables, que parecen estar por todas partes, desde el Gobierno hasta organizaciones ecologistas. Martin Campbell dirige mientras un prodigioso Mel Gibson se apodera del film.

JUANMA GONZÁLEZ
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Al límite, póster

Déjenme comenzar el comentario de Al límite con una reflexión acerca de su director, Martin Campbell, y su protagonista, Mel Gibson. El primero, responsable del mejor film Bond de la historia, Casino Royale, siempre filma con la eficacia, seguridad y brillantez de alguien que conoce su oficio de forma absoluta, cuente o no cuente con un guión que acompañe. El neozelandés convierte en defendibles simplezas como Límite Vertical, espectáculos añejos como La máscara del Zorro o guiones tan irregulares como el de Goldeneye. Por su parte, el protagonista de Braveheart, al que no veíamos encabezando un reparto desde el 2002 con Señales, regala una interpretación de primer orden que convierte Al límite en un film íntegro, creíble e intenso; un regreso que no podía ser más bienvenido.

Porque la historia, no nos engañemos, ya la hemos visto antes. El guionista William Monahan (Infiltrados) disfraza un convencional y correcto thriller de investigación y venganza con retazos de acción  y el resultado, pese al buen gusto con los diálogos y un tono más dramático y contenido de lo habitual, tampoco echa de espaldas. Sí gusta, y mucho, el pesimismo en el dibujo de una conspiración que engloba gobiernos, corporaciones y organizaciones ecologistas, y que contribuye a que Al límite sea un film mucho más dramático y negro de lo esperado; y sobre todo la sobresaliente puesta en escena de Martin Campbell, que convierte cada tiroteo y golpe de efecto (atención a la escena del atropello) en una experiencia vibrante.

Pero no todo es oficio en Al límite, película eficaz y entretenida donde las haya, y en la que conviven la funcionalidad y eficiencia narrativa de Campbell con otros apuntes realmente asombrosos y definitivamente turbios. La interpretación de Gibson imprime una autenticidad y peso humano al film que lo distancia de otros shows de acción mucho más pirotécnicos, y destaca en numerosos momentos. Las visiones de Craven, en las que ve a su hija ya fallecida, son menos vulgares de lo que pudiera parecer, y conversaciones como la que tiene lugar tras la muerte de la joven o todas las que tiene con el personaje de Ray Winstone, delatan la fortaleza del intérprete de Arma Letal. Gibson otorga a Al límite una indiscutible intensidad dramática que impresiona (ver la temible mirada a su compañero Whitehouse tras la muerte de su hija) y enternece a partes iguales.

Atrás quedan los convencionalismos y lo inverosímil de una historia que tampoco tiene nada fuera de lo común, y que hacia su final precipita los acontecimientos. Al límite sorprende por su pesimismo y cierto sentido del drama, mucho más emocional y auténtico de lo esperado. Sin darle una vuelta de tuerca a nada, destaca por su visceralidad y su ambigüedad: el regreso de Campbell y Gibson no decepciona en absoluto.

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