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El Papa en Barcelona

La cosa es más grave. Es odio. Ira contra la excelencia de una religión que enseña a "dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios".

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Las manifestaciones convocadas contra la visita del Papa a Barcelona no tienen ni un solo argumento a su favor. Las mueven únicamente la rabia. La ira. ¿Cómo hablar con un rabioso? ¿Qué decirle para entrar en razón? ¿A qué recurrir para comunicarnos con alguien que está fuera de sus cabales? No lo sé; creo que es imposible discutir con alguien que sólo está movido por el instinto, o peor, por peroratas ideológicas tan ridículas como fuera de todo orden crítico y racional.

Detrás de las 2.000 banderas, las 4.000 chapas, las 20.000 pegatinas y otras muestras de protesta contra Benedico XVI no hay una sola idea digna de ser discutida con los grupos organizadores de las protestas. Las declaraciones de sus líderes contienen únicamente odio. Es el anuncio de las acciones violentas que veremos por algunas calles de Barcelona. Los responsables de la organización, canalización y exhibición de este odio son sólo una pequeña muestra del principal hilo vertebrador de la izquierda clásica: la persecución del cristianismo. Es el pelo de la dehesa del que todavía no ha sido capaz de desprenderse la izquierda totalitaria.

"Laicismo" llaman algunos a ese odio al cristianismo, cuando, en realidad, esa manifestaciones son la expresión salvaje del resentimiento a la excelencia de una religión que, precisamente, ha hecho plausible, viable y esperanzador que la Iglesia y el Estado estén separados. El cristiano quiere ser juzgado en la tierra antes por ser ciudadano de un Estado que por cristiano. San Pablo en eso fue ejemplar... Por lo tanto, las protestas de Barcelona por la visita de Benedicto XVI no son sólo, como creen algunos ingenuamente, una falta de respeto a una persona. Ojalá.

La cosa es más grave. Es odio. Ira contra la excelencia de una religión que enseña a "dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". Algo demasiado complejo de comprender para mentes abotargadas por el resentimiento, o sea, por el odio a la excelencia de una religión que contiene una idea capital de la democracia la separación de la Iglesia del Estado. Esencia y fundamento del Estado aconfesional. Separación, sin embargo, no significa exclusión, que es el objetivo último de los manifestantes contra el Papa.

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