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Farenheit 9/11

Cómplice del resentimiento

Nadie debería perder un minuto de su vida intentando convencer a los demás de la bondad de su teoría. Ese afán conduce a las mejores ideas, e ideologías, al fracaso. En el trabajo de difusión y persuasión el pensador, o el político, o el artista, o el cineasta termina alejándose de su pensamiento inicial, y al final no tiene otra salida que resumir hasta la caricatura sus ideas originales. Y si malo es la idea convertida en caricatura, aún es peor la reducción de aquélla a dogma. He ahí los dos grandes límites del pensamiento del siglo pasado y, por desgracia, de los pocos años que llevamos de éste. Gran parte del pensamiento del siglo XX, y cierto arte autoproclamado "comprometido", ha caído en estos dos grandes defectos, pues que entretenido en su pretensión de ser guía de descarriados ha olvidado cumplir su principal cometido: mostrar nuevas propuestas y argumentaciones ante el declinar de las viejas o, simplemente, defender una opinión con inteligencia y honradez.
 
Con esa mentalidad abierta, más o menos escéptica sobre la tentación a mandar que tiene el intelectual del último siglo, fui a ver el documental de Moore, Fahrenheit 9/11. También asistí, debo reconocerlo, porque John Berger, escritor al que le profeso todos mis respetos y simpatías intelectuales, había dicho que "es una película que desea, con todo su corazón, que Estados Unidos sobreviva." Estaba dispuesto, pues, a someterme a la tortura de oír viejas teorías marxistas sobre la guerra, la pobreza y la interpretación de la historia; también sabía que tendría que soportar desde el inicio de la película la desconsideración moral y falta de respeto del director hacia los políticos que no compartiesen su ideología; e incluso estaba preparado para recibir los golpes del maniqueísmo más trillado desde la Primera Gran Guerra hasta hoy: los buenos son los pacifistas y pobres y, por el contrario, los malos y ricos son los belicistas. Todo eso era más o menos previsible.
 
Pero lo que yo no podía pensar es que desde la primera hasta la última escena, pasando por los planos más "duros" y mejor trabajados por la prensa amarilla más sensacionalista, todo fuera tan terriblemente previsible. En los primeros cinco minutos ya sabíamos todo lo que vendría a continuación. Todo era salvajemente monótono y repetitivo. La forma, el fondo y los elementos "emocionales" de carácter estético del documental parecían una mala repetición de horrorosos cuentos pasados. La perversidad del argumento de Moore no procede del propio argumento del documental, que incluso tiene cierta plausibilidad dentro de su maldad, sino de la forma mediocre, rastrera y resentida que utiliza para defenderlo. Berger, y otros intelectuales demócratas, se equivocan al defender a Moore, primero, porque este documental no es un panfleto, ojalá, sino un resentido producto para alimentar purulentas almas atormentadas por sus limitaciones morales; y, segundo, porque cometen una grave injusticia al exaltar este producto como una obra maestra, cuando la zafiedad del director ha hecho desaparecer en la primera escena eso que en una obra cinematográfica, otro tanto se podría decir de una obra literaria, nos permite seguir viéndola o leyéndola con entusiasmo o pasión: el Misterio.