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CiU, ERC y Maleni

El nacionalista cobarde

Tres cosas podemos aprender de la queja ñoña y victimista de los nacionalistas catalanes ante la estulticia de la ministra de Fomento. Primero, que reclamaban su dimisión de boquilla. Segundo, que nunca irán más allá, cuando intuyan que alguien les exigirá a ellos responsabilidades. Y tercero, y fundamental para los demócratas, porque el nacionalista es un ser sometido a un primitivo tabú, estamos ante una conducta tan salvaje como cobarde; sólo el Estado de Derecho, alojo de nuestra democracia, puede atemperar este tipo de conducta política desviada.

Los nacionalistas pidieron el cese de la ministra de Fomento. Pero, cuando tuvieron que retratarse con el PP para hacer efectiva su exigencia, o sea, cuando tuvieron que sumarse para pedir la comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso, se acongojaron y retiraron sus gimoteos contra la señora Magdalena Álvarez. Todos esos partidos nacionalistas, desde CiU a ERC, se desmarcaron de esa comparecencia, porque alguien podría pedirles a ellos mismos cuentas de la gestión llevada a cabo en los últimos veinte o treinta años con las inversiones del Estado en Cataluña. Sintieron el mismo escalofrío en sus espaldas que el día que Manuel Pizarro, presidente de Endesa, les recordó que ésta era la primera compañía privada inversora en Cataluña, cuando ellos querían culparla de los apagones de Barcelona.

En fin, sobre los dos primeros aprendizajes mucho se ha escrito en los últimos días, pero sobre el tercero, sí, sobre esa especial manera de amar la tierra, en este caso el territorio catalán, que los convierte en unos seres fanáticos incapaces de discernir quién contribuye mejor al desarrollo económico, social y político de esa comunidad poco se ha comentado. Sí, pocos son los que se atreven a decir que el nacionalismo catalán, como casi todos los nacionalismos, es una perversión del tabú del incesto con la tierra. Es un amor tan exagerado a la tierra, que los que así se manifiestan les gustaría copular, como los pueblos primitivos, haciendo un agujero en la tierra.

Es obvio que para un ciudadano medio y desarrollado, según las categorías del mundo occidental, la observación de ese tabú tiene siempre que dejarlo estupefacto. Estupefacción que generalmente se traduce en una especie de pena ante los votantes nacionalistas catalanes y, sobre todo, en un cierto asco hacia el comportamiento primitivo y salvaje de los propios nacionalistas. Los primeros son peleles a disposición de los aparatos de propaganda del nacionalismo, que no dejan de ser nunca la imposición de ese tabú primitivo al resto de la población. Los nacionalistas se esconden a la hora enfrentarse con sus limitaciones simulando que los males de sus amores tienen orígenes extraños; es una manera de ocultar su cobardía.

¿Cobardía? Sí, cobardía es, precisamente, lo que pone en evidencia ese miedo a asumir el tabú del incesto con la tierra. La imposibilidad de superar ese tabú es la misma que le impide sumarse a la propuesta del PP para que comparezca Rodríguez Zapatero a explicar por qué no dimite la ministra de Fomento. Por este camino, pronto descubrimos que la conducta del político nacionalista es cobarde o no es. La cobardía es su creencia y su idea. La cobardía es su tradición y su vida. Imposible comprender al nacionalista sin ese vicio del alma que se opone a la valentía. El nacionalista vive de lo que mata. La figura del nacionalista es la antitesis del político y del intelectual. El nacionalista ni siquiera puede ser reciclado para abono de la historia. El nacionalista es una termita con la que debemos acabar porque, de lo contrario, ella acabará con todos nosotros.

Es obvio que el nacionalismo catalán no sería nada sin España. Acaso por eso, porque no es nada sin España, cuando se le enfrenta en serio, sale de naja. La expresión "nacionalista cobarde" es una redundancia.

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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