Seamos realistas
Marcelo Birmajer

 

En un reciente artículo en el diario El País, Tzvetan Todorov, respondiendo a la propuesta del presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, de "liquidar de una vez por todas la herencia del 68", sugiere que de aquella experiencia parisina quedan, entre otras, dos herencias contrapuestas: el dogmatismo político, encarnado por maoístas, castristas y demás variantes comunistas, y, en contraste, una positiva relajación de las costumbres.
           
"También se desmoronaron tabúes, en particular aquellos referentes a las relaciones sexuales –escribe Todorov–. Que una pareja conviviera sin la intención de casarse dejó de suscitar el oprobio. A la vez, aunque algunos años más tarde, la ruptura del matrimonio dejó de verse forzosamente como un pecado: se permitió el divorcio por mutuo consentimiento (…) La transformación de las relaciones sociales fue espectacular. Se derrumbaron jerarquías rígidas, heredadas del pasado, entre hombres y mujeres, viejos y jóvenes, notables y plebeyos; jerarquías que ya eran injustificables

en aquel momento. Fue posible utilizar un lenguaje más directo, menos formal, y comportarse en público de forma menos convencional". Y remata con un "¿Quién querría hoy liquidar esta herencia?".

 

"En el plano de los discursos políticos –continúa Todorov– todo discurría, sin embargo, de modo muy distinto. Las ideas que se expresaban en las innumerables asambleas generales y comités de acción debían enmarcarse todas ellas dentro de los límites de la ideología comunista. Es cierto que la diversidad recuperaba inmediatamente sus derechos: el polo conservador lo ocupaban los miembros ortodoxos del fosilizado PC francés; la extrema izquierda estaba encarnada por los maoístas, y en medio estaban los trotskistas, los seguidores de Althusser, los anarquistas, los situacionistas, el Movimiento del 22 de Marzo, los fieles a Fidel y unos cuantos más". 

 

Yo no estoy tan seguro de que el Mayo francés haya tenido semejante influencia en la ruptura de esos tabúes y jerarquías en el Occidente democrático. Hay que tener en cuenta de que varios años antes habían surgido, y se habían expandido con un entusiasmo inusitado por todo el mundo occidental, fenómenos como el de los Beatles, que impulsaron, junto con escritores, artistas y pensadores de países donde regían las democracias liberales, ideas de libertad, informalidad y espontaneidad, sin suscribir necesariamente políticas represivas como las que instauraban, en todos los órdenes, líderes como Mao, Castro o los dictadores de la Unión Soviética.

 

Habría que aclarar, también, que dentro de las organizaciones comunistas del mundo occidental y de las organizaciones armadas de la izquierda latinoamericana que por entonces comenzaban a funcionar, los criterios morales respecto a las relaciones sentimentales eran mucho más restrictivos que en la cotidianeidad de lo que se denominaban "democracias burguesas". Juicios internos, la expulsión o la degradación era lo que sufrían los militantes que participaran de relaciones sentimentales libremente elegidas entre adultos que no correspondieran a los mandatos de la organización.

 

No entiendo cuál es la relación lógica por la que el Mayo francés hizo que la ruptura de un matrimonio dejara de verse como un pecado, y mucho me temo que, de haber tomado el poder alguna de las agrupaciones maoístas de aquel entonces, este desenlace hubiera tardado mucho más en producirse de un modo sensato. Tampoco de haber triunfado algún grupo castrista o prosoviético habría sido la informalidad o la ruptura de jerarquías entre viejos y jóvenes la conclusión, ni en aquella Francia ni en el resto de Occidente. El reciente cambio de mando en Cuba, por enfermedad y vejez, por ejemplo, no parece haber quedado en manos de una joven guardia informal.

 

No creo que se pueda diferenciar de modo tajante, y mucho menos con el concepto de herencias contrapuestas, el desprecio por la libertad política y la libertad de expresión del supuesto aprecio que encuentra Todorov en aquellos mismos manifestantes por la libertad sentimental y la informalidad.

 

¿Cómo se puede conciliar la consigna "La imaginación al poder" con la Revolución Cultural china, en vigencia por aquellos años, que perseguía descaradamente el menor atisbo de imaginación y propiciaba medidas inverosímiles, tales como la prohibición de obras teatrales de cualquier autor occidental que hubiera fallecido siglos atrás, con el argumento de que eran incapaces de acompañar el esfuerzo socialista contemporáneo del pueblo chino? ¿Cómo se podía conciliar la devoción por el castrismo, que por entonces perseguía denodadamente a los homosexuales, con la libertad sexual? Los intríngulis respecto a las relaciones sentimentales que habrían podido instaurar aquellos a quienes Todorov define como "seguidores de Althuser", pensador que denunció a su esposa como reaccionaria en una reunión

de su partido y, más tarde, en un rapto de locura, la ahorcó con sus propias manos, escapan, por usar una frase de la época, al poder de mi imaginación. 

 

Para encontrar alguna prueba empírica en la tesis de Todorov respecto, por ejemplo, a la informalidad y a la ruptura de jerarquías, puedo reconocer que los manifestantes del Mayo francés concurrían a las marchas con vestimenta informal y que protestaban contra líderes que los doblaban en edad. Pero la ruptura generacional en el Occidente democrático venía desde mucho antes, graficada, por dar un caso nimio, en íconos como James Dean; y los cambios de moda, de modismos idiomáticos, y la movilidad de las jerarquías y relaciones sentimentales fueron una constante en las democracias occidentales desde el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial.

 

Reitero que me cuesta comprender la idea de que el Mayo francés haya motorizado, y ni siquiera intensificado, este proceso preexistente. Por otra parte, si bien la protesta tenía algo de infantil contra el "mundo adulto", no es menos cierto que uno de los líderes más agitados como bandera, Mao, era ya persona en la edad provecta.

 

Tal vez más adecuada que la inconsistente frase "La imaginación al poder" fuera el otro gran sinsentido que prendió como un buen eslogan publicitario: "Seamos realistas, pidamos lo imposible". Efectivamente, había algo de imposible en pedir para la clase obrera francesa la desgracia que significaba para los trabajadores chinos el castigo de la Revolución Cultural, o en imponer al pueblo francés un sistema de opresión como el que padecían los habitantes de la Unión Soviética. O en recortar la libertad de expresión del modo terminante que se estilaba en la Cuba de Castro y Guevara, anulando la diversidad preexistente y existente, en aquel mismo 68, en la propia Francia. 

 

Remitiéndonos estrictamente a la esfera política, debemos comenzar por señalar que ninguno de los manifestantes podría haberse manifestado por causa alguna en ninguno de los países liderados por los ídolos del grupo vecino. Ni los anarquistas podrían haberse manifestado en la China de Mao, ni los trotskistas en la Cuba de Castro, ni todos ellos juntos en la Unión Soviética. Lo más probable es que cada uno de los grupos estuviera luchando por un poder que, en caso de hacerse efectivo, excluyera al resto. Y más aún: a los propios miembros del grupo que, siempre en una hipótesis-ficción, lograra el triunfo. Paradójicamente, el único régimen del mundo que les permitía aquella divertida revuelta, sin que nadie saliera muerto, ni preso por el resto de su vida, ni severamente lastimado, era precisamente el que deseaban derribar.

 

Todorov llegó como un joven estudiante a Francia procedente Bulgaria. "Lo que para mí fue entonces un misterio era que gente que consideraba libre e inteligente simpatizara con un régimen del que yo había huido", declaró en una entrevista para el mismo diario el pasado 15 de marzo. "En París no había hambre sino abundancia; no existía un Estado represivo, había libertad. Así que me producía la mayor de las perplejidades que algunos defendieran un sistema totalitario". Por supuesto, se quedó a vivir para siempre en esa Francia que aparentemente sus congéneres franceses tanto detestaban.

 

Hay que decir, en beneficio de los franceses del 68, tanto de los manifestantes como del Gobierno, que no mataron a nadie. Tal vez ésa sea la mejor herencia que nos hayan dejado.

 


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