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La historia del padre Bede: de combatiente en Iwo Jima a misionero en Japón durante 55 años

Bede Fitzpatrick ha estado 55 años en Japón como misionero franciscano. Antes conoció el país, pero como soldado de Estados Unidos durante la guerra.

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Veteranos de la batalla de Iwo Jima | Cordon Press

"Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian". Esta frase del Evangelio ha marcado la vida del padre Bede Fitzpatrick, que se ha jubilado a los 91 años tras haber sido misionero durante más de 55 años en Japón.

Y no por casualidad ha ofrecido toda su vida por este país. Precisamente, conoció el gran país de oriente en uno de los momentos más turbulentos de la historia reciente, en la II Guerra Mundial. Fue durante la importante y sangrienta batalla de Iwo Jima. Miles de japoneses y estadounidenses murieron y él estaba allí. Treinta largos e inolvidables días de combates que le cambiaron la vida.

Fue este importante acontecimiento el que le hizo entregar su vida a aquellos a los que previamente había ayudado a arrebatárselas. Ese joven combatiente es ahora el franciscano Bede Fitzpatrick, que a sus 91 años todavía recuerda la emoción que le provocó su llegada a Japón, la tierra evangelizada por su querido San Francisco Javier.

El padre Bede nació con el nombre Francis Bernard en 1922 en el estado de Nueva York y siempre sintió atracción por la fe. Estudió en la Universidad franciscana de San Buenaventura y más tarde en la de Notre Dame. Todavía recuerda que llegó a este segundo centro justo el día que la Alemania nazi atacó Polonia.

En 1942, ya en plena guerra se graduó y se alistó a la escuela de guardiamarinas, de donde pocos meses después salió como oficial y fue asignado a la fuerza anfibia, concretamente al USS Jupiter, primero a Hawai y más tarde al temible frente de batalla.

Fueron varias semanas navegando aunque la emoción le embargó al llegar a Japón y para más inri a escasos kilómetros de donde desembarcó el santo de Javier. "Recuerdo cierta excitación", afirma Bede, que igualmente recuerda que durante los primeros días en Japón, antes de entrar en batalla, "fui a tierra algún día, allí había una pequeña iglesia, un templo con una única sala, con mimbre por todo el suelo y las estaciones de la cruz. Sólo los niños pequeños estaban allí, nadie más, y les dimos caramelos. Los adultos tenían miedo".

La dramática batalla de Iwo Jima

Tras este pequeño impasse llegó realmente la prueba. Un mes en Iwo Jima en una de las batallas más sangrientas de la guerra. "Yo estaba a cargo de las lanchas de desembarco", recuerda este anciano fraile al National Catholic Register. Y por ello era también el encargado de recoger a los numerosos heridos que había en el frente y de facilitar munición a las unidades. Miles de estadounidenses murieron así como casi la totalidad de los japoneses.

Una vez acabada la guerra, su camino le iba a ir llevando a una forma muy distinta de vida y con una gran sorpresa de la providencia. En junio de 1946 el entonces teniente Francis Fitzpatrick decidió dejar la Marina y comenzó a trabajar con su padre mientras empezaba a madurar su vocación.

Al final la espiritualidad franciscana de su juventud le llevó por este camino e ingresó en el noviciado de Washington. "Amaba y admiraba a San Francisco". En 1955 se ordenó sacerdote y él ya lo tenía muy claro: "quería ser misionero y tenía tres opciones en mi provincia: Bolivia, Brasil o Japón. Toda mi carrera había estado en el Pacífico así que pensé: "llegados a este punto, me quedo con Japón".

Su providencial vuelta a Japón

Volvía así al punto de origen. La primera vez fue como soldado de EEUU, ahora lo hacía como soldado de Cristo. No iba a llevar muerte sino vida. Así que su gran momento llegó en 1958 y, como 13 años atrás, volvió a embarcarse en el Pacífico camino de la tierra que le había marcado y le marcaría para siempre.

Primeramente tuvo que pasar dos años y medio aprendiendo japonés en Tokio hasta que por fin fue enviado a Gunma, una zona rural de del norte de Japón, que tenía a numerosos huidos de la China comunista. Allí estuvo seis años hasta que le enviaron de nuevo a Tokio para atender a la comunidad de habla inglesa de la ciudad. En este lugar permaneció nueve años hasta que volvieron a enviarle a Gunma.

Desde 1976 hasta 2008 estuvo en este lugar luchando sin cuartel contra la secularización vertiginosa de la sociedad japonesa. Tanto fue así que este franciscano quedó exhausto ante la necesidad de una nueva y real evangelización en el país.

"Justo después de la guerra, la gente acudía a las iglesias y tuvimos muchos bautismos. Cuando llegué en 1961 teníamos unos 30 en Pascua y 30 en Navidad, ahora no serían más de cuatro o cinco", cuenta.

Cuando le llegaba el desaliento, el padre Bede siempre ha implorado a los grandes mártires de Japón. "Ellos harán que la Iglesia permanezca, ellos prevalecerán. He tenido esta actitud durante todo el tiempo que he estado aquí", afirma

En su opinión, Japón no será católica sin una gran prueba de algún tipo. Mientras tanto, la juventud no cree y está contaminada por multitud de vicios. Cuenta como ejemplo lo que le ocurrió con un compañero. "Entré a una librería junto al padre Campion y la mitad estaba llena de pornografía. La pornografía es terrible y los niños lo están viendo". Además, Japón es uno de los países en los que hay un mayor auge de pornografía infantil. "En Japón han olvidado y perdido sus religiones", afirma Beda.

Aún así dice que se retira pues debe dejar paso a gente con más fuerza y vigor que se enfrente con valentía al reto de evangelizar Japón, todo un erial espiritual. De hecho, este anciano franciscano se ha sentido inspirado por Benedicto XVI. "Él describió su retiro como un cese en la actividad pero como el comienzo de la vida contemplativa. Siento que estoy haciendo lo mismo".

"Llevo 55 años como misionero y estoy agradecido a Dios, a la orden y al pueblo japonés. Siento que cumplí mi misión, hice mi trabajo y ahora con 91 años es hora de retirarse". Ahora el turno le toca a otros.

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