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El silencio temible de Zapatero

Zapatero prefirió lanzarse al charco y contestar con los modos propios del arquetipo fascista: la arrogancia, la displicencia y, siempre, la amenaza del silencio como última baza de su actuación pública.

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Zapatero nos llamó de "derechas" a los que criticamos la actitud de docilidad y servidumbre de los sindicatos con respecto al Ejecutivo. Nos llamó de derechas y, además, lo hizo con tono insultante. Provocador. Su ánimo agresivo era obvio. El insulto es malo en política. Es la antesala de la violencia, o sea, la negación de la política. Es lo peor que llevo de la palabrería de Zapatero. No es la primera vez que lo hace. Empieza a ser norma en la conducta Zapatero: insulta por sistema al que disiente de su forma totalitaria de ejercer el poder. Si no queremos que esta norma se convierta en normalidad, es menester que le recordemos, o sea, que protestemos ante el señor Zapatero, contra el contenido fascista que llevan adentro los insultos. El insulto de un líder contra sus críticos es propio de fascistas. Sí, sí, fascista es el personal que cree que insultándonos, vilipendiándonos, y amenazándonos, conseguirá callarnos. ¡Cuidado, señor, por esa pendiente populachera! Fascista.

Sin embargo, para no imitar la conducta de Zapatero, es menester que nos preguntemos sobre si el actual jefe del Gobierno es o no un genuino fascista. Sin duda alguna, tiene rasgos propios del político fascista. También del comunista. Engaña y miente como si él fuera un dechado de virtudes. Persigue a la oposición con afán de eliminarla. Pone los medios de comunicación a su servicio. Etcétera. Etcétera. Cuesta, sin embargo, llamarle en sentido estricto fascista, porque es más bien un nacional-socialista, alguien que pretende llevar a cabo el socialismo en una "nación" determinada; en este caso, se trata de algo que él llama "nación" –discutida y discutible, absolutamente desvertebrada y sin cohesión entre sus pobladores–, algo, que actúa como el soporte imaginario sobre el que sienta sus reales un partido político, el PSOE, que es más, mucho más, que hegemónico; es determinante de todo lo que sucede por tierra, mar y aire en esto que llamamos España.

En efecto, del PSOE depende el Gobierno, el legislativo, el judicial y hasta la cuenta de resultados del medio de comunicación más humilde de este país. Sólo por eso, sí, podríamos decir que la figura del "líder" político del PSOE tiene más parecido con un régimen de partido único que con una democracia definida por la separación y balance de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Pero no es el sistema de partidos, o mejor, el perverso "régimen de partidos" políticos que hay en España lo que aproxima a Zapatero a las figuras clásicas del "fascismo" o del "nacional-socialismo. Es algo más sencillo. Lo vi claro cuando Zapatero hablaba en el mitin de Vistalegre. La explicación es evidente si nos detenemos brevemente en el trato que le concedió al jefe de la patronal, al tal Díaz Ferrán, porque éste balbuceó –ni siquiera fue un comentario reposado y justificado públicamente– una leve crítica a la responsabilidad de Zapatero en la crisis económica.

Zapatero podría haber dejado pasar el asunto de unas declaraciones que no pretendían ser públicas, y que lo culpaban a él de la crisis económica. Zapatero podría haber eludido con elegancia política tales comentarios semipúblicos, pero prefirió lanzarse al charco y contestar con los modos propios del arquetipo fascista: la arrogancia, la displicencia y, siempre, la amenaza del silencio como última baza de su actuación pública. El silencio de Zapatero, siempre terrible y justiciero, nunca merecerá la pena para construir una democracia decente. Zapatero demostró en Vistalegre que es un tipo de político con un arquetipo, un modelo real de actuación, que no es otro que el fascista: casi siempre palabrero y poco creíble cuando habla, pero siempre temible cuando guarda silencio. Espera y jamás olvida.

"Mi silencio merecerá la pena", dijo Zapatero a sus correligionarios, sentenciando al tal Díaz Ferrán... Zapatero con el silencio consiguió lo que quería: la estigmatización, definitiva, del por otro lado discutible jefe de la patronal. ¿Qué puede enseñarle el jefe de los empresarios capitalistas y chupa-sangres españoles al gran líder de los cuatro millones de desempleados? Nada. Por eso, su alevosa crítica es contestada con silencio amenazador. Fascista. 

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