Noticia publicada el 05-02-2008
LDTV (Gabriel Albiac) Pocos momentos hay más conmovedores, en la Historia de la Filosofía que los versos del
De Rerum Natura en los cuales
Lucrecio evoca, allá por el siglo I antes de nuestra era, la figura de
Epicuro, el gran maestro que, tres siglos antes, habría asentado los principios sobre los cuales es posible asentar la vida moral de un hombre libre:
“Cuando la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumado por el peso de la religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes, amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales, un griego osó el primero elevar hacia ella sus perecederos ojos y rebelarse contra ella. No le detuvieron ni las fábulas ni los dioses, ni los rayos, ni el cielo con su amenazante bramido… Y su victoria nos exalta a todos nosotros hasta el cielo”.
La victoria moral de Epicuro se cifra, al cabo, en algo sencillo y, al tiempo, enorme: la batalla frontal contra la religión de Estado, la superstición y el miedo. Y contra los procedimientos políticos que, mediante la artesanía minuciosa de religión de Estado, superstición y miedo, hacen de los hombres libres los peores de los siervos: los siervos voluntarios. Y a los políticos sus grandes sacerdotes.
Toda la irreversible revolución teórica a la cual Epicuro da forma en su obra –enorme y, en sustancial parte, perdida– cabe en un escueto aforismo de claridad prodigiosa:
“Libérate, hombre libre, de la prisión de las ocupaciones cotidianas y de la política”
Quizá porque la polis clásica se ha desmoronado, y con ella buena parte de las ilusiones griegas, Epicuro puede abordar, en el siglo IV ante de nuestra era, un proyecto sin precedente. Un proyecto que nos es tan cercano: el de entender cómo el poder político precisa de las más necias fantasías –“espectros de extraña palidez”, escribirá bellamente Lucrecio– para controlar hasta la vida privada del ciudadano; cómo, a saturar su mente de miedos e ilusiones dedica el Estado buena parte de su poder descomunal. Y cómo, aceptar eso es dejarse perder en el embrutecimiento: aprender la más humillada de las servidumbre. Y darle valor de mandato sagrado.
Nada hay quizá que el hombre libre pueda esperar de esa maquinaria institucional que él puso en pie y que los siglos no hicieron sino fortificar hasta casi el infinito: el estado. Nada, salvo defender frente a ella su jardín privado. Ese jardín de Epicuro en el cual la sabiduría consiste en jamás aceptar que nadie, absolutamente nadie, se arrogue el privilegio de reeducar nuestra propia ciudadanía.