
Un tipo serio no es un film menor, pero desgraciadamente no va a cosechar el aluvión de premios de anteriores muestras de los Coen. El énfasis en el ceremonial del culto judío y lo críptico de la proposición de los Coen puede dificultar el socarrón y genial desfile de bromas sobre el azar, el destino y la fatalidad que los hermanos van diseminando burlonamente a lo largo del metraje.
Larry Gopnik es un tipo serio. Marido y padre entregado, y un profesor entusiasmado por su trabajo, a pesar de las tentaciones diarias que le acechan. Pero un buen día, todo empieza a ir mal. Su mujer le deja por un vecino, y debe dejar el domicilio conyugal. La carrera de Larry se ve amenazada un alumno que le acusa de soborno y unos anónimos que hacen falsas acusaciones. Y eso es sólo el principio de las desgracias y humillaciones públicas. La mala suerte de Larry sólo acaba de comenzar...
Y los Coen se ríen entre bambalinas de ello. No suavizan ni un poco lo arriesgado de la propuesta, y además se apoyan en un reparto perfecto que, sin embargo, no tiene ni una sola cara conocida. En esta tesitura, un gran Michael Stuhlbarg, galardonado actor de Broadway, campa a sus anchas por un relato de ritmo calmado pero progresivo, constante, repleto de bromas que oscilan entre lo sutil y lo cafre, pero siempre privadas. Los autores de No es para viejos se lanzan al abismo de su memoria y rescatan recuerdos y sentimientos cotidianos vistos bajo el prisma de la religiosidad judaica, mostrada como un engorroso, burlón y estrafalario laberinto de preguntas sin respuesta.
De ese modo, los hermanos se divierten con la desgracia de Larry Gopnik, nuestro patético y entrañable tipo serio, y se toman su tiempo para aplastarle poco a poco con interrogantes y enigmas irresolubles lanzados con sutileza sádica y guasa notable. Los hermanos ponen su talento en marcha y juegan con el despiste del personal y la impotencia del protagonista, planteando un prólogo ininteligible, un final abierto y un aluvión de fórmulas matemáticas que no contestan ninguna pregunta, y que acaban subrayando el absurdo de la condición humana y su imposible encuentro con Dios.
Lo que sí está claro en el genial desvarío es el perfecto montaje –como siempre obra de ellos mismos, bajo el pseudónimo de Roderick Jaynes-, su precisa puesta en escena y la perfecta ambientación. Los Coen recurren a su equipo habitual, incluyendo el músico Carter Burwell, para materializar en celuloide una alucinación malvada hecha con mucho talento y conocimiento de sus raíces, tanto cinematográficas como religiosas.

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