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El espejo roto

A las 13.45 h veo el anuncio en Internet: “Concurso de microrrelatos en El Mundo. Cien libros por 125 palabras o mil caracteres.” A las 14 h ya no se  admitirán más ejemplares. Me pongo al asunto.
 
“Tengo quince minutos para aprender a vivir en el fracaso. He aquí mis  palabras para conseguir 100 libros. He aquí unas frases para encontrar la vida. He aquí mi relato para hallar la razón. Es una forma de plantarle cara a la inanidad intelectual. Mi inanidad. Por fin, he roto el espejo. No puedo retratar el fracaso. Mi fracaso. Recomponer los fragmentos de un cristal fracturado es imposible. Algo es algo: sufro, luego escribo; pero sin ánimo para recomponer nada. Sólo me quedan palabras y mucha amargura. Intento ofrecerme a las primeras para ocultar las segundas. Es un asidero falso, pero real para vestir la vida con mortaja blanca. Cierro los ojos buscando fuerzas, pero un presentimiento me dice que no los abra. Debo estar alerta, diligente, porque hasta el fracaso me quitarán. ¡Putada! Me rebelo y grito: siempre seré el dueño de mi fracaso. Es la dignidad.”
 
Envío el entrecomillado, pero no lo aceptan. Han cerrado el tinglado. Son las dos y tres minutos. ¡Vaya por Dios! Cuando veía la liberación a través del sufrimiento, mi viejo reloj  viene a estropearme el triste desahogo del masoquismo. Sin embargo, vuelvo a rebelarme, porque un sentimiento extraño, casi de conmiseración con mi fracaso, me reconcilia con gentes buenas. Son buenos de verdad, objetivamente, no porque lo crea yo. Me miro en ellos. Son mi espejo. Son puro esfuerzo. Esfuerzo sin consecuencias. Esfuerzo español. Don Quijote y Sancho. Melancolía.