embargo una impresión indeleble: fueron aquéllos unos años marcados por un cambio rápido, brusco, de dimensiones gigantescas. El arranque lo encontramos en el asesinato del presidente Kennedy en Dallas (1962): entonces tocó a su fin una cierta inocencia; el punto final fue otro golpe, el estallido del escándalo Watergate, que alcanzaría su momento cumbre en 1973 y provocaría, en agosto del 74, la dimisión de Nixon.
Entre 1962 y 1973, la sociedad norteamericana asiste al aparente derrumbe de todos los consensos sobre los que se había fundado la vida pública de la nación. Por primera vez, la mayoría de la opinión pública deja de respaldar una intervención bélica en el exterior. La derrota en Vietnam, además de una tragedia para los habitantes del sureste asiático, fue acompañada en EEUU de un creciente radicalismo antinorteamericano, presente por vez primera en las filas de la izquierda.
Por primera vez también –al menos, podemos hablar de algo con escasos y distantes precedentes–, la Administración norteamericana lanza un programa que, pese a las apariencias, no contará con el consenso mínimo necesario y suscitará pronto una profunda desconfianza. Hablamos de la Gran Sociedad de Johnson, que anunció éste en 1964. Había áreas en las que la intervención del Estado parecía necesaria, y los planes relacionados con ellas (cuidados médicos, medicamentos, educación) han sobrevivido hasta hoy. Pero otros elementos, en particular el objetivo de acabar con la pobreza, parecían reflejar una voluntad de implantar una socialdemocracia a la europea, algo hasta ahí incompatible con la naturaleza misma de la sociedad norteamericana. Además, el programa quebraba en la práctica algunos principios morales sobre los que se fundaba no sólo la sociedad, sino el núcleo mismo del Estado de Bienestar a la norteamericana, o sea, el New Deal del presidente Roosevelt.
Ese proyecto de erigir un Estado de Bienestar de corte casi europeo que además no contaba con el fundamento y respaldo de un consenso moral se convirtió enseguida en un instrumento de división. Por una parte, tuvo consecuencias no deseadas, como la consolidación de una subclase instalada en la pobreza por su dependencia del Estado y la disolución de los valores morales, en particular los relacionados con la institución familiar. Por otra, hizo perder ciertos apoyos al Partido Demócrata, parte del cual –en un primer momento, los intelectuales que acabarían siendo denominados neoconservadores– cuestionará críticamente, ya a finales de los 60 y desde bases empíricas, no ideológicas, ese nuevo y extenso intervencionismo.
Por otro lado, la cuestión racial tomó un nuevo rumbo, debido en parte a los presupuestos políticos de la Gran Sociedad. El Acta sobre los Derechos Civiles de 1963 fue el punto culminante del movimiento contra la segregación y en favor de la igualdad de derechos que se había ido desarrollando a lo largo de los años 50. Se trató más de una consecuencia del consenso previo que del inicio de una ruptura; pero enseguida también hubo ruptura, como dejaron de manifiesto las oleadas de disturbios que sacudieron el país y la extensión del movimiento al norte, donde no había segregación pero sí actitudes racistas. El movimiento a favor de la igualdad ante la ley empezó a preconizar la igualdad pura y simple, con extensión de derechos y programas gubernamentales tan intervencionistas, y a la larga tan polémicos, como los relacionados con la denominada discriminación positiva.
Evolucionaron hacia la violencia grupos negros como el Black Panther Party y movimientos como los Weathermen, una escisión del SDS (Students for a Democratic Society), un grupo estudiantil de extrema izquierda fundado en 1962. La explosión de violencia, aunque sin apoyos sociales relevantes y relativamente breve, fue intensa y con efectos de largo alcance. Los disturbios de la Convención de Chicago (agosto de 1968) empañaron la imagen del Partido Demócrata, al tiempo que la elección de un candidato relativamente moderado como Hubert Humphrey llevó a dicha formación hacia el sistema de elecciones primarias, ya practicado en el Partido Republicano.
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La elección de Nixon marcó, como ocurrió con el apoyo de la derecha francesa a De Gaulle tras Mayo del 68, la respuesta social a estos años de disturbios. Pero el legado de aquel terremoto iba a ser mucho más duradero, por no hablar del hecho, algo más que anecdótico, de la vendetta progresista en que se convirtió el escándalo Watergate.
Como en Europa y en general en todo Occidente, los años 60, simbolizados en la primavera parisina del 68, fueron vividos y son recordados como la explosión de una vitalidad largamente reprimida. Significaron, sin duda, una emancipación en todos los órdenes y el surgimiento de una actitud más auténtica y sincera ante la vida, ante la realidad, incluso ante el hecho religioso; así como, de forma a veces difícil de distinguir de lo anterior, la aparición de una nueva utopía: parecía florecer de nuevo la posibilidad de instaurar el Paraíso en la Tierra.
El año 68 asiste al aplastamiento por las tropas soviéticas de la llamada Primavera de Praga. Es el fin de la utopía socialista. El comunismo soviético deja de tener cualquier atractivo en Occidente. En Estados Unidos como en Europa, surge una miríada de grupúsculos de extrema izquierda, algunos de inspiración maoísta. Al albur del movimiento emancipatorio que se apodera de buena parte de la sociedad occidental, aparece una Nueva Izquierda que deja atrás los postulados marxistas –o los integra en un discurso nuevo– y hace del terreno cultural su principal campo de batalla. A semejanza de lo que se estilaba en el movimiento radical negro, se crearán nuevos frentes de lucha en cuanto a políticas de identidad o de género (con el feminismo radical). También se desplegará y profundizará una línea antinorteamericana, antipatriota. Y se lanzarán intentos de secularización de la sociedad norteamericana que llevarán a la prohibición del tradicional rezo en las escuelas, concebido hasta ahí, con independencia de las creencias religiosas de los padres, como uno de los ritos de americanización de los niños.
había hecho suyas algunas de las propuestas intervencionistas propias de los demócratas en los años 60, así como algunas de sus nuevas posiciones, de orden realista, en política exterior.
La respuesta más contundente vendrá, sin embargo, de otros sitios. En primer lugar, y como reacción ante lo que consideran un ataque a sus principios y formas de vida –desde la prohibición del rezo hasta la legalización del aborto–, se iniciará la movilización de los creyentes, en particular de los evangélicos, hasta ahí neutrales en política. Otro frente será la revuelta de las clases medias blancas ante las subidas de impuestos o las políticas de identidad, como las medidas de discriminación positiva, decisiones derivadas de un Estado de Bienestar que carecía de consenso moral y, por tanto, considerado por muchos una pura maquinaria de manipulación ideológico-política. Así se explica, en parte, la famosa Estrategia Sureña, que conquistará para el republicanismo el sur del país, hasta entonces bastión demócrata, y el trasvase del electorado negro al Partido Demócrata, con el que sigue todavía.
También se renueva el pensamiento conservador. Lo hace en la línea tradicional, a partir de la larga y nada desdeñable veta conservadora del pensamiento norteamericano, en una puesta al día liderada en buena medida por el católico William F. Buckley. Otra línea de renovación la forman los neoconservadores, un grupo de intelectuales de la izquierda demócrata, algunos de ellos participantes –como Norman Podhoretz– en el radicalismo sesentayochista y todos desencantados con los resultados de las políticas de esos años, así como con la deriva derrotista y pactista –realista– de los demócratas ante el comunismo, consecuencia de la Guerra de Vietnam.
Todos estos grandes movimientos, origen de las célebres guerras culturales, en conjunción con la catarsis producida por el Watergate, darán lugar a una profunda renovación del Partido Republicano. Ahí está el origen de la gran coalición social que llevará a Reagan al poder en 1980... y a la larga hegemonía política del republicanismo, no desmentida por los ocho años de Clinton en la Casa Blanca.
Los efectos culturales y sociales también han sido duraderos. Se prestan a muy diversas interpretaciones. Una de ellas dice que los 60 marcan la quiebra definitiva de los consensos morales que sostenían la nación norteamericana, con dos bandos –o dos Américas– atrincherados desde entonces en sus respectivas posiciones. Otra, sostenida por ejemplo por la historiadora Gertrude Himmelfarb, afirma que esas dos culturas no han conseguido romper un consenso mucho más profundo que lo que pareció en los 60 y que sigue manteniendo cohesionado como pocos países a los Estados Unidos de América. Diseñado por: Christian Camacho |
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