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Del vicio al crimen

Quien dijo que el crimen no tenía moral, en mi opinión, se equivocó, y si no miren el Estatut y el "Estado" de la inexistente unidad de España.

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El debate del "estado de la nación" ha dejado claro, según el convencionalismo periodístico al uso, que Zapatero es un killer de la política y Rajoy un buen parlamentario. Eso significaría que Zapatero tendría muchas posibilidades de agotar la legislatura, e incluso remontar sus bajísimos niveles de aceptación popular, y Rajoy correría serios peligros antes de alcanzar la presidencia del Gobierno. Puede que así sea; pero mientras todas esas zarandajas de tipo "electoral" pasarán e incluso cambiarán sin remedio, hay algo que nunca deberíamos olvidar de estas tristes jornadas en el Congreso de los Diputados. Las sesiones del 14 y 15 de julio serán históricas, porque se ha institucionalizado un crimen.

No, no me refiero al posible asesinato "político", retórico y formal que, una vez más, perpetró Zapatero contra Rajoy, especialmente al ejercer el turno de las réplicas y las duplicas. Sería más que fácil, extremadamente irónico, comentar el debate parlamentario refiriéndome al enfrentamiento dialéctico entre un killer y un pasmao de la secta política, pero prefiero hablar, más que nada por motivos estéticos y éticos, del crimen que anima ese intercambio de palabras y discursos, que descalifican a sus propios usuarios y desprecian a sus representados. Hablo, en verdad, de crimen y no de un vicio o defecto del que un político depredador o estulto puede lamentarse más o menos sinceramente.

Los socialistas y populares ya no se lamentan de ese vicio que corroe a España, desde la transición hasta hoy; a saber, soportar, pastelear y sufrir con resignación a los nacionalistas y separatistas, sino que se ponen al frente de sus "causas". "Del vicio al crimen" así titularía yo el debate parlamentario de esta semana. La casta política de los dos grandes partidos ha pasado de la queja a la defensa de un crimen, de considerarse chantajeada por los nacionalistas y separatistas, en las últimas décadas, ha transitado a defender con ardor la causa criminal de los nacionalistas contra España. Ésa es, en mi opinión, la esencia, lo que permanecerá de ese debate en el futuro. Con toda razón, decía un titular de El Mundo, ganan todos, "pierde España"; cierto, aunque quizá sería mejor decir "muere, un poco más, España", o mejor, "muerta España, dominan los criminales.

La principal prueba de ese crimen está a las vista de todos: Nadie en las Cortes Española pone en cuestión el Estatut de Cataluña. El Estatut mata a España, sin embargo, nadie, nadie, nadie se queja del crimen. He ahí la fuerza, la virtud interior, del crimen frente al vicio. Mientras que el vicioso se lamenta de su hábito, el criminal se enorgullece de su crimen. Todo crimen, como dijo Santayana, tiene su virtud interior; lo ocultamos celosamente, con un terror que en parte es amor; o, si se descubre y estamos obligados a confesarlo, lo hacemos con cierta vehemencia de orgullo desafiante. Tan verdad es que Rajoy lo oculta con terror como que Zapatero lo impone desafiando, o mejor, traicionado a su propia nación.

Quien dijo que el crimen no tenía moral, en mi opinión, se equivocó, y si no miren el Estatut y el "Estado" de la inexistente unidad de España. Santayana vuelve a tener razón: "La moralidad interior del crimen aparece claramente cuando el criminal no es un individuo aislado, sino una banda o una secta o una nación. Dentro de esa sociedad, el más intrépido criminal es el hombre más virtuoso". Rosa Díez fue la excepción de esa regla terrible que institucionaliza el crimen contra España; sí, fue la única que le dijo la verdad al virtuoso criminal: "Zapatero ha liquidado con este Estatut la unidad política española".

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