Conferencia pronunciada por el autor en el Centro de Estudios Sociales y Culturales del Colegio Belén (Miami), el pasado 18 de noviembre.
I
Dentro de un mes un nuevo presidente, el señor Barack Obama, ocupará la Casa Blanca. Como sabemos, es un demócrata liberal, en el sentido que se da en Estados Unidos a esa palabra de origen español, casi el opuesto al que tiene en el resto del mundo. Es muy posible que la evolución final hacia la democracia en Cuba ocurra durante su mandato, lo que significa que, en este aspecto, será una etapa de riesgos, pero también de oportunidades para poner punto final creativamente a un viejo conflicto.
Durante este periodo de transmisión de la autoridad, un grupo escogido de expertos de la diplomacia y la inteligencia norteamericanas transmitirá cierta información al presidente electo sobre los asuntos que, en algún momento, exigirán la toma de decisiones. Como se trata de centenares de temas, esa información se fragmenta en cápsulas tan breves como su prioridad indique. A mayor importancia, más detallada es la información que llegará a los ojos y oídos del nuevo presidente.
Sin duda, los grandes temas, vinculados a la seguridad de la nación, serán Al Qaeda y el terrorismo, las guerras de Irak y Afganistán, el agresivo armamentismo de Corea del Norte e Irán, y, en general, la peligrosa proliferación de armas nucleares y el riesgo que ello tiene de que, en manos criminales, un día una ciudad norteamericana desaparezca en medio de un hongo nuclear.
La crisis económica, aunque es una prioridad esencial, no será objeto de importantes revelaciones secretas porque es una materia pública sobre la que hay una gran variedad de opiniones e informaciones disponibles. Es la gran prioridad, quizás la número uno de la Casa Blanca, pero de ella el presidente Obama sabe tanto o tan poco como el resto de los expertos.
Dentro de ese programa de choque informativo encaminado a educar rápidamente al presidente, a Cuba le dedicarán unos minutos. Quizás cinco, o incluso menos. La Isla tiene una baja prioridad. Ese enero en que tomará posesión el presidente Obama marcará el quincuagésimo aniversario del triunfo de Fidel Castro.
Cuando el señor Obama nació, ya Cuba comunista era un problema para Estados Unidos. Medio siglo más tarde, sigue siéndolo, pero de distinta manera. Se ha convertido en una molestia menor, algo así como una pequeña verruga enquistada en un dedo del pie, que puede desprenderse sola pero que también pudiera tornarse cancerosa. No es peligrosa, pero hay que vigilarla, como suelen decir los médicos de todas las excrecencias sospechosas. Todo depende de cómo evolucionen los acontecimientos en ese país.
Hace dieciséis años, cuando el entonces presidente electo Bill Clinton escuchó de boca de un experto el párrafo dedicado a Cuba durante su sesión de información, sólo hizo un comentario melancólico: "Bueno, lo importante es no tener problemas con ese tipo". Se refería a Fidel Castro, claro. Y tenía buenas razones para ello: los problemas con Cuba contribuyeron a su derrota electoral como gobernador de Arkansas, tras el éxodo masivo de Mariel, en 1980, cuando varios millares de refugiados fueron a parar a un centro de detención de Arkansas y crearon ciertos problemas de orden público que acabaron por perjudicar a las autoridades locales.
Pero Clinton, ya presidente, pese a su buena voluntad, no pudo evitar algunas confrontaciones y problemas con la dictadura cubana: a mediados de los noventa debió padecer otra ola migratoria ilegal impulsada desde La Habana, y tuvo que retener en Guantánamo a decenas de miles de balseros, a los que luego se les permitió viajar a Estados Unidos; la aviación militar cubana derribó en aguas internacionales tres avionetas desarmadas de Hermanos al Rescate, asesinando a sus tripulantes, casi todos ciudadanos norteamericanos, lo que motivó la apresurada aprobación de la Ley Helms-Burton; y luego se produjo la agria disputa por el llamado caso Elián.
¿Por qué afectó el caso Elián a Estados Unidos? Vale la pena recordarlo. Fue un conflicto jurídico sobre la custodia de un menor parecido a los que todos los días se ventilan por miles en los tribunales de familia norteamericanos, pero que, por la manera violenta en que se solucionó, tal vez le costó la elección a Al Gore, en la medida en que polarizó a los votantes cubanos contra el candidato demócrata en una proporción desmesurada.
En ese año 2000 los demócratas perdieron Florida por 537 votos, y con ella las elecciones generales. Esta observación sobre Elián y su derrota, por cierto, no es de mi cosecha, sino de la de Al Gore, cuando hizo el recuento de lo que había pasado. Si en vez de enviar a un grupo de militares armados a rescatar al niño de los amorosos brazos de sus tíos y primas se hubiera dejado actuar a los tribunales de familia, como pedían Al Gore y otras voces sensatas entre los exiliados, el resultado hubiera sido similar –el niño habría sido entregado a su padre, que es lo que la ley indica–, pero el procedimiento habría sido pacífico y con arreglo a las normas, sin enconar la buena voluntad de los electores cubanos de Miami contra los demócratas.
La observación final de esta primera parte es muy sencilla: el presidente Obama, sin duda, tendrá algún encontronazo con Cuba durante su mandato, como les ocurrió a los últimos diez gobernantes que han pasado por la Casa Blanca antes que él. Este no es el lugar para hacer el recuento de esos conflictos –que incluye el peligrosísimo episodio de la Crisis de los Misiles, en octubre de 1962, cuando Fidel Castro trató de convencer a Nikita Kruschev de que atacara preventivamente a Estados Unidos con armas nucleares–, pero sí para advertir que es conveniente tener una idea muy clara de cuál debe ser la estrategia norteamericana para lidiar con un vecino tan conflictivo. Las reflexiones que siguen van encaminadas en esa dirección.
Pero antes de llegar a ella vale la pena deslizar una observación lateral: este presidente americano llega a la Casa Blanca con una enorme carga de simpatía por los cubanos radicados en la Isla, y muy especialmente entre la población negra o mestiza, claramente discriminada. Por lo que sabemos, pues, podemos afirmar que los cubanos son profundamente obamistas. Su condición de mulato de origen humilde lo aproxima notablemente a la imaginación popular cubana. Eso pudiera convertirlo en un enemigo potencialmente temible para la dictadura, en la medida en que el presidente Obama sea capaz de forjar una política cubana adversaria de la dictadura pero amiga del pueblo cubano.
II
Trasladémonos al seno del Gobierno de Castro. ¿Qué sucede dentro de las filas del poder cubano? Sin duda, el rasgo más evidente es el desaliento.
Quienes mandan en Cuba han perdido el entusiasmo revolucionario. Eso es lo que afirman y temen los jerarcas, Fidel y el canciller Pérez Roque incluidos, cuando advierten que la revolución puede destruirse desde dentro como consecuencia de este estado anímico de generalizado desánimo. Es lo que se demuestra cuando separan de su cargo al ministro de Educación Luis Ignacio Gómez por su falta de "conciencia revolucionaria", o cuando supuestamente detienen y sacan de circulación al principal asistente de Fidel Castro, Carlos Valenciaga –nada menos que el hombre que anunció la renuncia de aquél al poder durante su enfermedad en el verano de 2006–, aparentemente porque descubrieron que depositaba dinero en cuentas bancarias secretas en el exterior del país.
En rigor, es natural que así sea: no hay fanatismo que resista medio siglo de una decepcionante realidad que desmiente totalmente el discurso político. La desaparición de la URSS y del bloque comunista, la conversión de China y Vietnam en dictaduras capitalistas de partido único y la confirmación reiterada de las falencias del marxismo leninismo son golpes contra los que no es posible esgrimir una coartada ideológica convincente. La pobreza cubana es demasiado hiriente. Un Gobierno que, tras cincuenta años de control absoluto, al margen de la represión y del alto costo en dolor humano, lejos de solucionar ha empeorado los cinco elementos materiales básicos sobre los que descansa la existencia humana (agua potable, alimentación, vivienda, transporte y comunicación), carece de defensa posible. Y es exactamente en este punto en el que, aunque sotto voce, se divide amargamente la clase dirigente cubana: qué reformas hay que hacer y cuál debe ser el rumbo del país en el futuro.
En general, sabemos de la existencia de tres tendencias dentro del poder cubano: la de Fidel Castro, muy pequeña pero totalmente dominante, al menos mientras él viva; la de su hermano y presidente Raúl Castro, compuesta por los cuadros y apparatchiki que le son leales; y la de los tecnócratas que tienen una visión menos ideológica de los problemas del país.
Hagamos una breve descripción de esas tres posturas.
La tendencia Fidel es la inmovilista. Fidel Castro no quiere cambios. Es un colectivista irredento. Cuando abre la ventana de su habitación de enfermo terminal ve un país heroico lleno de atletas victoriosos, niños educados y combatientes tenaces e invencibles frente al imperialismo yanqui. Tiene visión de túnel y todo lo contempla por medio de lentes ideológicos. Junto a Hugo Chávez, y con el auxilio de sus petrodólares, ha revitalizado la lucha contra los males del capitalismo. Cree que el eje La Habana-Caracas reemplazará a la traidora URSS, que vendió la causa de los pobres al oro de Washington. Ya no sueña con una Cuba próspera, pero no le importa: ha reemplazado ese proyecto juvenil con el de una Cuba viril y austera. No cree en el modelo chino porque le parece peligroso que mil trescientos millones de seres humanos se sumen a los patrones de consumo del devastador Primer Mundo. No se ha atrevido a formularlo, pero cree que la pobreza generalizada es lo moralmente justificable. Dentro de su esquema igualitario-colectivista, sueña con un mundo en el que todos tengan poco y en similares cantidades.
En lo que se muere, Fidel Castro ha adoptado el papel de una Casandra enfundada en un chándal que vaticina el suicidio de la humanidad si los hombres no siguen sus consejos de estadista preclaro y conciencia de nuestra especie en peligro de extinción. Como le sucedía a Casandra, nadie cree en sus vaticinios, y menos que nadie los cubanos que lo rodean y están cansados de sus excentricidades. Sus nuevos enemigos son los reformistas, y, en primer término, quienes continúan hablando de una "transición" o cambio de régimen. Lula da Silva fue uno de los últimos que mencionó esa palabra prohibida.
La tendencia raulista es más pragmática. Raúl Castro no quiere cambiar el sistema: desea perfeccionarlo. Su principal objetivo es dedicar el próximo quinquenio (probablemente el último para él, dado que tiene 77 años) a tratar de organizar la transmisión de la autoridad para que el Gobierno cambie de manos, pero dentro del sistema, cuando los Castro ya hayan muerto.
Cuando Raúl Castro mira desde la ventana de su despacho presidencial lo que percibe es un país que se está cayendo a pedazos. Quisiera aumentar sustancialmente los pobrísimos niveles de consumo de los cubanos. Recuerda con cierta nostalgia la Cuba republicana, y es lo suficientemente realista como para llevarse las manos a la cabeza ante el insondable desastre material en que ellos han convertido a Cuba. No se atreve a legitimar la existencia de la propiedad privada en la Isla, pero intenta hacer algo parecido otorgando derechos de usufructo y otros trucos parecidos, aunque insuficientes. Su hermano le frena la intensidad de las reformas. No cree, a largo plazo, en la alianza con Hugo Chávez, y está de regreso de las aventuras de conquista ideológica. Piensa (según se quejan los venezolanos allegados a Chávez) que don Hugo es un idiota mezclado con payaso. Un tipo poco fiable. Los diplomáticos de Raúl han invitado a Cuba a la oposición boliviana para explicarle que ellos, los cubanos, están lejos del proyecto político bolivariano.
Raúl se ha acercado a Brasil, Rusia, Angola, Irán y China a la búsqueda de un sistema de alianzas que le permita sobrevivir en la eventualidad de que desaparezca o se reduzca el subsidio venezolano. Quisiera mejorar las relaciones con Estados Unidos. Dentro de su proyecto político, a corto o medio plazo no hay vestigios de pluralismo político. A largo, larguísimo plazo, no descarta que la clase dirigente cubana sea capaz de prolongar su autoridad dentro de un esquema como el del PRI mexicano.
La tendencia reformista de los tecnócratas es la más radical, y probablemente la más numerosa, pero carece totalmente de poder. Cuatro de sus más obvios exponentes son los economistas Pedro Monreal, Julio Carranza, Luis Gutiérrez y Harold Dilla. Ellos, y decenas de miles de cubanos bien informados, entienden que el problema material de fondo que aflige al país es la terrible improductividad de los sistemas colectivistas altamente estatizados, gobernados por la planificación centralizada y, en última instancia, por el capricho de los caudillos. La miseria de Cuba, han aprendido con el curso de los años, no se debe, fundamentalmente, al embargo norteamericano, sino al sistema de producción, de asignación de recursos y de distribución de los bienes y servicios producidos, y nada de eso se puede arreglar con pequeños parches. Hay que reintroducir la propiedad privada, al menos la pequeña y mediana, y mecanismos de mercado, con precios sujetos a las fluctuaciones de la oferta y demanda, como sucede en todas las sociedades prósperas del planeta.
Naturalmente, ninguno de estos tecnócratas habla de cambios políticos encaminados a garantizar los derechos humanos y el pluralismo. ¿Por qué? Tal vez porque la vieja militancia dentro de la dictadura los ha anestesiado en esta zona moral del conflicto (jamás han levantado sus voces para defender a las víctimas de la persecución política), pero también, seguramente, y creo que éste es el factor de más peso, porque el límite que el poder cubano impone al discurso político reformista es muy claro: sólo pueden mantenerse dentro del régimen, aunque sea en un alero marginal, si silencian los aspectos ideológicos y éticos. Si se salen un milímetro de ese estrecho perímetro, como hizo, por ejemplo, otro valioso economista, Óscar Espinosa Chepe, les espera el ostracismo o la cárcel.
¿Hay alguna otra zona del poder revolucionario que exhiba rasgos contestatarios? Sí, se aloja en la Uneac (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), el Icaic (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico) y la Casa de América, y pudiera considerarse como una especie de apéndice de los planteamientos de los tecnócratas. Se trata de las posiciones defendidas por intelectuales como la periodista Soledad Cruz, ex embajadora de Cuba en la Unesco, y otro centenar de figuras poco conocidas de la vida pública, entre las que pueden mencionarse a Pedro Campos, Desiderio Navarro, Félix Sautié, César López, Antón Arrufat y, en general, a quienes, a principios de 2007, participaron ardientemente en la polémica digital (todo ocurrió dentro de los límites de internet) sobre el quinquenio gris contra Luis Pavón Tamayo y Jorge Papito Serguera, dos represores de la década de los setenta que fueron utilizados como chivos expiatorios para denunciar la violencia autoritaria y homofóbica del régimen, sin que nadie se atreviera a mencionar al innombrable Fidel Castro, el estalinista mayor del país y responsable principal de cuanto sucede en la Isla desde hace 50 años.
Las conclusiones que se derivan de este análisis son, por lo menos, dos:
La inevitabilidad de la transición en Cuba, naturalmente, no debe sorprendernos. Cuba no puede ser la permanente excepción marxista-leninista en un planeta en el que esa opción dejó de tener vigencia. Tampoco puede ser la cubana la única sociedad de la historia que llegó a una especie de callejón sin salida, con un modelo de gobierno congelado en el pasado y condenado a repetir para siempre los mismos errores y arbitrariedades, aunque la experiencia demuestre que ese experimento fracasó. La irracionalidad se puede imponer por la fuerza por un tiempo más o menos prolongado, pero no de forma irrevocable y eterna.
III
Desde la perspectiva americana, este panorama no deja de ser interesante. Es probable que un tenaz adversario, un incómodo vecino situado a noventa millas de la costa floridana, entre en un proceso de cambio que pudiera culminar con la creación, en esa nación, de un Estado favorable a los intereses materiales y espirituales norteamericanos. Sólo que esta premisa obliga, en primer término, a precisar nítidamente cuáles son esos intereses materiales y espirituales de los Estados Unidos, para luego forjar una política que contribuya a precipitar los hechos en esa dirección. Lo menos que se puede pedir a los estrategas políticos y diplomáticos es que conozcan a dónde quieren llegar antes de trazar la hoja de ruta.
¿Cómo pueden los policy-makers norteamericanos fijar el rumbo de los Estados Unidos con relación a Cuba? ¿Qué le interesaría a Washington que sucediera en Cuba? No es muy difícil: todo lo que tienen que hacer es observar cuáles son los problemas potenciales de la región –por ejemplo, Centroamérica y el Caribe– y definir lo que quisieran evitar y lo que quisieran propiciar. ¿Cuáles son los principales conflictos que pudieran perjudicar a los Estados Unidos? Básicamente, hay cuatro escenarios problemáticos cubanos, como se dice en la jerga de los politólogos:
Bien: eso es lo que hay que evitar. ¿Hay algún Estado de la región que esté totalmente libre de pecado? Por supuesto: Costa Rica. Los ticos no cultivan vínculos internacionales que afecten negativamente a Estados Unidos; la suya es una sociedad políticamente estable y pacífica en la que los partidos y las personas se alternan en el ejercicio legítimo del poder y, aunque es relativamente pobre, ofrece suficientes oportunidades para progresar y un grado aceptable de movilidad ascendente, tan aceptable como para no exportar emigrantes. No hay núcleos sustanciales de ticos concentrados en Estados Unidos o en otras partes del mundo. Por el contrario: los costarricenses tienen dentro de sus fronteras a varios cientos de millares de refugiados nicaragüenses que, sin el santuario tico, tal vez intentarían llegar a Estados Unidos.
Obviamente, lo que le conviene a Estados Unidos es que Cuba se transforme en una nueva Costa Rica: una democracia decente, pacífica, sin violencia, sin maras mafiosas, sin narcoterrorismo, en la que se genere suficiente riqueza dentro del aparato productivo como para que los cubanos prefieran no emigrar ilegalmente, como ocurría, por cierto, hasta la llegada de Castro al poder.
Por supuesto, hay por lo menos tres argumentos para defender ese objetivo:
Por otra parte, la triste experiencia del siglo XX demuestra el inmenso error y la censurable falla ética que significó la política de our son of a bitch desarrollada por Washington en ese periodo, cuando el Departamento de Estado y la Casa Blanca cultivaron unas cálidas relaciones con dictadores como Somoza, Trujillo o Batista. Sencillamente, era falsa la premisa sobre la que descansaba esa abominable posición disfrazada de pragmatismo. Como no podía ser de otra manera, los lazos con esas dictaduras dieron paso al antiamericanismo y, en su momento, contribuyeron a alimentar procesos dictatoriales totalitarios como el sandinismo y el castrismo.
Vale la pena repetirlo: la única evolución cubana que se ajusta a los valores e intereses de los Estados Unidos y de los cubanoamericanos transita hacia la democracia y las libertades, incluyendo las económicas, y el respeto por los derechos humanos. Afortunadamente, esos objetivos también coinciden con los de la inmensa mayoría de los once millones de cubanos radicados en la Isla. Sólo nos queda, pues, definir qué se puede para lograr que esa transición, finalmente, ocurra. Hagamos esas recomendaciones. Son sólo doce.
IV
Ante todo, hay que establecer dos premisas básicas:
Esa inflexibilidad casi patológica de Fidel se vio claramente tras la devastación terrible de los últimos dos ciclones de octubre de 2008. El Gobierno norteamericano ofreció ayuda generosa e incondicional para paliar los daños, que incluía viviendas provisionales para cuarenta mil personas (medio millón de cubanos habían perdido sus casas), y Fidel, contra la opinión de Raúl y de casi todo su Gobierno, que incluso veían una oportunidad dorada para comenzar una suerte de reconciliación, se negó a aceptar ese auxilio porque está empeñado en que Washington levante el embargo unilateralmente, sin la menor concesión de su parte, y prefiere que sus compatriotas padezcan cualquier calamidad antes que admitir un trato favorable de su archienemigo.
Hechas estas salvedades, vale la pena consignar esas doce medidas que pudiera poner en práctica la Administración del presidente Obama: