
Tras un largo asedio, la ciudad holandesa de Breda se rindió a los tercios españoles en 1625. Eran los tiempos en que en el Imperio no se ponía el sol y se afirmaba que el mismo Dios era español. Pero el Imperio, consumido un desmedido gasto que llevó al Estado a la bancarrota varias veces, fue decayendo hasta perder todas sus posesiones territoriales en el siglo XIX. Dios, definitivamente, no era español