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Alfonso Guerra

El infierno socialista

Cuatro días después de haberse concentrado en votar el Estatuto de Cataluña, o sea, después de haber contribuido personalmente a la destrucción de España, Alfonso Guerra ha condenado "analíticamente" a través de unas declaraciones a EFE este proceso de desmembración de la nación española. Este cronista busca denodadamente un adjetivo para calificar esta conducta. Desde luego, es difícil encontrarlo. Incoherente, extraño, cínico, hipócrita, descarado, en fin, mentiroso no le parecen suficientemente apropiados. No hay uno sólo que cubra la extensión de la perversidad de esta conducta.

Es necesario recurrir a un sustantivo. La búsqueda tampoco es sencilla, ni siquiera ayudándome de las teorías políticas más recientes sobre la democracia puedo explicar esta anómala conducta con una palabra. Miro a los clásicos del pensamiento y sólo uno viene en mi ayuda. Me refiero a la sublime y original teoría política que Dante desarrolla en su "Divina Comedia". Su peculiar descenso a los infiernos es un modelo para entender la política socialista. En mi opinión, no ha habido a lo largo de la historia de la teoría política una respuesta más exacta para situar la conducta de Guerra y sus compañeros que la desarrollada por Dante en su descripción del infierno. Sólo, pues, quien este dispuesto a seguir el camino de Dante podrá hacerse cargo con justeza del significado de la palabra "política" para Guerra y los socialistas.

En el canto último, el trigésimo cuarto, que describe el noveno y último círculo de su descenso al infierno, está todo. En ese anillo del infierno, el que ocupa menos espacio y más dolor produce, están los peores de lo peores. Sí, en los primeros anillos del infierno, entre el primer círculo y el octavo, los más anchos y menos dolorosos, están ocupados por los lujuriosos, los glotones, los avaros, los herejes, los violentos, los rufianes y seductores, los aduladores, los simoníacos, los barateros, los hipócritas, los ladrones, los malos consejeros, los sembradores de discordias y los falsarios. Pero, ay, en el círculo noveno, en el más estrecho y angosto, reciben sus castigos los traidores a sus parientes, a su patria, a sus huéspedes, a sus bienhechores. Y, finalmente, en el centro del infierno están los traidores a sí mismos. Traidores, sí, a sus propias palabras y actos.

He ahí el sustantivo que recoge la conducta de Guerra: traición. Guerra, de acuerdo con la teoría política de Dante, ha convertido la traición en base de su conducta. Traición, en primer lugar, a sí mismo, porque lo dicho hoy ya no vale para mañana. Traición a su propia vida, porque no hay reconocimiento ni correspondencia entre sus palabras y sus acciones. No existe mayor traición en la vida y, sobre todo, en la política, que no hallar nada en común entre lo que se dice y lo que se hace. Quien así actúa no puede trasladar confianza a nadie. No existe la mínima concordancia entre palabra y vida. Es una palabra, un discurso, constreñido a la mera "privacidad". La palabra, en efecto, está privada de cualquier valor común. Nadie puede tomarla como soporte para un bien mayor, por ejemplo, un bien común. La traición de Guerra, en realidad, la traición de Zapatero, es la muerte de toda política.

En fin, si Dante resucitase y escribiera de nuevo la "Divina Comedia", estoy convencido de que a los ejemplos máximos de traidores que puso en su primera versión, o sea, Judas, Bruto y Casio, añadiría la de Guerra y, sobre todo, Zapatero, que ha hecho de la institucionalización de la traición la única "política" posible. La democracia ha muerto porque la traición es su suelo.

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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