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Cuando la izquierda empezó a ser lo que es
Horacio Vázquez-Rial
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En 1968 pasaron unas cuantas cosas. Martin Luther King y Robert Kennedy fueron asesinados. Las tropas soviéticas entraron en Praga. Durante la presidencia de Díaz Ordaz, tuvo lugar la matanza de Tlatelolco, o de la Plaza de las Tres Culturas. En enero, los vietnamitas del norte lanzaron la Ofensiva del Tet. Fue por Vietnam que se desató la rebelión en París: los ocho de Nanterre, con Daniel Cohn-Bendit a la cabeza, iniciaron una protesta por la detención de seis miembros del Comité Nacional de Vietnam, la chispa para incendiar el polvorín, algo que ellos mismos no esperaban al principio. Los estudiantes, de la izquierda extraparlamentaria, anarquistas, comunistas alejados del PC, trotskistas, ecologistas primitivos, abogados de la liberación sexual, tomaron las calles dispuestos a levantar los adoquines para demostrar que debajo estaba la playa.
Debo decir que el fenómeno nunca me conmovió especialmente. Me interesó en la medida en que los demás, los que no participaron o incluso se opusieron, se retrataron: la famosa clase obrera (ya nadie |
emplea la expresión) mostró su incapacidad liberadora, su reaccionarismo rabioso (¡no digamos en el terreno de la libertad sexual!; por algo eran proletarios, ¿no?), y sus representantes, el PC y los sindicatos en primer término, dijeron todo lo que no tenían que decir. Ahora me doy cuenta de que, en la práctica de los tres meses, de abril a junio, que duró el movimiento se realizó el entierro de esa clase social y la izquierda empezó a ser lo que es ahora: nada mucho mejor, sólo que más preocupada profesionalmente por causas como el ecologismo o la liberación gay, que le hubieran puesto los pelos de punta al pensador victoriano Karl Marx.
Yo no había llegado aún a París en ese tiempo. Lo hice dos años más tarde, en 1970, para ver al señor Sartre vendiendo por la calle ejemplares, creo que de Combat, en la entrada de los tribunales en los que se iba a juzgar a Alain Geismar, que ya dirigía la GP (Gauche Proletarienne), grupo maoísta al que el filósofo consideraba con simpatía. En el 68, el prefecto de París, cuyo nombre no recuerdo y que seguramente no merece el esfuerzo de entrar en Google para buscarlo, encargado de la represión de los estudiantes, dijo una frase memorable, hija de la impaciencia y no de la inteligencia: "¡Idiotas, si mañana todos seréis notarios!". Sin saberlo, el hombre era un marxista de los pies a la cabeza y sabía que los sublevados no pertenecían a la clase llamada a hacer la historia. Eran hijos de burgueses, y serían pronto ellos mismos quienes ocuparan el lugar de sus padres. Geismar hizo una carrera a partir de su rebelión y terminó en el Ministerio de Educación con Edith Cresson. No tenía una notaría que heredar.
En 1970, en mi primera estancia en París, no fue únicamente a Sartre a quien tuve ocasión de ver de cerca: también me llevó un amigo, miembro del Partido Socialista y periodista de lo que hoy llamamos prensa rosa, a un mitin en la Mutualité en el que hablaba François Mitterrand, en pleno proceso de refundación de la izquierda pero aún no llegado a la etapa de los asesores de imagen: era un tipo ostensiblemente descuidado, con largos pelos que le salían de las orejas y una dentadura despareja, cuya higiene, seguramente, dejaba mucho que desear: nada que ver con el personaje de la candidatura presidencial y de la ocupación vitalicia del Elíseo, impecable, con una sonrisa ordenada, unas camisas siempre recién planchadas y todo eso. Ignoro si él lo sabía ya en aquel año, en aquel mes, que recuerdo que era octubre y no tenía Centro Pompidou, sino Mercado de Les Halles, el vientre de París zoliano, pero iba a ser el gran beneficiario del 68, el hombre justo para construir la izquierda renovada, capaz de tomar el poder sin asustar a nadie, como Felipe González por estos pagos.
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Todo aquel grupo de Alain Geismar, Alain Krivine, Daniel Cohn Bendit, Rudi Dutschke (que había sido el primero en levantar el avispero desde Alemania, desde la Juventud Evangélica Alemana, y que murió asesinado en plena juventud), Jacques Sauvageot y un importante etcétera que seguramente me dejo en el tintero habían tenido la virtud de relevar a socialistas y comunistas de los deberes de clase que les habían sido impuestos por las sucesivas Internacionales, de modo que se podía dejar de hablar de la burguesía y se podía iniciar la autoacusación por el colonialismo, por la persecución de las minorías étnicas o sexuales o por la discriminación de la mujer. Los comunistas no pudieron con todo eso y acabaron por morir lentamente, tras un largo coma iniciado en 1989, pero los socialistas vieron por primera vez la posibilidad real de ser régimen.
De modo que, como ven mis lectores, Mayo del 68 no es para mí un acontecimiento que celebrar, sino |
únicamente otro meandro en el río que lleva a las izquierdas al poder o a la extinción. Y no el recodo más importante de la corriente que, con las sinuosidades de la filosofía alemana pasada por las universidades americanas y devuelta en forma de corrección política, nos ha traído hasta donde estamos. La playa, por supuesto, no estaba bajo los adoquines ni está bajo el asfalto de París, y muchas más cosas prohibidas ahora que entonces, cuando vi en un cine de barrio de la capital francesa una reposición de Un condenado a muerte se escapa, de Robert Bresson, fumando tranquilamente.
No me resisto a reproducir aquí lo que escribí en mi novela Revolución:
No estuve ahí. Y no conozco mucha gente que no haya estado. Todo el mundo estuvo. Todo aquel que tiene los años imprescindibles para ser admitido, dice que estuvo. Yo no. Eso sí: estuvieron todos aquellos en cuya biografía, en cuyo curriculum, en cuyo periplo hacia alguna forma de poder, resultaba beneficioso haber estado. Yo me fui enterando por la prensa italiana de lo que pasaba. Y me pareció entonces lo que me parece ahora: una estupenda parodia de revolución, tan bien montada que hasta De Gaulle la creyó auténtica, interrumpió un viaje por algún país de lo que en la época se llamaba el Este, Rumania o Bulgaria, me parece, volvió a París a toda prisa y decretó el estado de sitio, armándose un lío tal que no le quedó otra salida que cambiarlo todo, gobierno y asamblea, con elecciones generales incluidas, para regresar al punto de partida. Tan bien montada, que hasta el prefecto de París la creyó auténtica, y por creerla auténtica, él, que era un hombre inteligente aunque entendiera poco de teatro, se indignó al reconocer los rostros de los actores y los increpó con aquella frase sublime a la que, en parte, le debo la vida: "¡Idiotas! ¡Si dentro de diez años, todos seréis notarios!". La recogí entonces y me sirvió después, pero tardé en concluir que se trataba del enunciado iracundo de una ley de hierro de la historia y de las historias, es decir, de la historia como suma de las oscuras historias de cada uno: a los diez años de cualquier revolución que no implique la ocupación del Estado, todos los que participan en ella son notarios, término sinónimo de alto cargo, ministro, asesor, consejero, presidente de gobierno, líder de opinión, diputado, intelectual con estatuto de influencia política o cualquiera de esas cosas que reclaman, ante todo, lealtad al poder. ¿Y si la susodicha revolución implica la ocupación del Estado? Corolario de la ley: al cabo de diez años, la mitad de los que participan en ella son notarios o sinónimos, y la otra mitad ha desaparecido: por muerte violenta, prisión, desplazamiento forzoso, exilio, buscado olvido o simple ninguneo por parte de los que se quedan con el mango de la sartén. Haga listas, amigo mío. Haga listas de notarios o sinónimos en todos los espacios del poder, desde los gobiernos hasta las oposiciones, desde la política hasta la prensa, y se asombrará al ver cuánta gente estuvo en París exactamente en mayo del sesenta y ocho. Y no sólo franceses. Y no sólo alemanes.
A mi edad, cuando uno ha leído un poco, sabe que ni la Revolución Francesa ni la Revolución Rusa ni ninguna otra han sido revoluciones en el sentido de el-pueblo-en armas-por-las-calles. La toma de la Bastilla es un acontecimiento dignificado por la propaganda, y, desde luego, lo que hubo en Rusia en 1917 fue un golpe de estado apoyado por Alemania para escapar por la tangente de una guerra que había iniciado y que estaba a punto de perder. Cuando la gente se lanza a la calle de verdad, con armas, lo que sale no es una revolución, sino una guerra civil, y esto debiéramos saberlo los españoles mejor que nadie.
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