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Alubias y liberalismo español

Ayer comí con dos liberales. Irónico y preciso uno; joven y candoroso, el otro. Inteligentes los dos. Me invitaron a un plato de alubias estofadas. ¡Riquísimas! Aquel manjar dulcificó mi carácter, de natural pendenciero, y me sentí arropado por el calorcillo de la amistad cívica. Amistad cívica, sí, surgida de nuestro poder de recordar, rememorar, una inmensa cultura, la española, delante de un plato de alubias de Malagón. Amistad cívica, sí, forjada en la posesión del privilegio de quienes tienen antepasados comunes. Amistad cívica, sí, fundada en el coraje de aclarar nuestras incertidumbres y angustias en el espejo de esa tradición. Conversábamos como si hubiéramos estado juntos toda la vida, aunque hacía poco tiempo que nos conocíamos personalmente. Hablamos de todo lo divino y humano, cortamos trajes a medida, dijimos maldades, nos interrumpíamos y nos reíamos de nosotros mismos. Se me pasó el tiempo en un santiamén. Tardaré tiempo en asimilar la rica conversación de mis liberalísimos anfitriones.
 
Discutimos sobre la bondad narrativa de algún prosista mexicano, criticamos el liberalismo político de USA por socialdemócrata, nos quejamos de la imposible traducción del debate sajón entre liberales y comunitaristas a la circunstancia española, acordábamos que el liberalismo español era antes un destino que una razón, mestizo voluntarismo hispánico, salieron cientos de nombres y, naturalmente, no pudieron faltar algunos de nuestros exiliados del 39, por ejemplo, María Zambrano y Claudio Sánchez-Albornoz. El entorno “intelectual” de la primera fue mirada con recelo, o quizá con mucho celo, por mis amigos. No les faltaba razón, pero yo, por el contrario, era más partidario de releer con respeto a la mayor pensadora de España, quien tuvo durante toda su vida dos asuntos de meditación: la singularidad de España en la cultura occidental y la religión, especialmente la única reconocida por el catolicismo institucional, o sea el estoicismo popular. En cualquier caso, la genialidad liberal de Zambrano se expresa en estas palabras: “La esperanza rescatada de la fatalidad es la libertad verdadera, realizada, viviente”.
 
Sobre el segundo, sobre el último presidente de la República española en el exilio, católico y de misa diaria, hablaría y no pararía. ¡Un historiador portentoso! Los casticistas seguidores de Castro no lo soportan. ¡Bárbaros antiespañoles! Otro día, claro, escribiré de él, de su singular liberalismo, pero, ahora, lo cito, porque el más joven del grupo lo recordó con entusiasmo para comprender el problema de los burdos nacionalismos. ¡Cuánto coraje soportaban las palabras de mi joven amigo, un español de la tierra del más grande liberal del XIX español, cuando nos contaba la actualidad de “España, un enigma histórico”. Y también cuánto candor había en quien nos aconsejaba releer “Vasconia o la España sin romanizar”, un apartado del tomo cuarto de este libro mayor de Sánchez Albornoz, para despreciar al nacionalismo vasco.
 
En fin, amigos, otra comida con estos sabios liberales y ya tengo asunto para cien columnas. Espero que otro día se dejen invitar por un social-liberal, que siempre está dispuesto a dejarse sobornar por las bondades catalécticas de la Gran Sociedad. O sea la de Hayek.