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Ricardo Blázquez

Ciudadano y cristiano

Los contrastes entre Rouco y Blázquez son significativos. El primero es arzobispo, jurista y formado en Alemania. El segundo es obispo, teólogo y formado en Italia. El primero citaría antes a Rahner que a San Juan de la Cruz. El segundo nunca olvidaría citar a Santa Teresa. El primero es un gallego en Madrid y el segundo es un abulense en el País Vasco. Estas evidencias sólo demuestran que la Iglesia católica española es plural, y capaz de elegir antes a una persona para ocupar un cargo que un currículum vitae para adornar un puesto jerárquico. Y también ésta, como toda elección, tendrá un coste, una renuncia. Sólo cabe esperar que ésta sea mínima respecto al carácter católico, o sea, universal de la Iglesia. Esperemos, pues, que la Conferencia Episcopal española no ceda ante los nacionalismos.
 
Ya veremos si Blázquez, como algunos han empezado a decir, es sólo una figura de transición o, por el contrario, fija su posición de modo tan ejemplar como lo ha hecho en el País Vasco. Llegó y fue recibido con violencia por el nacionalismo. Aunque algunos lo han considerado un tibio con ciertas posiciones nacionalistas, lo cierto es que ha conseguido mostrar a todos que el cristiano es ciudadano o no es. El nacionalismo es un asunto menor al lado de la persona. Con inteligencia y tesón, al cabo de los años, Blázquez ha demostrado a quienes lo obligaron a someterse al nacionalismo que, como obispo, sólo puede ser cristiano; y como hombre, en el País Vasco y en el resto de España, sólo puede ser ciudadano. He ahí las dos virtudes básicas para resolver los problemas creados por un Gobierno dispuesto a confiscar y vaciar de contenidos las formas religiosas del catolicismo español.
 
El gobierno de Blázquez pudiera ser una solución en un momento de máxima tensión entre la Iglesia y el Gobierno. Dos problemas deberá resolver la Conferencia Episcopal más pronto que tarde, y que son decisivos para comprender el papel de la Iglesia en la democracia española. Por un lado, mirando al interior de la propia institución, tendrá que hacer frente a quienes quieren una Iglesia reducida a servicio, olvidando su función de misión para otro mundo. Blázquez deberá, pues, enfrentarse a ese “cristianismo a la carta”, que termina reduciendo a la Iglesia a una especie de ONG. Y, por otro lado, tendrá que justificar, una y otra vez, que sin cristianismo, sin civilización judeo-cristiana, no hay modernidad ni democracia.