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Tiene nueve años. Ha tocado el violín durante más de dos horas. Lleva un rato leyendo la Constitución. La profesora le ha recomendado su lectura como una tarea para el día de fiesta. Me pregunta por el significado de algunas palabras y comentamos algunos párrafos. Me lee en voz alta el artículo 9 y capta inmediatamente el sentido del apartado segundo del artículo: “Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.” Al oírlo tengo ganas de decirle que ha sido la parte más pisoteada de la Constitución. Por fortuna, me callo. Lo dejo que siga flotando sobre su nuevo descubrimiento. Le digo que siga leyendo y salgo corriendo para escribir esta triste columna .
Espero que mi hijo se olvide por unas horas de preguntarme por la Constitución. Espero que se me pase el enfado y saque fuerza de mi caletre para decirle que merece la pena luchar por esta Ley de leyes, que sin embargo nos ha llevado a una crisis terrorífica de la nación. Sí, el horrible título VIII de esta Constitución en manos de extremistas como Zapatero, el peor gobernante de la historia reciente de España, el presidente que usa el mismo lenguaje de los terroristas para hablar del “fin de la violencia”, el político socialista que defiende con la boca chica la Constitución, nos conduce directamente al enfrentamiento entre españoles a la hora de “reformarla”, o sea, ensuciarla, de modo encubierto a través de la aprobación del Estatuto de Cataluña.
Aunque estuve a punto de decirle a mi hijo que todo era una mentira, que el actual presidente de Gobierno no cree ni en una palabra de lo que dice la Constitución, y que su ánimo no es otro que destrozarla para seguir gobernando con unos tipos que odian a los españoles, guardé silencio y simulé que la Constitución había sido defendida por Zapatero en su discurso del Congreso. Simulé, sí, tanto como Zapatero cuando dice que con la aprobación del Estatuto de Cataluña no pasará nada. Cínico y torpe gobernante. Simulé, sí, tanto como Marín, el presidente del Congreso de los Diputados, cuando apeló al espíritu del 78. Engreído y mentiroso político. Alguien que ha alojado y protegido, hace unos días, en el Parlamento a unos tipos que odian la Constitución, pero apela al espíritu del 78 o no tiene vergüenza o desconoce qué significa la “ética política”.
El simulacro de celebración de la Constitución resultó grotesco. Mientras, por un lado, unos tipos que cobran del erario público soltaban discursos sin-sentidos sobre la grandeza de la Constitución, por otro lado, la mayoría de los asistentes a los fastos en la Cámara de Diputados se preguntaban: “estaremos aquí el año que viene.” He ahí la verdadera realidad. Pocos, muy pocos, de quienes asistieron a esa ridícula ceremonia dejaron de hacerse esa pregunta.
Todavía queda tiempo para que la generación de mi hijo descubra todas esas villanías. Todavía queda tiempo para que las nuevas generaciones descubran la maldad de unos políticos que no les importa nada la nación. Todavía queda tiempo para que escupan sobre sus nombres. Mientras tanto, tenemos que hacer como si la Constitución funcionase. Tenemos que esgrimirla contra sus “reformadores”. Grandiosa y dramática paradoja.

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