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De la ideología a la realidad

Trump ha ganado y el personal políticamente correcto no sabe cómo interpretar el triunfo.

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Trump ha ganado y el personal políticamente correcto no sabe cómo interpretar el triunfo. Ni siquiera se atreven a verbalizar lo evidente: aún no ha tomado posición de la presidencia de los EEUU y ya se han notado los cambios. Todos los centros de poder del mundo miran a Trump antes de ajustarle las cuentas al pretérito que hasta ahora no querían asumir. Pero harían bien en asumir cuanto antes las perversiones del pasado para superarlo. También en España los políticos profesionales, o sea todos los políticos, vuelven su cabeza hacia Trump y repiten: quizá haya otra forma de plantear la vida política. Quizá sea posible hablar de frente al otro. Quizá sea viable la solución de los problemas reales sin perdernos en retóricas utópicas, moralistas y revolucionarias. Ese "quizá", sí, contiene el futuro político de la humanidad. Nadie descarta ahora que todo pueda ser de otro modo. He ahí la gran novedad que trae Trump. El nuevo presidente electo de EEUU ha conseguido que todos nos hagamos con esperanza la pregunta sobre el cambio. Nadie se sustrae a la posibilidad de formularse con ilusión la pregunta que está en todas partes: ¿será posible hacer las cosas de otro modo?

De momento, no es poco la expectativa que ha generado este presidente electo con su propia figura. Es imposible situar a este político en los esquemas de la política que surgieron después de la caída del Muro de Berlín. Es obvio que con Trump los últimos veintisiete años de políticas buenistas, de placebos idealistas y de utopismos eurocéntricos están dando sus últimas bocanadas. Es menester contestar la violencia con que han llenado las calles los filósofos populistas con realismo. Son más que necesarias unas políticas realistas para acabar con los matones que están tomando las calles y las instituciones. Si el realismo del gran político es por el que se dirigirá Trump, y eso está dando a entender en los discursos postelectorales, entonces habrá que esperar lo mejor… Mientras tanto, también yo, como hizo Ortega en el pasado, reservaré la calificación de genial para el político que apenas comience a operar comiencen a volverse locos los profesores de Historia de los institutos, en vista de que todas las leyes de su ciencia resultan caducadas, interrumpidas y hechas cisco.

Estamos asistiendo a un cambio de época. Eso puede tener muchos significados pero uno está a la vista: el mundo no existe tal y como lo conocíamos. Y esto lo ha hecho visible la figura de Trump. Los medios de comunicación no han querido enterarse, o peor, estaban sirviendo a los amos de siempre, pero pronto reconocerán lo evidente. Algunos ya han emprendido el camino de la autocrítica. The New York Times, uno de los periódicos que durante la campaña electoral fue más feroz con los republicanos, acaba de reconocer que Trump "tuvo una única intuición formidable: que la rabia americana y la incertidumbre, ante el inexorable avance de la globalización y la tecnología, había alcanzado tal intensidad que los votantes estaban preparados para la subversión a cualquier precio". Cierto, pero tengo la sensación de que Trump no viene solo. Trae equipos muy serios y, sobre todo, ganas de sustituir todo aquello que se refiere a lo políticamente correcto, a la ideología, por la realidad. Le va a preocupar más la desaparición de puestos de trabajo deslocalizados que los problemas de los magos de la especulación financiera. En fin, tiempo al tiempo.

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