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El retrato de la maldad

Un hombre asesinado y sus amigos siguieron jugado a las cartas. Ahora, es menester que "escribamos", cada uno desde su perspectiva, sobre esos millones de miradas que no ven en la foto de abajo nada que tenga que ver con el envilecimiento humano.

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¿Qué es la maldad? La maldad es lo que está delante de nosotros. Lo que hemos visto tantas veces, contestaba Marco Aurelio. Quien no quiera verla es un imbécil o un malvado. Ayer estaba al alcance de quienes mirasen la portada del periódico El Mundo. Dos grandes fotos ocupaban parte de esa primera página. Mientras que la foto de arriba se repetía en las portadas de casi todos los diarios, la de abajo era única, excepcional, una foto para la historia de la infamia y la crueldad. Esa página contiene un retrato de las barbaries de nuestra época. Una pintura moral de las inmoralidades del hombre aterrorizado de una España indolente y falsamente democrática. Esa portada ya ha pasado a la historia de la tragedia española.

La foto de la parte superior, la repetida, es dura, pero casi habitual en un país sometido a la tortura de los criminales de ETA; se trata del cadáver de un hombre, Ignacio Uría Mendizábal, que yace en el suelo en torno a un charco de su propia sangre. Es el reflejo de un cuerpo torturado. Una dignidad maltratada. Pisoteada. La foto de la parte inferior, sin embargo, es más amable a primera vista: se trata de un grupo de hombres, la cuadrilla del finado, que juega una partida de cartas. Son los "amigos" de la víctima que, como si nada hubiera sucedido, juegan a cartas unas horas después del asesinato. El puesto vacante de la víctima ha sido ocupado por uno de sus "amigos". Ese grupo de "valientes" ha entrado por derecho propio en la galería de retratos de los hombres indignos de España. Hacen, simulan y engañan a su propia maldad, a su falta de conciencia moral, de que el terrorismo no va con ellos. Terrible.

Es la pintura perfecta de la inmoralidad del nacionalismo. Han asumido el terror como cosa de ellos. Como algo de todos. Normal. La partida continúa. Falso. Hay un antes y un después de esa foto. Mientras que la de arriba refleja a un hombre asesinado por unos criminales, la otra recoge la imagen de unos hombres muertos en vida. Indignos de ser considerados ciudadanos. Son otra cosa. Son marionetas del terror. No son las únicas. Están por todas partes. Sospecho que cientos, miles y, seguramente, millones de hombres hubieran hecho lo mismo que esta "cuadrilla" de amigos. Son millones de marionetas del terror. He ahí los efectos "inmorales" del terrorismo. La abyección y la bajeza de los hombres son tratadas como algo cotidiano, o peor, pasan desapercibidas. El envilecimiento lo cubre todo. El terrorismo está ganando. 

Yo mismo tuve ocasión de ver, casi de tocar, esta mentalidad esclava del terrorismo, cuando mostré indignado a un grupo de periodistas la portada de El Mundo en la medianoche del miércoles al jueves. Sucedió en la redacción madrileña de una Cadena de Televisión. Me entregaron la portada de El Mundo y sentí indignación. Grité. Quienes estaban a mi lado, miraron la fuente de mi rabia, pero sólo alcanzaron a decir tópicos: "Es que tienen que seguir viviendo", "la foto del muerto yacente puede herir la sensibilidad de sus familiares", etcétera. Nadie de los presentes fue capaz de gritar: "Esos tipos que juegan a las cartas están aterrorizados y envilecidos o son unos hijos de puta". ¡Cuánta barbarie! Época de terrorismos, de horizontes sañudos e inmorales. Dicho está casi todo en esas fotos: un hombre asesinado y sus amigos siguieron jugado a las cartas. Ahora, es menester que "escribamos", cada uno desde su perspectiva, sobre esos millones de miradas que no ven en la foto de abajo nada que tenga que ver con el envilecimiento humano. Con la desaparición de la dignidad de unos ciudadanos que quizá no quieran llamarse españoles.

Esos tipos que juegan una partida de tute son muy parecidos a los individuos de una tribu descrita por un etnólogo del siglo II a. de C., Agatarquides, un gran sabio griego preocupado por la tragedia del sufrimiento humano, que halló un grupo de individuos incapaces de sentir compasión ante el dolor de sus cercanos. Para Agatarquides eran seres tan extraños como para nosotros. Los seres apáticos ante el asesinato de sus hijos y esposas, de sus amigos y conocidos, de sus vecinos, no pueden dejar de ser calificados como extraños. Están en el límite de la humanidad. Son peores que bárbaros. ¿Cómo llamar a una persona que no se conmueve ante el dolor de los demás? No lo sé; pero sí tenemos su foto. Están en la portada de El Mundo. Refleja una enfermedad social muy grave. El problema, sin embargo, no termina en los retratados, sino en quienes observan la foto con la misma apatía que los amigos del empresario de Azpeitia.

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