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Salida de Ignacio Echevarría

El País de la censura

Va por detrás de la noticia. No investiga. Los mejores profesionales de su redacción están apartados de las páginas centrales del periódico. No crea opinión política madura y abierta a la discusión, confunde el espacio público político con las opiniones resentidas de unos periodistas al servicio de una ideología opaca y alimenta con sus vacíos ideologemas a una clientela incapaz de pensar por su propia cuenta. Estigmatiza a quien no sigue sus pobres dogmas. Confunde a los bienintencionados ciudadanos tergiversando las viejas nociones de izquierda y derecha para que no piensen con categorías democráticas. Hablo del diario El País. Todo el mundo sabe estas cosas, especialmente quienes allí trabajan, pero lo extraño es el pacto tácito de silencio para no criticar esta situación. Callan por un trozo de pan. Nadie quiere oír hablar de censura, de falta de democracia, porque nadie quiere ser excluido de la olla podrida.
 
Si cualquier ciudadano normal, en los últimos días, ha sentido vergüenza por sus patinazos por la información sobre los seguros de los altos cargos, o por su información sobre la COPE y el Grupo Risa, hace tiempo que los más avezados en cuestiones periodísticas saben que es imparable la deriva de este periódico hacia el abismo oscuro y sombrío de un pensamiento casi totalitario. Todo lo que no esté en El País no existe. En verdad, pasó ya el tiempo de este periódico, porque ya no crea opinión política, sino que se limita a mantener una "fría" dogmática para que no se caiga un estaribel montado sobre los endebles parámetros del hombre-masa actual: compra El País, oye la SER y ve Canal Plus. Todo va bien... Pero cuidado, amiguitos, que Canal Digital puede echarlo todo a perder.
 
El País ya no es referencia ni criterio de ciudadanía, porque es incapaz de reconocer el gran cambio político de la España de finales del siglo veinte: la "derecha" española es profundamente democrática, mientras que la izquierda ha involucionado hacia posiciones políticas que recuerdan el comienzo y el final de la Segunda República. La Nación no les importa si el Partido se mantiene. No percatarse de este cambio esta llevando a esta empresa periodista al "cultivo" del sectarismo más reaccionario. Estamos ante un periódico ventajista, perdonavidas y contrailustrado. No hace falta ser experto en marketing para saber que es un engranaje más en la máquina de hacer dinero que es el Grupo Prisa. Un ejemplo basta para hacerse cargo del problema. Una bazofia de novela, o cualquier otra basurilla similar, publicada en una de las editoriales del Grupo Santillana, publicitada en El País, reseñada en su suplemento cultural, citada un par de veces en la SER y paseada por algún programa de culturilla del Canal Plus, seguramente, tiene asegurada la venta de un número suficiente de ejemplares que le permita obtener ganancias al editor, al distribuidor, que en este caso será el mismo que el editor, al librero y, quizá, al autor.
 
Naturalmente, para que el negocio funcione es necesario gentes sumisas, especialmente en esos lugares que se supone debe ejercerse la crítica con cierto rigor, por ejemplo, en el suplemento cultural de El País. En ese infernal contexto es comprensible que Ignacio Echevarría, crítico literario del suplemento Babelia, haya sido censurado simplemente por no recomendar un libro publicado por una editorial del grupo Santillana de la que es propietario el mismo dueño de Prisa. El ejercicio de la crítica independiente, ha dicho Echevarría, es imposible en un periódico como El País, entre otros motivos porque censura y vulnera interesadamente el ejercicio de la libertad de expresión. En fin, Echevarría, bienvenido al club de la libertad. ¡Nunca es tarde si la dicha llega! Alégrese, pues, porque sólo en el ámbito de la libertad, tienen sentido las palabras de uno de los más grandes críticos literarios de todos los tiempos: la crítica de la cultura es crítica de la sociedad y viceversa (T. W. Adorno).

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