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Confianza o fe ciega

No me pregunte, querido lector, sobre si confío o no en Rajoy. ¡Cómo no voy a confíar! Mi confianza está acorazada, como diría la gran Rosa Chacel, en una cáscara de pesimismo hostil.

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Tengo un amigo de León que, cuando habla de Zapatero, me recuerda una fábula que se cuenta por su tierra. Se conoce por la fábula de la apicultura y es muy comentada para saber quién es Zapatero. Tres paisanos de León, según narra la leyenda, estaban hablando de apicultura. Se acercó Zapatero y les preguntó qué era eso de la apicultura. No tenía ni idea del asunto y, por supuesto, desconocía el significado de la palabra. Le dijeron que se trataba de un saber sobre abejas, colmenas y miel. Durante unos minutos, escuchó el político de Valladolid a los paisanos de León, y se creyó el hombre más sabio en la cosa de la producción de miel. Al poco tiempo se dedicó al negocio de la apicultura y, como todo el mundo sabe, destruyó las colmenas y las abejas yacen muertas por los caminos. El negocio no existe.

La moraleja es sencilla: Zapatero no ha sido nadie ni política ni intelectualmente y deja a un país en la bancarrota. Nunca se dejó asesorar por los mejores.

No hace falta ser muy listo para saber que Rajoy, comparado con el apicultor de La Moncloa, es un gigante. El del PP tiene una extensa trayectoria en las tareas de los gobiernos locales, autonómicos y nacionales. Lleva haciendo oposición bastantes años y, además, su partido ha conseguido un gran poder en el ámbito local y autonómico. Y, por si esto fuera poco, Rajoy escribe un libro antes de las elecciones para decirnos que confiemos en él y, además, nos estimula para que confiemos en nosotros mismos para salir de la crisis. Rajoy es el hombre de la confianza. Sabe de lo que va esta historia de España. Parece saber más de lo que aparenta.

Moraleja de la historia del candidato del PP: confiemos en Rajoy, sí, porque las cosas no están para hacer experimentos.

Y, sin embargo, quien escribe de política no puede dejar de decir que toda confianza tiene un límite. Nadie que escriba con decencia sobre la actual situación de España puede renunciar al principio moral del mayor tratadista político de todos los tiempos. Es un principio soportado en uno de los tercetos más famoso de la poesía española: "Fabio, las esperanzas cortesanas / prisiones son do el ambicioso muere / y donde al más activo nacen canas".

No me pregunte, querido lector, sobre si confío o no en Rajoy. ¡Cómo no voy a confíar! Mi confianza está acorazada, como diría la gran Rosa Chacel, en una cáscara de pesimismo hostil. En otras palabras, mis reservas se verán superadas si Rajoy sabe rodearse de los mejores. Asunto oscuro en la historia del PP, o mejor, de la derecha, que siempre ha querido hacerse perdonar por "personajes" socialistas de no sé qué complejos extraños. Hacer frente a quienes se cambian de bando, a los fouchés de medio pelo que siempre apuestan por el partido ganador, es la primera dificultad que tendrá que vencer Rajoy. Si no consigue desenmascarar a los arribistas, entonces tendremos que entonar los cuatro últimos versos del tratado político anteriormente citado: "Ya, dulce amigo, huyo y me retiro / de cuanto simple amé: rompí los lazos./ Ven y sabrás al grande fin que aspiro, / antes que el tiempo muera en nuestros brazos".

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