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Columna publicada el 08-05-2005
Zapatero ha llegado rápido y mal a la democracia. Rápido, o quizá demasiado pronto, porque aún no sabe distinguir a un demócrata de un totalitario. Si este hombre supiera hacer esa distinción, jamás habría emprendido una negociación de modo personalista, sin transparencia y, sobre todo, negando cualquier tipo de participación a la oposición genuinamente democrática, con enemigos de la nación española, con “políticos” que sólo pretenden la secesión de la nación democrática. La negociación emprendida por Zapatero con Ibarreche para integrar a ETA en un proceso alevosamente democrático puede hacer saltar por los aires el débil tejido de una sociedad que, independientemente desde dónde se mire, carece de verdaderos lazos democráticos.
La cosa es tan grave que, a veces, a uno le gustaría decir que Zapatero es tan inmaduro que él mismo no tiene conciencia de que lidera un proyecto secesionista desde la presidencia del Gobierno. Esto es algo más que una contradicción. Es una bomba de relojería a punto de estallar en el centro de la democracia. Tampoco puede decirse que Zapatero haya llegado al poder en condiciones normales. La mercadotecnia electoral, y reconozco que el PSOE siempre ha contado con una de las mejores, nunca lo hubiera alzado sin la ayuda del 11-M, sin el empujón recibido en las urnas por el mayor atentado terrorista que ha sufrido España en su historia. La salvaje manipulación que los socialistas hicieron del acontecimiento fue imprescindible para ganar las elecciones. Ninguno de estos sucesos, sin embargo, deben citarse para seguir quejándonos del mal funcionamiento de la democracia, sino para contextualizar el marco donde se desarrolla la política de Zapatero.
En otras palabras, sin agitación y propaganda, sin movilización totalitaria, las palabras y las acciones de Zapatero se quedan en menos que nada. Zapatero necesita imperiosamente provocar esas circunstancias desazonantes, en cierto sentido enervantes, para movilizar permanentemente las vísceras de sus votantes y crear malestar en sus adversarios. Cualquier cosa es buena, excepto recordar el pasado de un gris parlamentario, siempre a la sombra de algún poderoso del partido, en fin, un pasado correcto, casi trivial, en un partido lleno de sombras en el pasado lejano y reciente. Sólo en estas coordenadas uno puede comprender las barbaridades dichas por Zapatero en el antiguo campo de concentración alemán de Mauthausen. Rodeado de banderas republicanas, y espoleado por el odio a la excelencia democrática, Zapatero sólo repudió el totalitarismo nazi. No quiso, en realidad no pudo, cuestionar el totalitarismo soviético, porque eso hubiera sido tanto como negar el principal apoyo ideológico de Zapatero: su reivindicación permanente y ahistórica de la Segunda República española.

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