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Dos opciones tenemos para analizar el anuncio de Zapatero para negociar con ETA: O creemos que, desde el 11-M, Zapatero es el mejor representante de ETA o, por el contrario, consideramos que Zapatero le concede a los pistoleros todas sus exigencias para asegurar su poder futuro. Dejemos a un lado la primera opción, porque aún nos faltan datos para reconstruir esa explicación histórica, y parémonos en las concesiones, otros hablarán del precio político, que Zapatero ha hecho al terrorismo para seguir desmantelando la nación española. Tres son las exigencias de ETA, a saber, negociación política, derecho de autodeterminación y la inclusión de Navarra en el País Vasco. Pues bien, las dos primeras ya han sido pagadas por el Gobierno.
Malo es lo concedido, pero la representación, "el teatro" utilizado para anunciar esa negociación y concesión es premonitorio del gobierno autoritario que nos tocará sufrir. En efecto, fue utilizada la sede de la soberanía nacional para anunciar el "inicio" de un diálogo con los terroristas. Quien no vea aquí un intento de ocupar un espacio que no pertenece al Gobierno, nunca comprenderá que es el totalitarismo. Sin encomendarse a nadie, al margen de la soberanía nacional, sin contar con la oposición y, por supuesto, sin respetar las condiciones que un día propuso el propio Gobierno en el Parlamento, Zapatero anunció algo que casi nadie ignoraba. Podía haber utilizado la sede del Gobierno, pero prefirió maltratar al Parlamento. Fue un acto de fuerza, no de política. Quizás por eso los alrededores del Congreso estaban tomados por la policía. Zapatero no quería oír un ruido contra su decisión. Quería solemnizar la rendición. Se hizo propietario del Parlamento español para lanzar desde allí su rendición a los pistoleros. La soflama contra la nación española no se olvidará con facilidad.
Pero, sobre todo, con esta escenificación Zapatero quería demostrar que el poder legislativo en España ya no es nada frente a su poder revolucionario, o sea, frente a un poder que se autoproclama permanentemente. No tiene que rendir cuentas a nadie. Sólo se justifica ante sí mismo. La decisión arbitraria y permanente es todo. El decisionismo del presidente define ya un régimen autoritario. Todo puede pasar. El proceso de rendición sólo lo controla ETA. Estamos ante un Gobierno revolucionario con un único objetivo: el desmantelamiento del Estado, de España como nación, maltratando la Constitución española. La consigna revolucionaria es la paz de cementerio, que está muy bien respaldada por casi todos los medios de comunicación.
Sin embargo, son muchos, más de los que cree Zapatero, los que insistirán en levantar acta de que "el Gobierno socialista traiciona España". Esa gente no habla por hablar. Le va en ello la vida. Esos ciudadanos ya son conscientes de que Zapatero ha anunciado la entrega del País Vasco a los pistoleros. La declaración de entrega no fue meliflua sino contundente. Zapatero hablaba como un Ternera cualquiera: "el Gobierno de España respetará la decisión que tomen los ciudadanos vascos". El "derecho de autodeterminación", en cuyo nombre lleva matando ETA décadas, ha sido reconocido por Zapatero en su torvo anuncio de negociación con los terroristas. La cosa es pues evidente. Millones de personas tienen ya la certeza de que Zapatero desmantela la nación.
¿Qué hacer ante este proceso totalitario? Oponerse. Exigiendo transparencia, libertad y democracia. ¿Cómo? Protestando a todas horas y en todas partes. Lo contrario es rendirse al objetivo principal del Gobierno, que no es otro que silenciar la vida democrática, en fin, reducir a la ciudadanía a sus tareas privadas. Aceptar todo, incluido la desaparición de España, con tal de que podamos vivir bien en lo privado. Una vana esperanza de paz de cementerio. Esa ha sido siempre la gran estratagema de los totalitarios: reducir al ser humano a su vida privada. Contra esta mentira nadie olvide que lo más fácil para un gobierno totalitario –así sucedió durante los regímenes de Hitler y Stalin– es destruir por completo la intimidad y moralidad de quienes sólo pensaban en salvaguardar sus vidas privadas y las de sus familias. La alternativa es sencilla: libertad o paz de cementerio.

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