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Depresión y fútbol

El sábado pasé un día terrible. Todo era oscuro. Todo el día estuvo nublado. Yo no tenía ganas de hablar con nadie, unos ratos pensaba marcharme a Francfort y otros a México. Me llamó un amigo y le abrí mi corazón. Le dije que me quería exiliar, pero éste me respondió impasible que eso era un imposible, porque yo siempre había estado en el exilio. ¡Cierto! Hay días que ni el exilio puede escogerse. Y es que, como dice el maestro César, no vale de nada huir, cuando hay problemas. Nos toca aguantar. El sábado fue un día duro. Me hundía cada vez más en mis miserias. Abandoné la lectura. Deambulé por la casa sin ganas de nada y miré mi sombra como a un fantasma. Pero, de repente, me fui arriba. Como sin quererlo me elevé por encima de mis negros presentimientos. Había descubierto que televisarían un un buen partido de fútbol.
 
Jugaba el Atleti contra el Madrid. Percibí al instante que salía de la depresión como por encantamiento. O eso creía. Al menos, escribía de fútbol. La terapia quizá no fuera suficiente y buena, pero era barata y por momentos divertida. Fuera cual fuera el resultado, pensé, siempre saldré ganando. Me explico: soy del Atlético por convencimiento, porque no hay otro más pupa y, sobre todo, por tradición familiar. Por cierto, fue mi padre el que me enseñó no sólo a respetar al Madrid, sino a que jamás apostara contra él si jugaba en copa de Europa. Su sabio consejo me hizo ganar muchas apuestas, mientras viví en Alemania. Después, cuando regresé a España, abandoné esta práctica, pues no resultaba elegante que un colchonero se hiciese un capital a costa del adversario. En fin, confieso públicamente mi pecado: jamás he sido antimadridista, entre otras cosas porque me gusta ver buen fútbol. Además, tengo la sensación de que el rollo del antimadridismo es cosa de ayer, o sea, de la época del doctor Cabezas y de Jesús Gil, pues, antes la gente de Madrid visitaba el estadio colchonero o el de los merengues sin importar que uno fuera del Atleti o del Madrid.
 
Pero a lo que iba, a pesar del 1-2 de ayer, lo importante es que gracias al partido me sacudí la “depre” de encima. Y supongo que le sucedería lo mismo a millones de españoles. O sea, hemos salido ganando a pesar, una vez más, de la derrota de nuestro equipo. Hacer de las derrotas victorias es la virtud atlética. Puro estoicismo. Además, hoy más que ayer, empieza a ser algo más que una verdad, quizá un joya del patrimonio nacional, la siguiente sentencia: “Si el Real Madrid va mal, España no funciona”.