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Juan Pablo II y la anécdota de cómo predijo la caída del Muro de Berlín

Tomas Halik, sacerdote clandestino checo durante el comunismo, relata la comida que tuvo con el Papa y cómo predijo la caída del comunismo.

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Las estampas de Juan Pablo II

Este domingo se proclamará santos a dos de las personas que de manera más importante han marcado la Iglesia Católica durante el siglo XX: los todavía beatos Juan XXIII y Juan Pablo II. Un acontecimiento histórico que reunirá en Roma a millones de personas y personalidades de los cinco continentes ante dos hombres que pasarán a la historia por sus grandes virtudes.

Durante estos días, muchas de las personas que tuvieron contacto con ambos, aunque sobre todo con Juan Pablo II simplemente por una cuestión temporal, están relatando sus encuentros con ellos y cómo les cambió la vida. Ha habido curaciones, de ahí la canonización, y también numerosas conversiones gracias a los dos Pontífices.

Pero además, Juan Pablo II lidió con uno de los periodos históricos más convulsos de la segunda mitad del siglo pasado. Le tocó vivir la Guerra Fría. Era un Papa que además venía del este, de un país ocupado por el comunismo y que conocía de primera mano los males de una ideología que ha dejado tras de sí decenas de millones de muertos. Su elección fue una revolución y supuso un duro golpe en la línea de flotación del bloque soviético. Y el Pontífice haciendo gala de su gran personalidad y decisión no dudó en combatir una ideología que había intentado robar el alma de tanta gente.

Y lo consiguió. Su papel fue decisivo y junto a Reagan y Thatcher tumbaron un telón de acero que parecía solido. Este gigante espiritual consiguió derribar un imperio pero él lo tenía muy claro desde antes: el muro caería e incluso predijo la fecha.

Con motivo de la canonización, The Catholic Herald entrevistó al sacerdote checo Tomas Halik, amigo del que pronto será declarado santo y muy conocedor también de la realidad comunista. Sintió la vocación en la Checoslovaquia comunista y pese a la prohibición consiguió formarse como seminarista a escondidas para más tarde poder ser ordenado sacerdote de manera clandestina en la Alemania oriental. De vuelta a su país también luchó de manera tenaz contra el régimen. Oficialmente era psicoterapeuta para drogadictos pero en la clandestinidad era profesor, intelectual, confesor, formador de seminaristas y colaborador del cardenal Tomek y de Vaclav Havel, más adelante presidente del país.

Cuenta Halik, que un día se encontraba en Roma y allí almorzó con Juan Pablo II. Recuerda que estaban viendo en la televisión algunas protestas en Alemania y el Papa se apartó de la televisión y le dijo: "tienes que volver ya, acabará el comunismo pronto y seréis libres". El sacerdote, gracias a la confianza que tenía con él le respondió: "Santo Padre, disculpe. No creo que la infalibilidad papal valga para el mundo político. Quizás dentro de cinco o diez años…". Sin embargo, el Papa insistió. "No, no, ocurrirá en días".

Al día siguiente caía el Muro de Berlín y el comunismo comenzaba a desquebrajarse. Nueve días más tarde también se venía abajo el régimen comunista de Praga y como había predicho Juan Pablo II, Halik podría volver a su país libre y dejar la clandestinidad para llevar la democracia a un país que lo necesitaba. Algo que consiguió de la mano de Havel, del que fue uno de sus más cercanos colaboradores.

Con la caída del comunismo y del telón de acero las vidas de Juan Pablo II y Tomás Halik no fueron tan diferentes. Ambos habían conseguido desde su posición lograr la victoria pero el precio a pagar fue muy alto.

Ahora tocaba reconstruir lo que los comunistas habían destruido durante décadas. En Polonia la fe se convirtió en un instrumento de defensa cultural pero en otros países como en la antigua Checoslovaquia, ahora dividida entre República Checa y Eslovaquia, la práctica religiosa es la más baja de Europa. Allí el comunismo intentó aunque no pudo culminar su objetivo de acabar con la fe.

Santos como Juan Pablo II y tantos otros sacerdotes y laicos anónimos de toda la Europa del Este consiguieron con su empeño y también con su sangre que la verdad y la libertad prevalecieran sobre la mentira y la opresión. La canonización de Juan Pablo II es también en parte de ellos y para ellos.

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