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Despidiendo a Carrillo: nostalgia de lo que no fue y unas gotas de rencor

Madrileños, camaradas, políticos y sindicalistas se despiden de Santiago Carrillo en una capilla ardiente que nos lleva unos años atrás en el tiempo.

La capilla ardiente de Carrillo se ha instalado en el Auditorio Marcelino Camacho de CCOO, que está en pleno centro de Madrid, en ese gran edificio que fue de los sindicatos verticales del franquismo y ahora la organización obrera comparte con el Ministerio de Salud y en el que, precisamente por los años en los que Carrillo acaparó mayor protagonismo en la vida española, estaba el diario Pueblo.

Llego al lugar poco después de las 11 de la mañana, la capilla ardiente se acaba de abrir y la cola de gente que espera ya llega a la puerta del Ministerio. Cuento a los presentes y son unas 170 personas; cuento también a los que aparentan tener menos de 30 años: apenas una docena.

Lo que sí hay son periodistas: en la puerta del auditorio veo a muchos compañeros con su bloc de notas y, un poco más arriba de la calle, cortada para la ocasión, un muro de cámaras de televisión enfoca a la entrada de la capilla ardiente. A cada cámara de TV le corresponde un compañero con micrófono y otros muchos más hacen guardia con sus cámaras fotográficas.

En el interior más cámaras de televisión, más fotógrafos y más compañeros que toman notas en sus libretas. La sensación, puede que un poco exagerada. es que hay más periodistas que asistentes.

El capitalismo y los políticos

Entro el auditorio sin que, afortunadamente, me pidan mi acreditación de periodista y me encuentro con un gran cartel de Marcelino Camacho con una de sus frases míticas: "Ni nos domaron, ni nos doblaron ni nos van a domesticar". Pegado en el cartel un pequeño folleto con la imagen del propio Santiago Carrillo y su sempiterno pitillo, y otra frase con intenciones míticas: "El capitalismo puede llegar a destruir la especie humana". ¿Se lo diría Stalin? Sea como fuere, nunca fue bueno don Santiago en sus pronósticos.

El folleto oficia de recordatorio laico de este funeral, y hay algunos amontonados para que la gente se los lleve. La gente los recoge al pasar en la fila que, ordenada y tranquila, les va llevando hasta entrar en el auditorio y, por el hueco entre la primera fila de butacas y el escenario, pasar por delante del ataúd abierto en el que sí, descansa ya cadáver del comunista que parecía que no iba a morir.

Los políticos siguen un trayecto diferente que les lleva de forma directa al propio escenario, donde saludan a los compungidos familiares. El rosario, con perdón, es también continuo y, como en el caso de los periodistas, uno diría que hay casi tantos como visitantes de a pie: en poco más de una hora hemos visto al excomunista López Garrido, al exministro Corcuera, al diputado de IU Coscubiela o a José Bono, que con su mano escayolada tiene problemas para firmar en el libro de condolencias; también pasan por allí la ministra Fátima Báñez, Llamazares, otro ex de relumbrón como Montilla, y Matilde Fernández, que todavía es diputada en la Asamblea de Madrid pero que tiene un inconfundible aroma a "ex" que comparte con un hombre que es ex incluso en el ejercicio del cargo: Jaime Lissavetzky.

Incluso llega una representación del Partido Popular con Esteban González Pons y Carlos Floriano. Un anciano a mi lado recibe a los populares con un "mira, está ahí González Pons, el tonto del haba" mientras que un poco más allá se oyen tímidos gritos de "fuera, fuera".

Hay cosas que no se perdonan

Me acerco a la zona de la que han salido los gritos, entre un grupo de personas sentadas en las butacas. Una voz se eleva un poco más que las otras para denunciar que "con la excusa de la puta crisis nos están fulminando".

Rápidamente la voz, que es la de una mujer de unos 40 años, confirma mis sospechas y presume de su acción: "Esos dos me han oído", dice satisfecha para emprenderla acto seguido con la memoria histórica y el Valle de los Caídos: "Tendríamos que haber ido una noche y haberle pegado fuego", dice con la vena del cuello hinchándose progresivamente; "habría que haberlo volado", responde un camarada quizá más consciente de que la roca viva no es que sea muy inflamable.

Los distintos corros entre las butacas del auditorio, formados por camaradas con el aspecto funcionarial-sindical que se puede ver en tantas convocatorias de CCOO, mantienen conversaciones sobre lo suyo (por ejemplo, cómo hacen o cómo van a hacer el ERE aquí o allá) o sobre la crisis y la política. Un grupo de sindicalistas se lamenta por la política económica y sentencia al ministro del ramo: "Para ser ministro de economía no hace falta estudiar –dice uno– hace falta ser un hijo de puta", remata el de al lado olvidando aquello del talante.

¿Qué hacer ante el gran hombre?

Gente de lo más variopinta desfila ante el cadáver de Carrillo, aunque en la mayoría pueden adivinarse viejos militantes del partido, comunistas clásicos que lucen incluso en su aspecto esa conciencia de clase, pero en casi el cien por cien de los casos sin lo que podríamos denominar "veleidades 15-M".

Llegados a los pies del ataúd, decorado con una foto del fallecido ante la que se van acumulando flores, hay pocos que levanten el puño, muchos menos de los que hacen fotos, y entre ellos la mayoría lo hace con esa desgana con la que el gesto se hace en el siglo XXI, que tal y como decía Umbral más que aguerridos revolucionarios parecen gente cogida a la barra del autobús.

Algunos muestran signos de confusión: en algo más de media hora cuento a tres personas que se santiguan ante el cadáver de Carrillo. Tranquilos, el finado no debe darse cuenta porque no le vemos removerse en su ataúd. En el súmmum de lo extraño un hombre que padece sufrir algún tipo de minusvalía se santigua justo después de haber alzado el puño.

Banderas republicanas

Pese a que uno de los grandes hitos de la vida política de Carrillo fue que el PCE aceptase la bandera de España rojigualda de toda la vida, no encontramos ni una en su capilla ardiente. Sí que las hay republicanas, alguna sobre un pequeño mástil que queda un tanto lacia ante la falta de viento; otras que se llevan dobladas, no sé sabe muy bien para qué; e incluso una, al menos, que atada a la cintura parece hacer las veces de falda. La lleva un personaje peculiar: un hombre ya mayor, de pelo blanco con discreta melenilla trasera y pendiente con el símbolo hippie de la paz y colgante del Che. Se diría que es un acampado del 15-M al que de repente le han caído 40 años encima.

Me acerco a él y entablo conversación. Me cuenta que se llama Peko, que era periodista y que para él Carrillo "es un referente para el mundo". Dice con orgullo que lo saludó y le dio la mano un día "allá por 2005 ó 2006" y que "le di un beso en la mano a su señora". ¿Cómo se sintió al conocer la noticia? "Pues me puse a llorar", dice si bien reconoce que es muy sentimental: "Lloro con las películas de Pinocho".

Los de arriba y los de abajo

Peko ha sido uno de los muchos que ha intentado subir al escenario para acercarse al cuerpo del finado o dar el pésame a la familia. Pero no es posible: el espacio de honor junto al cadáver está reservado para visitantes institucionales e íntimos de la familia y los propios miembros del clan Carrillo.

Los políticos y los conocidos pasan por allí arriba, el pueblo llano se queda en la parte baja en lo que podría parecer una contradicción con la vida y las ideas de Carrillo pero, bien pensado, no lo es tanto. En un momento determinado veo a una mujer elegante con un bolso que parece... sí, me acerco más y es de Louis Vuitton.

Vuelvo a salir a la calle y junto a la cola, en la que ya hay unas 250 personas, una gitana vende una rosa tras otra a dos euros la pieza. Está claro: el capitalismo ha decidido no respetar ni el funeral de Carrillo... y la especie humana sigue tan ricamente.

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