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Barcelona

Crispación nacionalista

La semana pasada estuve en Barcelona. La ciudad estaba triste. El taxista que me llevó al hotel oía la COPE. Sus comentarios sobre el tripartito fueron escuetos: Maragall, Carod y los socios comunistas nos llevan al caos. Me tomé un café en el bar del hotel y el barman fue contundente: ZP sigue sin creerse que ha ganado las elecciones. Después, visité a un viejo amigo, que conocí hace años en Francfort, un magnífico pintor, que regenta una galería de arte. Charlamos un rato e inmediatamente no se cortó un pelo al decirme: los políticos están de los nervios y no quieren enterarse de que la gente pasa de ellos. Más tarde, fui a una librería para comprar un libro de Eugenio Nadal. Imposible hallarlo. Más aún, me dice el librero, "quizá en Madrid lo consiga, pero aquí nadie parece interesado por este fino prosista de la tierra".
 
Acabé la tarde en Salambó, agradable cafetería de nombre literario, por si me encontraba con el amigo Pedro Zarraluki, tan buen cuentista como preciso novelista, y pegábamos un poco la hebra. No fue posible. Pedro, me dijo uno de los camareros, estaba de viaje presentando un nuevo libro. Sentí no verlo, porque quería saber su opinión sobre lo que me había traído a Barcelona: hablar en un programa de televisión sobre la crispación. Hubiera sido interesante saber la opinión de un novelista sobre quién crea más desazón en Cataluña, Maragall o el pobre y bueno de Piqué. Otra vez será. A falta de Pedro le pregunté al camarero del Salambó por las actuaciones de Carod. No dijo nada. Simplemente, mostró una sonrisa con sorna. No era ironía lo que había en la cara del camarero sino sólo una señal de desprecio.
 
Después de cuatro horas deambulando por Barcelona, la cosa era obvia. Todo parecía tranquilo en la ciudad, pero cuando preguntas por el señor de la Esquerra la gente no se crispa sino que se ríen de él, como si de algo menor se tratara... Yo, personalmente, no creo que sea menor, sino muy inferior y peligrosísimo. Tan peligroso como Maragall para el desarrollo democrático de España en general, y la comunidad catalana en particular. En cualquier caso, la gente de la calle en Barcelona no parece preocupada por reformar la Constitución, cambiar el Estatuto o insultar al resto de los españoles. Todo era como muy normal... Pero, ya digo, triste. Muy triste.
 
Finalmente, fui al programa de TV3, al programa Ágora, que dirige con acierto Ramón Rovira, y defendí que la crispación no es ahora más grave que hace un año. Otro día les recuerdo las posiciones de mis compañeros de debate y mis objeciones, pero, de momento, no puedo dejar de contarles que me rebelé, protesté e, incluso, monté en cólera, cuando alguien dijo que la Constitución española era un bodrio. En el próximo les digo porqué. Por hoy, queridos amigos, sólo me queda desearles una Feliz Navidad.