Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística.
Jorge Luis Borges, “La moneda de hierro: Obras Completas III (Barcelona, Emecé Editores, 1996), p.121
Existe toda una escuela en la ciencia económica que se ha dedicado al análisis de los procesos políticos utilizando el herramental conceptual de la economía; se la llama “teoría de la elección pública” o también “análisis económico de la política. Uno de sus representantes más destacados es el premio Nobel en economía, James M. Buchanan.
Entre otras muchas interesantes enseñanzas de este análisis hay una de particular interés. Se trata de comprender porqué los gobiernos tienen una tendencia permanente al endeudamiento hasta que en algunos casos, como el argentino, se acercan a su límite, y caen al precipicio.
La respuesta es relativamente sencilla, o intentaremos mostrarla así: es un problema de incentivos. La renovación de los mandatos políticos es un elemento esencial de las democracias para controlar los posibles abusos de poder que se originarían con gobernantes en sus cargos por largos períodos de tiempo. Pero este ingrediente fundamental de las democracias origina un problema serio: la visión de corto plazo del político electo. Su preocupación se extiende hasta la finalización de su mandato y no mucho más allá, a menos que tenga oportunidades de ser reelecto. Claro que si lo es indefinidamente su horizonte temporal se extiende pero se debilita el control de la renovación de mandatos.
Este cortoplacismo lleva a que el funcionario político prefiera financiar el gasto público con endeudamiento antes que con impuestos. La razón de esto es que en tal caso los beneficios del gasto (subsidios, empleos públicos, etc.) se sienten en forma inmediata mientras que la deuda la pagarán otros que llegarán luego. Si se financiara ese gasto con impuestos no se podría evitar la desagradable tarea de cobrarlos a votantes que pueden luego convertirse en opositores, de esta forma ese peso se traslada hacia delante y caerá vaya a saber en quién.
Claro que, lamentablemente, muchos suelen encontrarse con la deuda asumida previamente y con la necesidad de pagarla, les toca la parte fea de una fiesta que otros disfrutaron antes.
Gobierno de transición
Algo similar parece suceder en la Argentina con relación al concepto de “gobierno de transición” que el mismo Eduardo Duhalde asignara a su gestión. Todos los políticos miraron al presidente en transición como el que debe asumir los costos de los platos rotos para luego comenzar un nuevo período con tales problemas resueltos. En particular se piensa en resolver el problema de las restricciones bancarias (“corralito”), llegar a un acuerdo con el FMI y comenzar las conversaciones con los acreedores e incluso llegar a algún acuerdo con ellos.
Si esto lo realizara el gobierno de transición, “limpiaría” la cancha para los que vengan después. Pues “solucionar” el corralito implica inevitablemente pérdidas para muchos, lo que puede traer nuevamente a las cacerolas en la plaza, insultos y otras yerbas. El acuerdo con el Fondo requiere tomar ciertas medidas duras que pueden doler en particular a la misma clase política, la que preferiría luego atribuir los problemas que surjan al acuerdo firmado por un gobierno anterior.
Si han de caer bancos que caigan ahora es también la preferencia de quienes se sienten en carrera hacia las elecciones del 2003.
El problema de todo esto es que Duhalde se resiste a asumir ese papel. Por alguna razón, piensa que tiene algún futuro en la política argentina y no quiere “jugarlo” en realizar el trabajo sucio.
Como resultado de lo cual, su gobierno no resulta ser uno de “transición” hacia la normalidad, sino que termina siendo uno de transición hacia otro de transición. Porque en la medida que siga sin definir los temas centrales que afectan a la economía argentina, muchos de ellos creados por este mismo gobierno que quiso cambiar el “modelo” y terminó en un gran descalabro, esa tarea ingrata es heredada por quien quiera que sea el sucesor. Con lo cual, entonces, ése se convierte en el verdadero gobierno de transición.
Quiere decir que los argentinos estaríamos eligiendo en Abril del 2003 a quien sería el verdadero presidente de transición. ¿O no? Pues el problema es que corremos el riesgo que quien resulte electo tenga las mismas expectativas que ahora tiene Duhalde, y se resista a asumir costos en virtud de proyectar sus ambiciones políticas más allá del mandato que obtenga. Es lo que han venido haciendo sucesivos gobiernos con los serios problemas fiscales de la Argentina, agregando más de ellos en cada patada adicional.
La figura del bonzo y el ejemplo de Churchill
Pareciera ser que se necesita, en algún momento, algún dirigente que tuviera inclinaciones de bonzo, dispuesto a incinerarse en virtud de una causa, que sería la de sacar a la Argentina de este terrible pozo. No parece haber muchos candidatos para esta ingrata tarea.
A menos, claro, que no lo sea tanto. Este aparente irresoluble dilema se corta si se comprende que solucionar los problemas de fondo de este país no necesariamente serían un “costo” sino que terminarían siendo un “premio” para quien se decida a encarar tan pesada tarea.
Por cierto que se pisarían callos y esto dolería, por cierto que habría protestas y piquetes, pero si se presentaran como parte de una estrategia clara que muestre una salida, la gente lo apoyaría, y los inevitables costos de corto plazo serían digeribles sacrificios en aras de un futuro mejor. Algo así como el lema de Churchill, “sangre, sudor y lágrimas”
El dirigente que encarara esa tarea se convertiría en estadista y, como tal, en una reserva de liderazgo a la que una población agradecida podría querer volver en cualquier momento. Tal vez sea conveniente, entonces, recordar la experiencia de Churchill. Aquél que llamara a la población británica al sacrificio para vencer en la guerra, ¡pierde las elecciones sorpresivamente en 1945!
Este es el temor de los actuales y futuros gobiernos de transición. Pero no recuerdan que Churchill vuelve a ser Primer Ministro en 1951, continuando hasta 1955 cuando renuncia por su debilitada salud, lo cual no le impidiera conservar su lugar en el Parlamento hasta 1964, un año antes de su muerte.
El sacrificio de hoy puede ser una recompensa para el mañana.
Los límites al poder
Mientras tanto, la consigna “que se vayan todos” parece reflejar un sentimiento compartido por la mayoría de los argentinos. En una encuesta realizada por Gallup Argentina (La Nación 22/5/02) el 70% de los consultados atribuye a “causas políticas” la crisis que vive el país y un 58% contestó que la forma de salir de la misma es “cambiando la dirigencia”. Asimismo, el 82% manifestó su apoyo para que en los comicios se renueven todos los cargos. Otras encuestas han incluso mostrado que la mayoría está dispuesta y prefiere la realización de elecciones para todos los cargos electivos en el corto plazo, sin esperar hasta el 2003.
La percepción básica es que la Argentina ha sido llevada a este atolladero por una “clase” política que privilegió sus propios intereses, nunca estuvo dispuesta a ajustarse, forzó un ajuste brutal en el sector privado y en el patrimonio de los ciudadanos, y es esencialmente corrupta.
Esta clase, además, se resiste claramente a implementar el tipo de reformas que permitirían hacer efectivo ese deseo de renovación que manifiestan los encuestados. El 6 de febrero pasado, Eduardo Duhalde anunciaba una reforma política “histórica” la que serviría para fundar una “segunda república”. Nada de eso ha ocurrido. Varios meses después, hay varios congresistas que han presentado proyectos para la renovación total de los mandatos pero existen enormes resistencias para llevar esto adelante, muchas veces envueltas de constitucionalismo por parte de quienes sacan a luz la letra y el espíritu de la Carta Magna solamente cuando se ven en problemas, en tanto la violan regularmente por medio de la legislación que aprueban violando los derechos de otros.
Tal vez la ira popular pueda lograr alguna reforma menor para las próximas elecciones y tal vez, también, el mensaje que las urnas envíen fuerce un cambio mayor después de las mismas. Todavía no aparece claro que en un futuro ejercicio electoral se plasme el espíritu de la consigna “que se vayan todos”.
¿Y los que vienen?
Ahora bien, supongamos por un momento que ese importante objetivo se logra. ¿Es eso todo? El razonamiento de quienes solamente se preocupan por cambiar a la actual clase política parecería poder ser reformulado de la siguiente forma: “si tan sólo tuviéramos gente honesta a cargo las cosas se irían arreglando”. Esta postura parece confiar en que si tuviéramos ángeles a cargo del gobierno, entonces no tendríamos problemas.
El problema es que los “ángeles” son difíciles de conseguir, muchas veces los electos están lejos de serlo, pero aún si lo fueran, ¿podrían durar mucho tiempo siendo ángeles a cargo de un gobierno?
Es decir, ¿deberíamos tener instituciones que sólo funcionen correctamente con “ángeles” o deberíamos tener unas que sean a prueba de “diablos”? Por supuesto que todos queremos tener representantes honestos y probos, pero ¿no sería mejor resguardarnos en el caso que no lo sean, o de que se conviertan de unos en otros?
Esto viene a cuento porque un buen número de los que ahora se presentan como “ángeles” honestos, como la mayoría de los políticos argentinos, expresa una opinión que podría resumirse así: el mercado es voraz y sanguinario; dejado a su libre arbitrio volveríamos al “estado de naturaleza” de Hobbes, donde los más grandes se comerían a los más chicos. Esto demanda la acción correctora del “Leviatán”, el estado debe ser fuerte para contrarrestar estos poderes y proteger a sus súbditos. El estado, entonces, tiene como tarea fundamental limitar el poder del mercado.
La crítica que muchos políticos realizan de los últimos años vividos en la Argentina es que se habría desmantelado esa capacidad estatal de control y se habría obtenido un estado “anémico”. Si éste es el diagnóstico habrá una determinada receta para resolver el problema: habrá que fortalecer los organismos de control, mejorar la capacidad de regulación, establecer nuevas normas, otorgar más poder a los funcionarios para cumplirlas, controlar más las actividades del sector privado. Todo esto va a demandar nuevas estructuras, mayores presupuestos y un mayor costo en el sector privado para cumplir con las normas (formularios a llenar, inspecciones a atender, inscripciones de determinados registros, pedido de autorizaciones para realizar ciertas actividades, etc.)
Existe, no obstante, otra interpretación de lo sucedido, en verdad, claramente opuesta. Según ésta la crisis argentina actual se debe a que el estado argentino no ha estado sujeto a ningún tipo de control, ha sido copado por una “clase” política que lo ha utilizado para fomentar sus propios intereses y, como elefante dentro de un bazar, no ha dejado nada sin romper con tal de mantener y consolidar sus privilegios. La historia argentina de las últimas décadas sería similar a la mexicana bajo el PRI, sólo que aquí no habría un partido único sino el concubinato de varios de ellos. Lo sucedido en la Argentina ha sido dejar al zorro a cargo del gallinero.
Esto plantea un serio problema: el estado es el que ejerce el monopolio de la coacción, de la violencia, con el supuesto objetivo que de esa forma todos convivamos y resolvamos pacíficamente nuestras disputas. ¿Pero qué pasa si una vez que le dimos ese monopolio abusa del mismo? Esta pregunta ocupó a muchos pensadores bajo la forma:
“¿Quis custodiet ipso custodes?”
O “¿quién custodia a los custodios?” Lo cual no es otra forma de plantear la importante cuestión acerca de los límites al poder. Supuestamente, una constitución cumpliría tal función a través de distintos mecanismos: las garantías individuales, la renovación de los mandatos, la división de poderes, etc. En el caso argentino, sin embargo, no solamente la constitución fue literalmente dejada de lado durante distintos gobiernos militares que gobernaron sin ninguna limitación a su poder, sino también aun bajo la vigencia formal de la misma, el gobierno ha actuado entrometiéndose y pisoteando garantías individuales básicas. Tal la reciente y generalizada violación del derecho de propiedad.
Desde ésta perspectiva, entonces, no solamente los políticos estarían proponiendo un camino que solamente profundizaría el problema sino también aquellos que propugnan la llamada “reforma política” estarían meramente mejorando las formas y no la sustancia del problema. Ya que una reforma política permitiría hacer más competitiva la elección de representantes y funcionarios pero no limitaría su poder. Es verdad, podrían ser más honestos pero ¿hasta cuando?
No tenemos ninguna seguridad de que los electos sean “ángeles”, pero si aun lo fueran, ¿dictarían decretos de necesidad y urgencia?, ¿utilizarían fondos reservados?, ¿nombrarían amigos como jueces? Probablemente, siendo ángeles, no lo harían, pero el instrumento estaría allí latente para que otros luego lo usaran de otra forma. Si otorgamos a honestos ciudadanos la capacidad de irrestricta de utilizar el poder, los estaremos corrompiendo tarde o temprano. Ya que es el poder ilimitado el que, en forma lenta pero segura, engendra la corrupción. Lo decía en aquella famosa frase Lord Acton: “el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”.
El precio de la burguesía
En la irresponsable secuencia de destrucción que la clase política ha impuesto sobre los argentinos no ha quedado prácticamente ningún sector ileso, e incluso no habría que dejar afuera a los extranjeros, tanto sea el pequeño ahorrista italiano o japonés como aquél que trajo dólares para realizar inversiones de las que hoy obtiene ingresos pesificados.
Es decir, que si hay reclamos, los hay de muy distintas fuentes. Tal vez todos estaríamos de acuerdo en que la dirigencia política ha sido responsable, pero surge un claro problema cuando se trata de decidir quién se hará cargo de los platos rotos. ¿Quién tiene que pagar todo el daño? Al que vio esfumarse el valor de su propiedad, a quien no puede disponer de sus ahorros, a quien ha visto desaparecer su puesto de trabajo, al que debe reducir ahora su elemental consumo porque su ingreso real ha caído abruptamente... a quien no puede ahora pagar una deuda.
El problema que se nos presenta para resolver esto no es distinto que cuando uno va por una autopista y lo choca un auto destartalado con un conductor insolvente y sin ningún tipo de seguro. Si los daños recibidos fueran a las personas el responsable de las mismas puede terminar en la cárcel, pero si son solamente patrimoniales, ¿cómo recuperar algo? No es distinto lo que nos sucede con la dirigencia política, por más que decidiéramos que todos ellos son culpables por igual (algo que sería incluso discutible), y tomáramos en nuestras manos todos sus bienes declarados, éstos no alcanzarían para compensar ni una mínima parte de los daños que han sido ocasionados.
Porque es necesario entender que si insistiéramos en que todos los sectores sean reparados deberíamos también comprender que esas reparaciones saldrían... de nosotros. Sería algo así como firmar un Pacto de Versailles para recompensarnos a nosotros mismos. Pero el serio problema en esto es la forma en que se distribuirían tanto sea las reparaciones como las cargas para pagarlas. Supongamos entonces, el lector y yo, que hemos sido nombrados miembros del Comité de Reparaciones y se nos asigna dicha tarea. Propondría en tal caso, que tratáramos de definir algún criterio para la asignación de dichos costos y beneficios y sugeriría que fuera uno de “estricta justicia”.
Partamos de la base que todos los reclamos son justos pues los daños han sido reales. ¿Puede haber algunos más justos que otros? ¿Y cuál sería el criterio para determinar tal cosa?
En general, suele asignarse un cierto grado de prioridad a la necesidad, por ejemplo a aquellos de menores recursos. Pero entendamos que la necesidad no crea superiores niveles de justicia: entre los pobres también hay ladrones, evasores, vagos, etc. ¿Alguien estará de acuerdo en que éstos sean recompensados? Y como no se pretenderá hacerlo ya que en todo caso se han compensado a sí mismos, la tarea aparece complicada.
En cuanto a aquellos que no son pobres, comienza ahora a presentarse un argumento basado en lo “nacional”. Según éste, no sería lo mismo ser un empresario “local” que uno extranjero. Y si bien ambas propiedades hayan sufrido avatares similares se propone que exista una prioridad para los primeros sobre los segundos. Tanto es así que el secretario general de la Presidencia, Aníbal Fernández, ha declarado que “ha sido una preocupación permanente del Gobierno no dejar descalzadas a las empresas para permitir que cualquier capital extranjero pudiera presentarse y participar de la compra de su paquete con mucho menos valor del que tenía en diciembre”. Y luego, con el resabio de un lenguaje propio de los años 70: “el Estado deberá participar en todos y cada uno de los casos para evitar que sea agredido o lastimado nuestro capital, porque cada vez se aleja más la posibilidad de reconstruir una burguesía nacional”.
Ya que estamos usando terminología marxista (no quiere decir esto que el secretario general lo sea, por supuesto) respecto a las clases sociales, ¿cómo deberíamos interpretar esto? ¿Tiene la burguesía nacional un grado de prioridad respecto al proletariado nacional? ¿Y cuál es su prioridad respecto a la pequeño-burguesía? ¿Y a la clase terrateniente feudal? ¿O al lumpenproletariado?
Espero no haber olvidado ninguna clase del arsenal intelectual marxista, pero en todo caso cada una de ellas es tan “nacional” como la burguesía. Quiere esto decir que, aun incluso si aceptáramos que corresponde realizar esa diferencia entre el capital extranjero y el capital nacional, esto no nos resuelve porqué ha de tener prioridad una cierta clase “nacional” respecto a otras.
Podrían algunos argumentar que, en tal caso, la “clase” terrateniente feudal se ha visto favorecida y es “recompensada” por el alto tipo de cambio como resultado de la devaluación. Aceptemos esto por un momento y dejemos de lado a esta clase, ya no tendríamos que compensarla y está aportando ahora vía las retenciones. Dicha mejora del tipo de cambio, no obstante, cae dura y directamente sobre los asalariados.
El lumpenproletariado, descripto por Marx como los “desclasados” (lo que hoy serían desocupados, piqueteros y otros), era en el arsenal marxista un sector mal visto, porque podía, y solía ser manipulado por la “contrarrevolución” para aplastar a la revolución proletaria. Por esa razón la palabra “lumpen” adquirió un sesgo negativo. Hoy ese mismo grupo es visto con ojos favorables por los grupos marxistas, quienes los ven como la vanguardia de la revolución, más que como instrumento de la reacción. Este grupo, cuya situación precaria no puede negarse, ha recibido el Plan para Jefes de Familia.
La burguesía nacional, por un lado ha sido perjudicada porque se han pesificado sus ingresos pero mantiene un alto endeudamiento en dólares. La devaluación la ha forzado al default con todas las negativas consecuencias que esto trae aparejado, incluso la posibilidad de que pierdan sus empresas. Pero, por otro lado, la misma devaluación ha aniquilado las importaciones y el elevado tipo de cambio brinda una gran “protección” a la producción de esta clase. Así que por un lado son castigados pero por otro favorecidos.
Entonces nos quedan la pequeño-burguesía y el proletariado. La primera ha sido claramente perjudicada con el corralito, sus ahorros licuados o expropiados. Sus ingresos congelados mientras los precios de los bienes de consumo han aumentado un 50%. Muchos de ellos se han quedado sin empleo y otros han sido parte del tendal de pequeños comercios que han cerrado en el último año. El proletariado comparte el daño ocasionado por la caída del poder adquisitivo de los salarios y el aumento del desempleo (aunque algunos en este caso se incorporan al lumpenproletariado y reciben planes de desempleo).
Con este panorama, junto a mi amigo miembro del Comité de Reparaciones, ¿a quién deberíamos compensar? Pues en todo este análisis con categorías marxistas que hemos realizado nos ha quedado afuera un grupo bien importante: el sector público. Éste ha visto reducido su poder adquisitivo en el último año como cualquier otro asalariado, pero el sector público en su conjunto no ha hecho un ajuste para nada comparable con el terrible ajuste del sector privado. Ciertos estudios muestran que el nivel de salarios por tareas similares es superior en el sector público que en el privado, y si tomáramos en cuenta la productividad en un caso o en otro la brecha sería mucho mayor.
Entonces, tal vez debamos dejar de lado el análisis con categorías marxistas, porque incluso con éste no queda claro a quién compensar y a quién asignar esas cargas.
Tal vez exista una única solución: es difícil, sino imposible, compensar a unos porque esto recae inevitablemente sobre las espaldas de otros; pero sí podríamos “liberarlos” para que vuelvan a generar riqueza. Esto es, el daño enorme ha sido hecho, no resulta posible repararlo sin castigar a otros damnificados; lo único que podemos hacer es permitirles desarrollar su capacidad productiva nuevamente. En definitiva, dejar de castigarlos.
Y “liberar” la capacidad productiva significa desregular, reducir impuestos y otras cargas, permitir la utilización de una moneda sólida, eliminar las trabas para el movimiento de capitales y otorgar garantías institucionales de que el espanto ocurrido no volverá a suceder. Esto significa “limitar el poder”, porque ese poder es el poder de hacer daño.
Hubo un terremoto, nuestras casas está en ruinas. De poco sirve sacarle ladrillos a unos para que reconstruyan su casa los otros. Mejor no los molestemos y tratemos que cada uno se sienta seguro como para poder comenzar a reconstruir su casa.
La necesidad de aprender
No es fácil definir claramente el concepto de “cultura” aunque solemos usarlo con mucha frecuencia, sobre todo cuando atribuimos ciertos problemas que el país sufre a la “falta de cultura”. Sin embargo, muchos indicadores relacionados con el nivel de educación muestran que la Argentina los tiene más elevados que muchos países donde las cosas andan mucho mejor. Incluso, ha llegado a ser la gran paradoja de los analistas e intelectuales del mundo comprender cómo un país “educado” como la Argentina puede dar como resultado una sociedad tan mal organizada. La pregunta, entonces, surge: ¿será un problema de “falta de cultura” o será que tenemos la cultura equivocada?
Comencemos a tratar el tema haciendo referencia al concepto de cultura desarrollado por los ecologistas. Ellos ponen énfasis en que, a diferencia de otros animales, el ser humano es único porque su inteligencia le otorga la capacidad de cambiar su entorno por intermedio del aprendizaje.
Esto quiere decir que no tiene que mutarse en una nueva especie para adaptarse a un entorno cambiante. Aprende nuevas formas de sobrevivir en el nuevo entorno y luego las fija por medio de las costumbres sociales. Estas forman la cultura que se transmite a los nuevos miembros del grupo quienes no tienen así que inventar nuevas formas de hacer las cosas.
Si el entorno cambia, los seres humanos van a tener que adaptarse a ello y probablemente abandonar sus viejas teorías, que aparecen ahora como falsas. Lo hacen a través de un proceso de prueba y error que no tiene que ser propio, es decir, no hay que probar todo pues se puede aprender de las lecciones que otros ha han experimentado.
Seguramente nadie pueda negar que la Argentina de los últimos años ha sido un riquísimo laboratorio del cual aprender respecto a lo que no hay que hacer en materia de políticas públicas. Se escribirán libros completos y en el futuro se hablará de la Argentina de comienzos del siglo XXI como un caso digno de mención.
No obstante, y esto resulta muy llamativo, parece que somos los mismos argentinos los que no estámos aprendiendo ni sacando acertadas conclusiones de lo que ha sucedido. Son varias las circunstancias que estarían mostrando esto:
Supongamos una sociedad de tres votantes (Alicia, Berta y Claudio) que tienen los siguientes órdenes de preferencias para los bienes o servicios gubernamentales o candidatos (X, Y, Z)Entonces, dadas ciertas preferencias entre los electores, el mecanismo por el que resulten electos se convierte en determinante. Por eso los vemos luchar a brazo partido para poder controlar el más mínimo resquicio de poder que permita inclinar la balanza del proceso electoral hacia un lado u otro. Este fenómeno, se encuentra siempre presente pero adquiere una importancia mayor cuanto más se acercan las preferencias del electorado al modelo ideal que se presentara antes, esto es, cuanto más parejas aparecen distribuidas las preferencias de los votantes. Y si vemos las encuestas de estos días, podemos darnos cuenta que ningún candidato obtiene grandes porcentajes de preferencias, los principales rondan el 15 o 20% y no más de esto.
Votantes Preferencias Alicia X Y Z Berta Z X Y Claudio Y Z X
Como puede observarse, el orden de las preferencias es completamente distinto para cada uno de ellos, de forma tal que si llamáramos a los tres a votar elegirían su primera preferencia (Alicia elegiría X, Berta elegiría Z, Claudio elegiría Y). Lo mismo sucedería si los llamáramos a expresar sus segundas preferencias, nos encontraríamos ante la imposibilidad de llegar a una decisión mayoritaria. ¿Cuáles son las preferencias de la mayoría?
Supongamos entonces que Alicia, Berta y Claudio se ponen de acuerdo en considerar a los candidatos de a dos en vez (algo así como implementar un ballotage). Pues, en este caso veremos que el “orden” en que eso se decida “determina” el resultado.Como vemos, el resultado depende del orden en que se tomen las decisiones. Si bien se trata de un ejemplo muy particular, dada la distribución de preferencias que presenta un perfecto empate, muestra la influencia de la forma de la elección en el resultado obtenido y, como se dijera, explica la importancia que se le da a toda discusión o propuesta de reforma de los sistemas electorales. Y, en definitiva, nos muestra que una votación no es una forma perfecta de expresar las preferencias de la gente.
- Comparemos primero X y Z
Alicia elige X y Berta elige Z, pero Claudio (quien ahora no puede elegir a Y) tiene como segunda preferencia a Z, por lo que gana Z- Comparemos primero Z e Y
Berta elige Z y Claudio elige Y, pero Alicia tiene como segunda preferencia a Y, por lo que gana Y- Finalmente, comparemos X e Y
Alicia elige X y Claudio elige Y, pero Berta tiene como segunda preferencia a X, por lo que gana X