Con estas breves y precisas palabras se presentaba Nicomedes Pastor Díaz al director de laRevue des Deux Mondes en 1850. Su autor fue, efectivamente, una de las personalidades intelectuales más apreciadas de su época, considerado por Antonio Cánovas del Castillo uno de los analistas políticos más relevantes del siglo xix español.
La España en que nació Pastor Díaz (Vivero, Lugo, 1811 - Madrid, 1863) era un país invadido y derrotado, sin Estado alguno, con una Monarquía prisionera y una Administración civil inexistente. Sin duda aquel fue uno de los períodos más caóticos y anárquicos de nuestra historia. Sin legalidad ni legitimidad alguna, España afrontaba la ruina material y moral de la guerra de la Independencia, la posterior reacción absolutista y finalmente la pérdida definitiva del imperio americano. La política era pura cuestión de fuerza y la división exclusivista entre partidos blancos y negros mantenía al país en una permanente guerra civil.
Estudiante en el Seminario de Mondoñedo y posteriormente en las Universidades de Santiago y Alcalá, Pastor Díaz recibió una formación escolástica que Menéndez y Pelayo, al referirse a este período, no duda en calificar de decadente. Con todo, la Universidad fue el semillero del liberalismo, y como tal sufrió la represión del ministro absolutista por excelencia: Calomarde.
El joven Pastor Díaz llegó a Madrid como flamante abogado en 1833, el mismo año en que moría Fernando VII y la Reina Gobernadora Dª. María Cristina proclamaba la amnistía para el largo y extenso exilio liberal. El entusiasmo de los liberales de aquellas horas alrededor de la reina niña Isabel II marcó también la llegada de un nuevo estilo moderado de afrontar la creación del Estado liberal español. Pastor Díaz entró en la órbita del gran arquitecto de aquel proyecto: Javier de Burgos. Con apenas 23 años Pastor Díaz fue uno de aquellos primeros jefes políticos que la célebre Instrucción de Subdelegados de Fomento de 1833 creaba en las provincias. Era el primer cimiento de la Administración civil española contemporánea, un legado que ha durado históricamente mucho más que el régimen político que lo creó (el Estatuto Real de 1834).
Una nueva generación estaba entrando en la vida política española, una generación de liberales que no querían repetir los errores del Trienio y que huían del radicalismo revolucionario "comecuras" de la tradición liberal doceañista.
Poeta y literato famoso en la década de los 40, Pastor Díaz adquirió su reputación de publicista político durante la dictadura de Espartero. Junto con Joaquín Pacheco, Antonio Ríos Rosas y Francisco de Cárdenas fundó un semanario, El Conservador, que se enfrentaba abiertamente con la dictadura ayacucha al mismo tiempo que se desmarcaba de los intentos conspirativos de los propios moderados. El respeto a las leyes era ya entonces su máxima.
Cuando en 1843 Espartero fue derribado por uno de los movimientos populares más unánimes del siglo xix, los moderados capitaneados por Narváez plantearon como primera necesidad cambiar la Constitución para poder gobernar cómodamente. En menos de once años y en un clima de guerra civil con los carlistas, España había cambiado cuatro veces de Constitución. Era claro que para la cultura política de aquel tiempo la Constitución era un instrumento coyuntural para uso del partido en el poder. Pastor Díaz, que había ganado su fama como publicista frente a los desmanes militaristas de Espartero y los militares "ayacuchos", fue uno de los pocos moderados que, con más previsión que su partido, comprendió que las reformas políticas practicadas por los vencedores como un alarde de orgullo y poderío, no eran más que pretextos para que los derrotados clamaran venganza. Firmemente se opuso en el Parlamento al intento reformista de Narváez. Su argumento era que la Constitución debía ser el marco de convivencia entre los partidos moderado y progresista, en vez de volver a la desastrosa costumbre de hacer depender la legalidad común del partido dominante en cada momento.
Pero la cultura política de la España liberal de mediados del siglo xix distaba mucho de poder entender estos argumentos. La estrategia exclusivista y la toma al asalto de la Administración (el pesebre) era el único patrimonio de aquellos partidos. El grupo de Pastor Díaz y de su amigo Joaquín Francisco Pacheco pasó a ser conocido como el de los "puritanos", en referencia a una ópera romántica, por su afirmación de que las leyes eran o debían ser "santas".
Políticamente fracasaron, pero dejaron uno de los legados más importantes del liberalismo: la estrategia de Unión Liberal, una estrategia que logró concretarse una década después, alrededor del general O'Donnell. La Unión Liberal fue el primer partido centrista de la historia contemporánea de España. Un partido que proporcionó un lustro de estabilidad y de desarrollo económico al régimen isabelino.
Recordemos finalmente que con los puritanos se formó el joven Cánovas del Castillo. Buena parte de los ideales de la Restauración están explícitos en las Obras políticas de Nicomedes Pastor Díaz, que la Academia de la Historia publicó en 1868 y que recientemente ha reeditado la Fundación Caja Madrid (1996). Su pensamiento y sus ideales se mantuvieron vivos, están aún vivos para quien quiera conocer un liberalismo de interés, en el que la ideología se reduce al mínimo, que no tiende a alejarse de los hechos y carece de la obsesión partidista. Un pensamiento liberal conservador seguro de sí mismo, firme defensor del sistema parlamentario y del imperio de la ley, que no teme al pasado y confía en el futuro.
La habilidad del genio es la lisura, la evidencia. La razón de Estado de los pueblos modernos no es el secreto de los misterios de Eleusis. La política, como la ciencia, es la búsqueda de la verdad.