El Montepaschi Siena y el Tau Cerámica habían sido apartados de la final de la Euroliga 48 horas antes. No es la primera vez que les ocurre. A los italianos es un cuenta que les suena familiar. En tres apariciones en la última ronda continental nunca han alcanzado la final. A los alaveses, con un solo asalto al título (Moscú 2005) en cuatro participaciones, tampoco le es ajena. Conocen tan de cerca el amargo trago que les aguardaba que necesitaron casi tres minutos para anotar la primera canasta en juego. Los toscanos pasaron por varias decepciones antes de levantar su primer entorchardo europeo (la Copa Saporta), igual que el Tau, que también abrió su palmarés extranjero con el mismo trofeo.
Los tropiezos previos al primer título de liga nacional de ambos vinieron precedidos de dolorosos reveses. Es una historia no común, pero si paralela. En esta Final entre Cuatro le tocó compartir la cruz de la moneda. El primer cuarto sólo dio para que el croata Zoran Planinic -cinco puntos- y el bosnio Mirza Teletovic -11- evitasen que el perímetro del Siena convirtiera un partido ya bastante espinoso de por sí en una historia con desenlace cantado (21-19). A fin de cuentas, la nefasta obligación de tener que jugar no deja otra opción que apretar los dientes y tratar de esquivar una nueva decepción. Aunque, del mismo modo, los equipos tienen que cerrar el balance de la temporada en Europa, de dar minutos a los jugadores que han trabajado sin recibir a cambio demasiados minutos, de recompensar, en definitiva, la trayectoria de todo un año.
Y a eso se dedicaron Tau y Siena, sobre todo el segundo, que en el primer cuarto ya había hecho pisar el parqué a todos los efectivos del banquillo. Luego, con unas defensas abiertas a casi todo el mundo -anotaron prácticamente todos los que pasaron por la pista del Palacio de los Deportes-, los doce hombres más decepcionados del baloncesto europeo intercambiaron golpes sin mala fe, a ritmo de gimnasio, de púgil haciendo guantes. Con seis minutos largos por disputarse el marcador señalaba tablas (67-67). El tormento alcanzó entonces el mayor punto de dolor: los millares de aficionados del Maccabi Tel Aviv israelí comenzaron a entonar sus cánticos, a calentar el ambiente del pabellón para la gran final contra el CSKA Moscú.
Lo único que les quedaba al Montepaschi y al Tau eran ganas de que el reloj sonase los antes posible para marcharse al vestuario. Ganar o perder apenas importaba. Lo fundamental era salir de la cancha. Mejor con el triunfo, claro, pero salir. Ambos cincos libraron las últimas posesiones con el tanteador en un palmo de terreno mirando de reojo el vestidor y, en el apretado intercambio de clausura, sucedió lo menos deseado por todos: prórroga (79-79). La ración final de tortura la dominaron los italianos, quizá menos afectados psicológicamente. Los dos volverán a intentarlo en el futuro. Seguro.

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