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Pedro Sánchez desentierra a Blas Infante y la "nación" andaluza

El líder de los socialistas lo olvidó cuando apuntó que Cataluña, País Vasco y Galicia eran las naciones dentro de la nación española.

Pedro de Tena (Sevilla)
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Suana Díaz y Pedro Sánchez | EFE

Una de las más grandes faenas, con la mano izquierda, que el socialismo español hizo en los albores de la transición fue negarse a admitir más nacionalismos que los admitidos en la II República: catalán, vasco y, en menor medida, gallego. Por ello, cuando Alejandro Rojas Marcos y su dubitativo andalucismo inspirado en una versión de Blas Infante, considerado oficialmente padre de la 'patria' andaluza, pretendió añadir leña al fuego nacional con su Partido Andalucista, Rafael Escuredo le birló la bandera medio marroquí inventada, el himno inventado sobre un canto religioso rural, el aprecio de la familia de Infante y el discurso, debidamente expurgado.

Pero el discurso andalucista de Rojas Marcos era socialista. De hecho, su partido se llamaba Partido Socialista de Andalucía, algo que sublevaba al PSOE porque ponía en peligro su presencia política en la comunidad andaluza en la que estuvo mayormente ausente durante el franquismo. Por ello, se aprestó a la destrucción del andalucismo metamorfoseándose en su clon ideológico en una operación arriesgada que Escuredo diseñó y que finamente significó el entierro de un Blas Infante desconocido para la inmensa mayoría de los ciudadanos.

El discurso del notario andaluz Blas Infante, fusilado por el franquismo en los primeros días de la Guerra Civil, era notablemente disperso, contradictorio y quasi místico. En él, se podía hablar de nación andaluza y, al tiempo, de una Andalucía libre en la madre patria España y la Humanidad. Escuredo resumió aquel discurso demasiadas veces ininteligible por proislámico y amnésico de la Andalucía histórica real en un eslogan simplista pero efectivo: Andalucía, no más que nadie, pero no menos que nadie.

Escuredo apoyado inicialmente por Felipe González y Alfonso Guerra hasta que consideraron que se había contaminado de su propio experimento andalucista, levantó la bandera blanquiverde de una de las regiones más pobres y abandonadas de España precisamente, en parte, por los privilegios concedidos a Cataluña, País Vasco y otros territorios por los gobiernos nacionales desde Isabel II a la dictadura de Franco. No se trataba de ser nacionalistas ni desear la independencia de la nación española sino de ser ciudadanos con el mismo nivel de vida y las mismas oportunidades que los demás.

Naturalmente, ante el recurso a la libertad e igualdad reales de los andaluces en el conjunto de España, los andaluces sensibles salieron a la calle el 4 de diciembre de 1977, reclamando autonomía, democracia y desarrollo. Pero nada de nación andaluza ni de independencia, discurso incipiente presente, cómo no, en el relato andalucista clásico. Esa fue la hazaña de Rafael Escuredo: mientras se camelaba a la familia de Infante, convertido de pronto en referente nacional, se enterraba con honores al visionario Blas.

Desde entonces hasta ahora, todo ha circulado por dichos raíles. El PSOE de apoderó del andalucismo hasta el punto de que se envolvió en la bandera andaluza y en sus votos generales mientras asentía silencioso ante las políticas de Felipe González, que siempre redujo las "autonomías reales" a dos, Cataluña y el País Vasco, como la II República. Desde el affaire Banca Catalana a la reconversión industrial, desde reformas laborales que encogieron el subsidio de desempleo al tajo a las pensiones o al impago de la "deuda histórica", no hubo ni una protesta del PSOE andaluz. Ni siquiera cuando se negociaron desastrosamente las competencias autonómicas y sus recursos.

Es más, salió tan bien aquel enjuague que los comunistas, siempre hostiles a la parcelación del Estado, y los conservadores herederos de AP, asumieron el lenguaje, los símbolos e incluso la figura de Blas Infante como partes de su "realidad nacional andaluz", firmada por Manuel Chaves y Javier Arenas. Por si fuera poco, las contradicciones insuperables del andalucismo histórico le condujeron primero al desierto y luego a la nada.

Y va ahora este personaje llamado Pedro Sánchez y con una breve frase, desentierra los fantasmas, más de uno y enemigos entre sí, de Blas Infante y, cuando habla de naciones dentro de la nación española, se olvida de Andalucía, reconocida oficialmente como "nacionalidad histórica" en su primer Estatuto y "realidad nacional" en el segundo. ¿En qué España vive y en qué España piensa, si es que piensa, este señor?

Para colmo, no se digna siquiera concretar de qué naciones habla. Por ejemplo. Cuando habla de Cataluña, ¿incluye el antiguo y denso reino de Aragón del que era mero Principado? ¿Tiene en cuenta el de Valencia y las Islas Baleares como patrimonio catalán? Cuando habla del País Vasco, ¿incluye Navarra y algo más? Y lo de Galicia, ¿incluirá partes de Portugal? No, nada de detalles que es donde el diablo reside, como sabemos todos.

O sea que, en plena batalla separatista del nacionalismo catalán, con el emboscado PNV de aliado en la penumbra, va el principal responsable del socialismo español, aún primer partido de la oposición, y divide a España en naciones de manera arbitraria sin tener en cuenta la historia real y le da un tajo profundo al socialismo andaluz de Susana Díaz poniéndolo a los pies de los caballos de Podemos que no ha tardado ni un minuto en abrigarse de andalucismo nacionalista, hasta ahora, casi inexistente. Izquierda Unida aplaude porque ya está en la pendiente de la destrucción de lo que sea y PP y Ciudadanos quedan con el pie cambiado.

Resulta que tenemos a Blas Infante fuera del sepulcro y tenemos el herpes nacionalista radical recorriendo el campo abierto en Andalucía. Se dirá que es imposible que un andalucismo tan elemental, contradictorio y arbitrario como el del "padre de la patria andaluza" pueda prosperar. Nada más hay que leerlo para percatarse de sus fantasías. El problema sigue siendo que en Andalucía son muy pocos los que leen algo y que los bobos solemnes tienden a multiplicarse.

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