Tres preguntas y una recapitulación inconclusa
Agapito Maestre

 

Tres preguntas

 

Respondo con la mayor frialdad posible a tres preguntas que me formulan insistentemente en el 40 aniversario de lo que, en cierto sentido, ya no puede ser otra cosa que el espectro de un espectro: Mayo del 68.

 

¿Qué fue mayo del 68?

 

Una explosión de la palabra pública. Después del fracaso de la Segunda Guerra Mundial, la revuelta estudiantil se tomó en serio no sólo la crítica de las instituciones políticas existentes, sino la necesidad de crear nuevos espacios públicos capaces de tomarse en serio que el hombre es, sobre todo, palabra. En otros términos, el hombre genuinamente auténtico no sólo se desarrolla en lo público, sino que si se le

priva de comunicar sus pensamientos en público deja de pensar. La razón es pública o no es. Mayo del 68 sigue siendo, por encima de cualquier otra consideración, un nuevo reverberar de la política.  

 

¿Qué persiste de aquel acontecimiento?

 

En el ámbito universitario español, por fijarnos en la institución de la que surgió ese movimiento, apenas queda nada del espíritu público del 68. El diálogo permanente con los otros, o mejor, la búsqueda de lo común a través del ejercicio de la razón pública apenas es un eco lejano en la analfabeta y sectaria universidad pública española. Desconozco lo que sucede en las universidades privadas, pero sospecho que su defensa de la razón como razón política, o sea falible, es equiparable a la de las universidades que dependen de una hipertrofiada y falsa autonomía universitaria.

 

¿Errores y aciertos?

 

Errores. Las grandes disputas ideológicas llevaron a la esterilidad intelectual; por ejemplo, la discusión sobre democracia directa o representativa terminó en un dilema lógico, o sea irresoluble.

 

Aciertos. Mayo del 68, tomado como metáfora de todos los movimientos sociales de esa época, indica una ruptura decisiva, desde el punto de vista político, con una cultura despolitizada, que había sido creada a la sombra de la democracia elitista de postguerra y alentada por el pacto demócrata-cristiano o socialdemócrata entre gobiernos, partidos, sindicatos y patronales. Más política, o sea, más construcción de bienes en común, y menos tecnocracia estatal o mercantil, sería la gran vindicación del 68 para nuestro obsoleto presente político, dominado por un falso y arbitrario dirigente político.

 

Inconclusa recapitulación

 

Las movidas estudiantiles, las algaradas callejeras en Paris y otras ciudades del mundo, tuvieron, por un lado, una gran repercusión en las formas de vida del mundo occidental y, por otro lado, dieron cierto aliento al movimiento de los disidentes en los países del bloque comunista, que tuvo un carácter más dramático y desesperado que todos los movimientos sociales de Occidente. Mayo del 68, nos guste o nos desagrade, fue, y sobre todo es, algo más que una anécdota en la historia de la civilización. Tuvo y aún tiene su importancia. Negarlo es no haber comprendido nada de la última parte del siglo XX y de principios del XXI.

 

Es cierto que la revuelta estudiantil se agotó rápidamente, e inundó a muchos países de grupos fanáticos y terroristas; pero no es menos cierto que muchos descubrieron allí el valor de la libertad,

que más tarde fue triturada por sus sucesores. Mayo del 68, desde el punto de vista político, nos ha legado su malestar. Malestar político y moral. Malestar intelectual y antropológico. Malestar, por ejemplo, fue, y aún es, para la vieja izquierda la "novedad de la crítica" y el "estilo de la acción" de la revuelta estudiantil; ese malestar fue, sin duda alguna, el principio de su fin como primera fuerza politizadora de una sociedad despolitizada. Por no hablar del comienzo de una nueva forma de hacer política que pone en cuestión los viejos conceptos de izquierda y derecha como referentes últimos de sentido de la vida política.

 

Entre la nostalgia y el derrotismo, creo que cabe una tercera respuesta a la pregunta sobre qué podemos aprender de ese fenómeno histórico. El derrotista dirá que todo fue un delirio. Nada puede extraerse para el aquí y ahora.  Porque negar, negar y negar fue la esencia de Mayo del 68. También yo negaré ese espíritu de negación. Porque gracias a Mayo del 68, o mejor, al conflicto surgido de sus múltiples interpretaciones, surgido ya en las décadas posteriores, descubrí que el nihilismo es un acontecimiento histórico; o sea, que sólo con más nihilismo podemos superarlo.

 

Mayo del 68 fue, en efecto, algo histórico y concreto, pues que no se dio de la misma manera en Francia que en Alemana, en España que en Italia, en Inglaterra que en EEUU. Hubo conciencia histórica. Sin embargo, fue también un fenómeno universal y con denominadores comunes, que cambió la forma de hacer política a través de una búsqueda de nuevos y renovados espacios públicos, que puso en cuestión las agencias de socialización políticas clásicas y gracias al cual los partidos políticos clásicos iniciaron una transformación interna de la que aún no conocemos sus últimas consecuencias.

 

Por lo tanto, y sin ánimo de agotar las más que necesarias y diversas reconstrucciones de Mayo del 68 para una nueva cultura democrática, este movimiento planteó algunos problemas políticos que están lejos de haber sido resueltos. El primero y principal es concienciar, lo siento por no tener a mano otra palabra mejor, políticamente a los ciudadanos de que ellos siguen siendo los garantes últimos de su gobierno. No hay soluciones que no pasen por la indeterminación y la incertidumbre de las opiniones políticas. La democracia es de opiniones, jamás de certezas. En eso Mayo del 68 está más cerca del liberalismo que de cualquier otro programa político de la modernidad. 


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