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Ciriaco Morón Arroyo

El regreso de un humanista

Una tarde vi a un hombre llorar. Entonces supe que era un humanista. Fue un día de finales de mayo del año 2003. La temperatura era alta, pero él iba elegantemente vestido con un traje de entretiempo comprado en Filadelfia. Su porte físico era comparable a la elegancia de su obra. Llevaba en Madrid sólo unas horas. El cambio de horario entre EEUU y España reflejaba un cansancio pasajero en su rostro. Me acompañó a la presentación de las obras completas de Ángel Herrera Oria. Poco antes del acto, mientras me contaba sus planes sobre las conferencias que tenía que dictar los próximos días en España e Italia, apareció en el local un viejo ministro de Franco, artífice importante, como tantos otros viejos franquistas, de la transición a la democracia. Ante la presencia de aquel anciano encorvado, sordo y casi ciego, mi amigo exclamó: ¡Aún vive don Joaquín!
 
Aunque no era el momento de entrar en matizaciones históricas y políticas, dije para mí, ahí está Ruiz Jiménez. Quizá porque este hombre, intrépido en el pasado y anciano venerable hoy, no fue enteramente leal a la figura del periodista y cardenal, Ángel Herrera Oria, asistía ahora a honrar su memoria como si fuera a pagar una deuda antigua. Mi amigo, que parecía adivinarme el pensamiento, me comentó que era significativa la presencia de Joaquín Ruiz Jiménez en aquel acto. Era una muestra de reconocimiento al padre del catolicismo renovado en España. Asentí a su comentario recordando una cita de Laín Entralgo, otro hombre decisivo del franquismo para entender la democracia actual, cuando dijo que Herrera había hecho pasar a nuestro catolicismo desde una situación histórica en la cual los católicos, tomados en su conjunto, no habían sabido entender y aceptar la realidad que de ordinario llamamos mundo moderno, a la demostración de que “el catolicismo sólo podía ser históricamente eficaz aceptando ese mundo con su interna pluralidad, con su concepción neutral o ampliamente tolerante del Estado, con su altísima estimación de la inteligencia secular y actuando limpia y competitivamente dentro de él”.
 
El humanista español en EEUU siguió comentando la importancia de Herrera para comprender la entrada de los católicos españoles en la modernidad, pero de repente, como si el alma se hubiera rebelado a su control académico, unas lágrimas, mitad de anhelo y otra mitad de alegría, recorrieron sus mejillas sin ningún muro de contención. Se retiró con discreción unos metros a limpiar sus gafas de miope e iniciamos otra conversación, después de decirme que no había podido controlar las miles de emociones que habían recorrido su cuerpo al ver la figura enjuta del anciano Ruiz Jiménez. Quizá la película de una vida, como suele decir el tópico, había sido vista en un instante. Quizá al ver a Ruiz Jiménez mi amigo comprendió las ilusiones y frustraciones de la generación nacida durante la Guerra Civil española. Quizá aquellas lágrimas eran por los años, más de cuarenta, que mi amigo había vivido fuera de España. Quizá, mi amigo, el catedrático de la Universidad de Cornell a punto de jubilarse, al ver a Ruiz Jiménez se percató de los límites de su tarea intelectual, imposible de desligar de su vida. Quizá se le saltaron las lágrimas porque había sentido de verdad, carnalmente, el sentido de toda una vida dedicada a unir catolicismo y modernidad, clasicismo e ilustración, España y civilización occidental.
 
Hoy, cuando ha pasado casi un año de aquella visión, sigo pensando en la pureza de esas lágrimas, y creo haber atisbado un alevoso sentido. Más aún, me parece que aquellas lágrimas sólo pueden entenderse como un símbolo, acaso un daimón, para seguir perseverando en ese afán hispánico de perfección a través de la discreción transgresora de disciplinas y ámbitos humanísticos. Pero, antes de revelarles ese daimón, permítanme que le de un abrazo con esta columna al maestro y amigo Ciriaco Morón Arroyo, recientemente jubilado de su cátedra de la Universidad de Cornell, Ithaca, seguramente uno de los primeros centros de excelencia del mundo occidental. Reciba el abrazo que le debo; que le debí haber dado aquella tarde de mayo de 2003, cuando por primera vez en mi vida me di cuenta que sólo un humanista es capaz de llorar no por tener la verdad sino por aspirar a ella, no por solazarse con tiempos remotos sino por criticar la nostalgia de pasados gloriosos que nunca existieron.
 
Hasta una próxima entrega, donde les cuente la singularidad de este humanista español en EEUU, espero que se animen a leer una de las obras más limpias y elegantes que se han escrito en los últimos años en lengua española. Por suerte, después de haber desarrollado casi toda su actividad académica en las universidades de Munich, Guissen, Hamburgo, Pennsylvania y, sobre todo, durante más de treinta años en la citada Cornell, hoy ya podemos disfrutar de su presencia en España. Ayer dio una conferencia magistral sobre las Interpretaciones del Quijote en la Escuela de Letras de Madrid. En esta crónica de urgencia me gustaría citar algunas de sus obras: El sistema de Ortega, Nuevas meditaciones del Quijote, El alma de España, Las humanidades en la era tecnológica y Hacia el sistema de Unamuno.

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