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DÍA DE LA FIESTA NACIONAL

El error de Defensa y el chasco de la cabra, por J. ARIAS BORQUE

L D (J. Arias Borque) Las calles aledañas a la plaza de Colón y al paseo de la Castellana rebosaban ya de gente un par de horas antes del inicio del desfile de las Fuerzas Armadas. Algunos deambulaban como alma en pena fruto del madrugón, otros parecían más frescos que una rosa. Eso sí, no se dejaron vencer por el sueño ni por la apatía y salieron a la calle a celebrar la Fiesta Nacional.
 
Ayudó a vencer el sueño que este año el volumen de la megafonía subió bastantes decibelios. Por un lado, para que todos los espectadores pudiesen oír perfectamente qué unidad pasaba en cada momento y en otros, también, para que no se supiese qué unidad pasaba. Gracias a ello, la Unidad Militar de Emergencias, la última idea del Gabinete Zapatero en sus ansias de convertir el Ejército en una ONG, no volvió a recibir los pitos y abucheos del año pasado. Paso desapercibida y recibió los mismos aplausos que el resto de unidades.
 
Mientras desfilaban los soldados, algunos miembros del Gobierno formaban corrillos junto a María Emilia Casas a la izquierda de los Reyes. Este año no hubo bronca monumental a la presidenta del Tribunal Constitucional, pero la animada conversación se extendió tanto que ni Casas, ni Rubalcaba, ni Moratinos pudieron ver a más de la mitad de las unidades. Tampoco parecía que tuviesen demasiado interés en ello, todo hay que decirlo, pero las inoportunas palabras de Rajoy en la mañana del sábado les había sacado por unas horas del ojo del huracán.
 
Precisamente, esas palabras del líder de la oposición marcaron su presencia en el desfile. Serio, imperturbable y reflexivo durante toda la mañana, apenas habló con nadie más allá de los saludos iniciales. De vez en cuando, intercambiaba alguna palabra con Viri, su mujer. Se le veía fuera de sitio, tal vez en las nubes, pensando por qué no se habría mordido la lengua el día anterior.
 
Los medios de comunicación tuvieron que hacer acto de presencia hora y media antes del inicio del desfile y con tanto tiempo sin nada que hacer y con gente acostumbrada a vivir, entre otras cosas, de criticar, se tardó relativamente poco en sacar a la luz el clamoroso fallo que este año tenía la campaña del ministerio que dirige Carmen Chacón.
 
El reclamo utilizado por Defensa para convocar a los ciudadanos al acto incidía en lo orgullosos que se sentían familiares y amigos de los miembros de las Fuerzas Armadas por el trabajo que realizan. Frases como "Mi marido está en Afganistán", "Mi mejor amigo, en la Unidad Militar de Emergencias" –esta vez la imagen no había sido creada en un escenario para ocasión–, "Mi hija, en la Armada", o el que trae añadido consigo el error: "Mi padre, piloto de F-18". El problema es que, en vez de un F-18, este último reclamo venía acompañado de la imagen la cabina de un Harrier.
 
Precisamente, la no participación de los aviones del Ejército en el desfile por cuestiones climatológicas lo deslució en exceso. Más de uno se quedó con ganas de más y no tuvo reparos en decirlo: "Sin paracaidista y aviones el desfile ha sido un poco plof", decía una señora a su acompañante mientras ponía rumbo a casa.
 
A esto, se añadió que, pese a que el desfile de la Legión suele ser una de las atracciones estelares de la jornada, este año más de uno se sintió decepcionado, sobre todo los más pequeños. No desfilaron descuadrados, no bajaron una pizca su cadencia de paso, pero que la cabra fuese atada a uno de los soldados y no fuera libre y campante como en otras ocasiones no gustó a algunos de los presentes. Incluso, los hubo que momentos antes de la aparición de la Legión habían elaborado su propia teoría sobre la armónica presencia de la cabra en los desfiles: "Mamá, yo creo que alguno de los soldados lleva helado de chocolate en el bolsillo y por eso la cabra va detrás de él".
 
El mejor sabor del día lo dejaron los Reyes. Sobre todo con dos gestos al final del desfile. El primero, se produjo cuando los Monarcas descendían de la tribuna y Don Juan Carlos cogió de la mano a la Reina para ayudarla a bajar las escaleras. Se la cogió en el primer escalón y no la saltó hasta que estaban ya sobre el asfalto de la plaza de Colón. El segundo, que la Reina, con una sonrisa de oreja o oreja, no escatimó en saludos antes de subir al coche y poner rumbo junto al Rey al Palacio de la Zarzuela.

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