A medio y largo plazo, Mayo [enterró las] dos mordazas tradicionalistas del conservadurismo de Estado francés [el Partido Comunista y el general De Gaulle], a través de un estallido estudiantil cuyas raíces eran menos parisinas que californianas, menos comunistas que anarquistas, menos subversivas que liberales, menos económicas que culturales, menos políticas que anti estatales, menos sindicales que autónomas, sencillamente hostiles al pensamiento conservador de izquierdas y derechas, en oposición al pensamiento libertario-liberal, estableciendo un paralelismo entre quienes imponen por la fuerza armada la paz y las ideas.
Cohn-Bendit, de paso, recuerda que la obsesión con la "toma del poder" para "hacer la revolución" –tan de las izquierdas de todo pelaje, desde la liebre ártica comunista hasta el visón socialdemócrata– era algo que él y sus compañeros combatieron con igual o más empeño que la pacatería sexual de la sociedad francesa de hace cuarenta años. Es fácil imaginar la sorna que a Dany el Rojo debe de inspirarle el actual Gobierno de España, con sus igualdades decretadas desde el poder, sus memorias históricas fabricadas en los pasillos de los ministerios, sus matrimonios para homosexuales homologados. Nuestro gesticulante mayo de diseño monclovita, este anacronismo que nos ha tocado padecer y que lo único que revela es que vivimos en un país empeñado en llegar tarde y mal a todo, o sea, en hacer siempre el ridículo. Por contraste, Cohn-Bendit señala, con fina ironía, que, "comparado con Nicolas Sarkozy, el auténtico conservador soy yo". Y seguro que no está pensando sólo en la revolución sexual que el presidente francés ha llevado al Elíseo de la mano de Carla Bruni, sino en las críticas de Sarko al Mayo francés, algunas de las cuales habría podido rubricar el pelirrojo portavoz de Los Verdes en el Parlamento Europeo.
No hay mucho más que decir, la verdad. Claro que siempre se puede glosar, con fingido asombro, la amnesia generalizada que acompaña este 40 aniversario. Como si la efeméride nunca antes se hubiera celebrado, o como si Francia, país sembrado de mausoleos y estatuas y momias prestigiosas, tuviera que esperar a una fecha con números redondos para dedicarse a lo que mejor sabe hacer: vender urbi et orbi como propias ideas o movimientos o tendencias fabricados por otros. De pronto recuerdo el magnífico obituario de Aimé Maeght publicado en el Herald Tribune, donde venía a decirse que el famoso marchante había de ser considerado como el creador francés más importante del siglo XX, precisamente, por su capacidad para divulgar las obras de verdaderos artistas. No otra cosa es Mayo del 68: una exitosa operación de mercadotecnia gala. Una más. El caso es que ahora se reedita la misma campaña publicitaria. Hemos olvidado que para sus veinte añitos Mayo ya produjo la primera revisión a fondo del mito: los dos tomos de la crónica novelada de Hervé Hamon y Patrick Rotman, Génération. Les années de rêve (1958-1968) y Les années de poudre (1968-1975). O que hay escritores, como Olivier Rolin, que, con exactitud de relojeros suizos, se han dedicado a desmontar pieza a pieza el artilugio, por ejemplo en Tigre de papel. O que el cine se pasó años dándonos la tabarra con cintas-panfleto, larguísimas y aburridas (como la vida misma, claro, o su absurda metáfora de "la playa bajo los adoquines"), desde la precursora La Chinoise, de Godard, hasta la infumable The Dreamers, de Bertolucci, pasando por los clásicos absolutos del tedio cinematográfico: Le fond de l'air est rouge, de Chris Marker, y La Maman et la Putain, de Jean Eustache. Y hasta Philippe Sollers, siempre dispuesto a fagocitar mitos heroicos, se muestra irreverente con los hijos del 68, que tanto hizo por (de)formar desde las páginas de Tel Quel.
De vez en cuando, eso sí, algún lorito intercala entre eslóganes nunca antes oídos ("La imaginación al poder", "Confundo mis deseos con la realidad porque creo en la realidad de mis deseos", "La sociedad es una flor carnívora") nombres alejados del patio de la Sorbona: Berlín, Berkeley, Praga, México. Dando a entender que, desde luego, también la revolución se puso en marcha en otras latitudes, en algún caso hasta un lustro antes, como en California, pero que todo eso formaba parte del espíritu de la época, de ese "fondo del aire" que era, cómo no, rojo. Hay incluso algún loro aventajado, en plan hegeliano, de esos que ven confirmado por antítesis todo aquello que no encaja en su esquema, que reduce la matanza de Tlatelolco a mera reacción al fondo de pantalla.
de los generales y el tropicalismo, que podrían aducirse para desmontar la profunda tesis de que en todas partes estaba sucediendo más o menos lo mismo. La Historia en marcha, esa droga a la que con tanta facilidad se enganchan los intelectuales, no suele reparar en la compleja realidad de la historia a secas.
Hay un caso interesante, entre otras cosas porque desmiente uno de los mayores mitos ideológicos del Mayo francés y aledaños: la idea de que aquella revolución, siempre y en todos los casos, fue propulsada por movimientos estudiantiles. Una idea que, en el caso francés, nos ha dejado el mito de los estudiantes de Nanterre encendiendo la mecha que acabó ardiendo entre los obreros de Billancourt, y en el de Estados Unidos la fábula de que las revueltas en Berkeley dieron relieve y lustre a los Black Panthers. Pero es una idea que se estrella y hace añicos en el caso de un país como Venezuela, donde el movimiento de renovación universitario (que tomó su nombre no del Mayo francés, sino del movimiento estudiantil alemán, anterior y mucho más violento) no fue el origen sino la consecuencia de un auténtico movimiento guerrillero.
O sea, nada de huelgas generales ni puños enguantados de negro simbólicamente alzados, sino la mera y purita revolución. Siguen ignorando nuestros loros patentados que la primera tentativa de exportar su revolución fuera de Cuba la llevó a cabo Fidel Castro formando en la Isla a jóvenes venezolanos y propagando en el país de Bolívar el foquismo de Guevara y su joven acólito Régis Debray (hoy dedicado, mira por dónde, a escribir libros sobre Dios y lo divino en nuestras sociedades: es que no somos nadie).
La estrategia cubana de desestabilización a través de la lucha armada del joven régimen democrático, inaugurado en 1959 tras la huida del país del dictador Marcos Pérez Jiménez, ya había fracasado cuando se inició la renovación en las universidades venezolanas. Pero en ese movimiento hallaron refugio muchos grupos que seguían apostando por la estrategia guerrillera, sobre todo en su vertiente guerrilla urbana. En 1969, pocos meses después de ser elegido presidente, Rafael Caldera ordenó la toma militar de los dos principales focos renovadores: la Universidad Central, en Caracas, y la Universidad de Los Andes, en Mérida. Allí acabó el espejismo cubano trasplantado a Venezuela. Todavía algún iluminado, como Douglas Bravo, intentó prolongar la aventura desde remotos rincones del país, pero la década de 1970, con su maná de petrodólares, acabó de disipar el fata morgana revolucionario. Hasta la aparición de Hugo Chávez. Pero eso es otra historia.
El caso es que el movimiento estudiantil venezolano de los 60 no se ajusta al guión que han redactado los admiradores del Mayo francés. Vocablos como revolución, insurrección o poder popular, en un país como Venezuela, no sabían a liberación sexual en los palcos del Teatro del Odeón o a interminables justas dialécticas en el Grand Amphi de la Sorbona, y más bien dejaron un regusto a esa sustancia amarga que es la sangre. Pero esto es lo que suele suceder cuando se deja de jugar a la revolución en el patio de la escuela y se intenta llevarla a la realidad. También por esta razón, olvidemos el 68.
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